Cómo conseguir la conversión y desarrollo espiritual de jóvenes

La obra entre los jóvenes es de suma importancia para el adelanto de la causa de Cristo. Una iglesia que posea una juventud consagrada y espiritual, será una iglesia trabajadora y progresista.

Indudablemente, la conversión y mantenimiento de los jóvenes en la vida cristiana es una de las tareas más difíciles de llevar a cabo. Es por esta misma razón que tanto a los obreros, las iglesias les corresponde preocuparse del asunto, y con seguridad que si esto se hace, se podrá obtener mucho más de lo que actualmente se posee.

1. Cómo conseguir la conversión de jóvenes.

Dejando a un lado los métodos generales de evangelización que ya son en sí un trabajo en favor de los jóvenes, nos ocuparemos de algunas cosas que pueden hacerse para conseguir entre ellos un mayor porcentaje de conversaciones.

Más o menos, todas las iglesias tienen un grupo de jóvenes entre sus manos. Unos que asisten a la escuela dominical, otros a las reuniones de jóvenes o a los cultos. Bien; es por la salvación de estos que debemos pensar especialmente: «vale más un pájaro en la mano que doce volando».

Los niños de la escuela dominical crecen. Llegan a la edad en que el ya jovencito alarga los pantalones y la niña recoge la trenza. Nuevas ideas llenan sus vidas. El mundo en su plenitud se presenta ante ellos. Buscan rumbos, aspiraciones. Se preguntan sobre su misión en la tierra. En una palabra: se encuentran en la época de sus vidas en que deben ser llevados a Cristo. Y si eso no se consigue en este momento, nos aventuramos a decir que su conversión se hará cada vez más difícil, y eso si no se pierden para siempre.

Para facilitarles la conversión será provechoso mantener una clase especial para ellos. Si es posible con el mismo instructor que han tenido desde niños. Los conoce y puede sin dificultad llegar hasta sus corazones. Creemos que es un error lanzar a los niños, en cuanto crecen un poco, a las clases de adultos.

Pero es necesario que la enseñanza que se les dé, esté de acuerdo con sus necesidades espirituales. Tener siempre en vista sus almas. Procurar, sobre todas las cosas, enseñarles el camino que los conduzca al Calvario. Preocuparse no tanto de sus cabezas como de sus corazones. Después tendrán tiempo de aprender más; por el momento lo importante es que se conviertan. Teniendo en cuenta esto, es muy probable que se consiga mucho.

Otro medio, quizás el más eficaz, de que puede disponer una iglesia para conseguir conversiones de jóvenes, es la sociedad juvenil.

Nadie mejor que un joven cristiano puede llevar a otro al conocimiento de la verdad. En él, el inconverso podrá ver en carne viva que el evangelio puede constituir su felicidad y que en realidad el evangelio es para los que están en la primavera de la vida.

Ahora bien; lo mismo que dijimos sobre la enseñanza en la escuela dominical, decimos de los programas de las reuniones de las sociedades de jóvenes. Es necesario tener en cuenta los jóvenes inconversos. Los encargados de preparar dichos programas debieran tener cuidado de introducir con tacto, asuntos que pudieran servir para influir en las almas de todos los jóvenes.

Además de esto, se podrían celebrar de vez en cuando, como sabemos que lo hacen con provecho algunas sociedades, reuniones de evangelización en los locales o en casas particulares. A estas reuniones irán también los jóvenes inconversos y tendrán entonces hermosas oportunidades de oír el evangelio puro. Conocemos jóvenes que se han convertido por trabajos de esta índole.

Hay un factor importante que intervienen no pocas veces en pro o en contra de la conversión de muchos jóvenes: el hogar. He ahí lo que debiera ser un verdadero templo donde las almas jóvenes se sintieran compungidas por el amor del Salvador.

Pero si los hogares cristianos no son siempre lo que debieran ser, hay que cuidar que, por lo menos, no sean un obstáculo para la salvación de los jóvenes que pertenecen a él.

Muchas veces la falta de vida santa de los padres creyentes y sobre todo por el poco cuidado y prudencia en las conversaciones, los hijos son alejados del evangelio. Cuántos padres y cuántas madres se pasan la vida hablando mal del pastor, criticando a los hermanos, sacando el cuero a éste, despulgando al otro y después lloran y se lamentan porque sus hijos no se convierten.

