¿Consultaremos a los muertos?

Los espiritistas dicen que podemos comunicarnos con los muertos. Ellos en sus sesiones los evocan y los médiums dan a conocer sus manifestaciones. Muchos quedan impresionados por lo que ven o por lo que oyen y llegan a creer que el espiritismo es bueno y verdadero. Nosotros somos de otra opinión y diremos por qué.

La Biblia condena el espiritismo que ya se practicaba en los pueblos que habitaban el orbe antiguo. Al pueblo de Israel le fue dada una ley que decía: «No sea hallado en ti practicante de adivinaciones, no agorero, no sortílego, no hechicero, ni fraguador de encantamientos, ni quien pregunte a pitón, ni mágico, ni quien pregunte a los muertos. Porque es abominación de Jehová cualquiera que hace estas cosas». Deuteronomio 18:9-11.

Este pecado se consideraba tan grave que se establecía la pena de muerte como castigo.

Algunos siglos después el profeta Isaías dejó oír su voz contra ese mal, enseñando que hay que consultar a Dios, quien se había revelado en la Ley, y dice: «Si os dijeren: preguntad a los pitones y a los adivinos que susurran hablando, responded: ¿No consultará el pueblo a su Dios? ¿Apelará por los vivos a los muertos? Isa. 8:19.

Hay en la historia de Israel dos reyes que forman un verdadero contraste. El primero, Manasés, «hizo lo malo en los ojos del Señor», y entre los pecados que se le reprochan y por los cuales le vinieron muchos males, está el de que «miraba en agüeros, era dado a adivinaciones y consultaba a pitones y encantadores». El segundo, Josías, «hizo lo recto en los ojos del Señor y las obras buenas que se le atribuyen, además de haber destruido la idolatría, son las que barrió a los pitones, adivinos y terafeos».

Según el Nuevo Testamento no se trata de «espíritus inmundos», de demonios, y cuando el Señor se halló frente a ellos, no los invocó y consultó, sino que les mandó callar y salir de aquellos de quienes estaban posesionados.

Cuando San Pablo estuvo en Filipos era seguido por una muchacha que tenía espíritu pitónico, la cual a veces recomendaba la obra que estaba haciendo. Un espiritista moderno hubiera visto en ella la encarnación de un buen espíritu, pero Pablo se dio vuelta y dijo al espíritu: «Te mando en el nombre de Jesucristo que salgas de ella». Hay muchos que creen que la madre María y otros que practican el espiritismo y el curanderismo no son condenables porque obran en nombre de Dios, y es eso precisamente lo que hace más pecaminosa la obra engañosa que efectúan, pues se sirven del nombre del Señor para lo que el Señor no ha mandado hacer.

Y al fin y al cabo, ¿qué han revelado esos espíritus? No hay ni un solo conocimiento que haya venido de ellos. Se pretende tener comunicaciones de los que fueron en el mundo verdaderos genios, pero cuando uno las lee se halla frente a cosas insulsas y de ningún valor. Hablan con un Aristóteles y razonan pésimamente; con un Colón y nada saben de navegación; con un Cervantes, y escriben pésimamente, lo que demuestra que no se trata de los espíritus de esas personas, quienes tendrían que saber todo lo que sabían cuando estaban en el mundo y todo lo que hubieran aprendido en los siglos que nos separan de ellos. Tendrían que comunicarnos cosas extraordinarias, pero los médiums les hacen decir cosas infantiles que les avergonzarían. El mismo Flamarión ha dicho que en sus observaciones siempre ha encontrado que las comunicaciones están en relación con la capacidad del médium o de alguno de los presentes en la sesión.

Los efectos morales de esas comunicaciones son también fatales. El médium tiene que entregarse incondicionalmente a un espíritu que el desconoce y que puede ser el de un espíritu malo, según lo admite la misma doctrina de Kardec. Su mente, su alma y todas sus facultades quedan a merced de ese espíritu desconocido. Si es un espíritu malo hablará mentira e inducirá abiertamente o con astucia, a cometer actos que la moral condena, y la persona que se ha entregado a su misteriosa influencia se convierte en un instrumento pasivo o inconsciente del mal . . . No puede resultar ningún bien de esa abdicación de la personalidad humana.

