Maestro, conócete a ti mismo

Es bien conocido el antiguo apotegma de Sócrates «Conócete a ti mismo». Es muy saludable que todo hombre se examine y califique a sí mismo, pero esto es importante sobre todo para los maestros de religión. Damos a consideración una serie de preguntas que pueden guiarnos para conocernos a nosotros mismos como maestros de religión.

1. ¿Asisto todos los domingos y en caso de ausencia aviso al director de la Escuela Dominical cuando más tarde el viernes anterior?
2. ¿Llego cuando menos 10 minutos antes de comenzar la Escuela Dominical y procuro tener listo mi material de enseñanza y mi cuarto de clase?
3. ¿Preparo mi lección dedicando cuando menos 2 horas semanales a su estudio, formulando un plan y haciendo notas acerca del mismo?
4. ¿Tengo convicciones religiosas firmes, espíritu evangelizador, carácter cristiano, y soy un miembro leal y asiduo de mi iglesia?
5. ¿Estoy haciendo algo para mejorarme como maestro, por ejemplo, asistiendo a todas las juntas, institutos, clases, etc., que me sea posible, leyendo siquiera dos libros cada año acerca de mi trabajo de educación religiosa y haciendo el curso normal aunque sea por correspondencia?
6. ¿Hago todo lo posible por conocer bien a mis alumnos, cultivando amistad con ellos, participando de sus actividades, investigando sus gustos, intereses y capacidades, y visitando el hogar de cada uno, hasta donde sea posible, cuando menos dos veces al año?
7. ¿Consigo tener una buena asistencia de mis alumnos, visitando a los enfermos y a los ausentes, o cuando menos escribiéndoles, y haciendo interesante mi clase?
8. ¿Ayudo al desarrollo espiritual de mis alumnos sentándome con ellos durante el culto no tanto para estimularlos con mi propia actitud y ejemplo, y desarrollando durante la clase el espíritu de alabanza y de oración?
9. ¿Doy mi clase como una conferencia o estimulo la participación de mis alumnos por medio de la discusión, la exposición de opiniones y otras actividades?
10. ¿Estimulo mis estudiantes en el servicio cristiano, especialmente en sus dos fases de contribuir financieramente al sostenimiento de la obra y de prestar servicios personales?
11. ¿Conozco bien mi Biblia y me esfuerzo no sólo porque mis alumnos adquieran información bíblica sino también apliquen sus principios a la vida práctica?
12. ¿Mantengo la disciplina de mi clase por compulsión externa, como regaños y castigos, o por el interés mismo de la lección?
13. ¿Reconozco y busco la ayuda de Dios por medio de la oración, cultivando mi comunión con él para que su sabiduría y su poder suplan mis deficiencias?

Maestro: contéstate a ti mismo estas preguntas y procura presentarte delante de Dios «como obrero aprobado».

La Voz Bautista, 1950

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