Es necesario que los padres cristianos sepan que deben llevar una vida digna del Señor y sobre todo que deben «refrenar sus lenguas», porque de lo contrario, ellos serán responsables delante de Dios de la perdición de sus hijos. Con esto no queremos decir que todos los padres sean malos, gracias a Dios que no, pero téngase en cuenta que muchas veces es lo que sucede.

Que nuestros hogares sean santuarios en hechos y en palabras, y entonces veremos un mayor número de jóvenes acudiendo a la cruz.

Quedándonos ahora para hablar de algo que todos indistintamente, pastores o miembros, jóvenes o ancianos, hombres o mujeres, según los casos, pueden hacer en favor de los jóvenes que están a nuestro alcance. Este algo es el trabajo personal.

Lo que no se consigue muchas veces desde el púlpito, se consigue por medio de la influencia individual. El primer paso que debemos dar hacia el joven que queremos ganar para el Señor, es hacernos amigos de él, amigos sinceros. Demostrarle que nos interesamos por todas sus cosas, por su trabajo, por sus estudios, por sus alegrías y tristezas, por sus triunfos y por sus derrotas. De esa manera, conociéndole y amándole, como Jesús amó al joven rico, podremos ir influyendo en él a favor de Cristo.

En la mayoría de los jóvenes hay un principio de amor propio que hace que se demuestren capaces de andar solos. No confiarán a nadie sus dificultades ni le pedirán un consejo a menos que sea una persona que ha sabido captarse su amistad. A eso debemos llegar, y cuando hayamos conseguido caldear el hierro, golpeemos con ayuda de la oración, y es muy probable que el corazón más duros se abra y el Señor Jesús entre a morar en él.

Esforcémonos, pues, de todas maneras; trabajemos constante y meditadamente y el Señor nos concederá ver muchos jóvenes rescatados de las tinieblas a su luz admirable.

Pasemos ahora a la segunda parte de nuestro tema:

2. Cómo conseguir el desarrollo espiritual en los jóvenes convertidos.

El joven se ha convertido. Ha dejado el mal camino y ha resuelto vivir píamente en Cristo Jesús. El fuego del primer amor arde en su corazón. ¿Está todo hecho? No; sólo empieza. Como la planta, acaba de nacer. Tiene que crecer y por lo tanto necesita cuidados.

Un joven convertido es como una planta; pero su vida será estéril o fructífera, según que posea o no una espiritualidad robusta. Y para que se desarrolle con fuerza será menester, lo mismo que a la planta, apartar, cortar de él todo lo que pudiera impedirle el crecimiento espiritual.

Indicaremos entonces algunas cosas que muchas veces pasan desapercibidas, que suelen llamárseles «zonceras» y que en realidad son las que obstaculizan al joven creyente el camino que lo lleva a crecer en la gracia del Señor.

Damos por sentado, que, al convertirse, el joven ha dejado los vicios que llamaremos de gran peso. Así debe ser; de otra manera no ha habido conversión. Sin embargo, hay otros vicios que por ser menos graves no dejan de ser un verdadero mal. Uno de ellos, el más común tal vez, es el cigarro.

El uso del tabaco — quieran que no — es un vicio como cualquier otro. Arruina la salud, el bolsillo y, lo que es peor, también el alma. El joven que fuma no puede decir que ha dejado todos los vicios y tendrá siempre en él una espina que le impedirá el perfeccionamiento espiritual.

Se nos dice a menudo, que la Biblia no prohíbe el uso del tabaco. Contestamos: la Biblia no prohíbe que caminemos en cuatro pies, y, sin embargo, no lo hacemos. Además las Escrituras enseñan a conservar puro y sano el cuerpo y el cigarro lo arruina; luego, la Biblia lo prohíbe.

Que los jóvenes cristianos, que aún no lo han hecho, dejen de fumar y habrán eliminado algo perjudicial para sus vidas.

Los juegos de azar son también un vicio: las loterías y las quinielas son cosas que no deben pasar por las manos de un creyente; ellas atentan contra su alma.

Es lo más natural que los jóvenes se diviertan. «Alégrate, mancebo, en tu mocedad», dice Salomón. Ellos necesitan diversiones, pero, ¡cuidado con ellas! Sólo han de permitirse aquellas que no rebajen ni moral ni espiritualmente.