Y preguntamos: ¿qué efectos tiene sobre la salud corporal eso de estar horas enteras bajo la influencia de un espíritu que atormenta, que agita y pone fuera de sí al posesionado? Son numerosos los casos de locura, y aun cuando no siempre se llega a este extremo, en ningún caso se puede evitar que el espiritismo produzca verdaderos trastornos en el sistema nervioso y mental del que lo practica. Los espiritistas saben muy bien que esto es rigurosamente cierto, a tal punto que aconsejan moderación en el ejercicio del arte.

Consultemos a Dios

Para conocer la voluntad de Dios no debemos recurrir a los espíritus, porque como dice Salomón, «los muertos nada saben, ni tienen más parte en el siglo, en todo lo que se hace debajo del sol». Eclesiastés 9:5, 6.

En el monte de la transfiguración, cuando los discípulos vieron el rostro de Jesús iluminado y sus vestidos resplandecientes, oyeron una voz que les decía: «Este es mi Hijo amado; a él oíd». Es a Cristo a quien tenemos que oír y no a los espíritus. Jesús trajo al mundo la gracia y la verdad. Sus palabras, que podemos leer en los cuatros Evangelios son la revelación más completa que de Dios existe. El espiritismo siempre habla elogiosamente de Jesús, llamándolo el más perfecto que visitó este planeta y el que enseñó la moral más pura que se haya conocido, pero en lugar de escuchar a Cristo J seguir su gloriosa doctrina, preguntan a los muertos y son inducidos por espíritus de error.

Oigamos a Cristo en verdad y hallaremos que él habló de un modo muy distinto al de los espiritistas.

Cristo enseñó que el hombre debe arrepentirse de sus pecados y acogerse a la misericordia de Dios, el cual amó al mundo con un amor tan perfecto que dio a su Hijo unigénito para que todo aquel que en él cree no se pierda, mas tenga vida eterna; que él había venido al mundo para buscar y salvar lo que se había perdido; que él era Hijo de Dios en un sentido mucho más elevado de lo que puede llegar a serlo cualquier otro. A sus discípulos dijo: «Mi Padre, y vuestro Padre, mi Dios y vuestro Dios». Él era la imagen misma del Dios invisible, el Verbo eterno que existía desde toda la eternidad.

No enseñó la reencarnación, pero sí la regeneración, cuando habló con Nicodemo; esa regeneración que se logra en esta vida cuando el Pecador arrepintiéndose en verdad de su vida pasada busca a Dios y acepta a Cristo como Salvador y Maestro, poniendo en él una confianza completa. El hombre se halla no sólo en un estado de atraso, sino muerto, espiritualmente hablando, y él viene para darle vida y vida en grande abundancia. Dijo: «De cierto de cierto os digo: El que oye mi palabra y cree al que me ha enviado, tiene vida eterna; y no vendrá a condenación, mas pasó de muerte a vida». Juan 5:24. No enseñó que el destino humano es el de ir pasando por una serie de reencarnaciones hasta lograr la perfección. Dividió al mundo en dos clases al decir: «El que cree en el Hijo tiene vida eterna, mas el que al Hijo es incrédulo, no verá la vida sino que la ira de Dios permanece sobre él». El espiritismo halaga las pasiones y crea falsas esperanzas, negando la existencia del infierno, pero Cristo habló de un modo muy diferente, porque su misión era de decir la verdad. Lo llamó el lugar de tormento, donde el gusano nunca muere y el fuego nunca se apaga. Toda doctrina diga lo contrario es obra del «príncipe de las tinieblas», y ¡desdichado el que le preste oídos! No enseñó que todos se salvarán sino que los malos sufrirán las terribles consecuencias de su locura, diciendo: «E irán estos al tormento eterno y los justos a la vida eterna».

Aceptemos a Cristo y a su evangelio, que trae al hombre salvación, y no nos dejemos engañar por espíritus de error que encaminan a las almas a perdición.

Juan C. Varetto
El Expositor Bautista, 1923

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