Un común «pasatiempo» o mejor dicho «pierdetiempo» que puede cautivar a los inexpertos para su propio mal, es el cine. En sí mismo, el cinematógrafo no es malo. Utilizado en cosas buenas puede ser muy útil. Pero tal cual está en boga entre nosotros, es lo más pernicioso que puede pedirse para almas todavía tiernas.

Exhibiciones de amoríos con desenlaces trágicos, dramas policíacos, que sirven para hacer pillos, etc., etc., no pueden hacer otra cosa que minar poco a poco la vida cristiana de los jóvenes. Ellos no deben, por lo tanto, tener la costumbre de asistir a tales espectáculos.

Los pic-nics y los paseos son lindísimos; los jóvenes los precisan. Sin embargo, esos mismos pic-nics y paseos hechos el día domingo son funestos para la vida espiritual. El joven que quiera mantenerse en las alturas deberá dedicar el día del Señor a las cosas que a él le pertenecen; esos paseos podrá hacerlos en cualquier otra ocasión.

Veamos ahora otro asunto: poco o mucho, a casi todos los jóvenes les gusta leer. ¡Bien hecho! ¡Ojalá a todos les gustase leer mucho! Pero, ¿cualquier cosa es buena para leer? No, ¡qué esperanza! Entre lo escrito hay mucho malo que debe evitarse. Una verdadera plaga de literatura baja e inmoral llena muchos escaparates y depósitos de libros. No nos contaminemos con ellos.

Hay que tener en cuenta, sin embargo, que como en lo que hemos ido indicando el peligro no está tanto en lo decididamente malo, como en lo dudoso, en lo que es malo sin aparentarlo. Por ejemplo: «la novela semanal», «el alma que canta», y que se yo qué cantidad de cosas por el estilo, con argumentos parecidos a los del cinematógrafo, no pueden si no entorpecer la espiritualidad del joven.

En cambio de esto, demos a nuestros jóvenes literatura buena y edificante; teniendo en cuenta que no sólo se necesitan libros que instruyan, sino también, que inspiren, que eleven, que tonifiquen el alma.

Si recordamos las siguientes palabras de Pablo: «no erréis: las malas conversaciones corrompen las buenas costumbres», dirigidas a los corintios, y estas otras dirigidas al joven Timoteo: «evita profanas y vanas parlerías porque muy adelante irán en la impiedad», tendremos ya otra cosa que habrá que cuidar en la juventud: las conversaciones.

Son perjudiciales las conversaciones sobre cosas malas y los son también las conversaciones insulsas y no provechosas. Hay tantas cosas buenas, que pueden servir «para edificación de los oyentes», de las cuales podemos hablar, que es innecesario y pernicioso ocuparse de asuntos poco nobles.

Toquemos, ahora, un asunto difícil de tratar, pero importantísimo para la vida espiritual del joven: la cuestión noviazgo. Sólo queremos decir esto: los jóvenes cristianos no deben andar de novios con inconversas. El día que la señorita o el joven se compromete con un inconverso, ese día, podríamos decir, que se ha suicidado espiritualmente; desde entonces será trabajoso, si no imposible, su progreso en las cosas del Señor.

Convendría enseñar esta verdad al joven enseguida de su conversión y así se evitarían males mayores.

Antes de terminar agregaremos que es preciso, como medio de desarrollo, hacer trabajar a los jóvenes, según sus aptitudes. Invitarlos a repartir tratados, a visitar enfermos o hermanos débiles, etc., enseñándoles en todos los casos a orar por lo que hayan hecho, sea poco o mucho.

Concluyamos: nuestras iglesias necesitan una juventud fuerte en espíritu. Jóvenes que sean capaces no sólo de gritar, de cantar con fuerza o de discutir, sino también, y sobre todo, de sentir gozo en la oración secreta, en el contacto íntimo con su Dios. Que sepan tomar a solas la Biblia y hallar así en ella el alimento para sus almas.

Roguemos, pues, a Dios y trabajemos para que la juventud Bautista sea una juventud de vida espiritual desarrollada y robusta.

¡Que pronto llegue el día en que haya entre nosotros, un gran ejército de jóvenes realmente convertidos, consagrados, y puros a toda prueba, para la gloria del Señor y el progreso de su causa! Así sea.

El Expositor Bautista, 1921

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