El Apóstol Pedro

SU LLAMAMIENTO

¿Cuándo fue llamado Pedro al servicio del Maestro? Si leyéramos sólo Juan 1:40-42 daríamos una respuesta, si nos fijáramos sólo en Lucas 5:1-10 otra, y aún otra si notáramos tan sólo Marcos 1:16-20 o el pasaje análogo en Mateo. ¡Tres llamamientos! ¿Se equivocaron los evangelistas? Seguramente que no, sino que nos presentan tres «momentos» de las primeras etapas del servicio de Pedro, de los que hemos de buscar la explicación.

EL PRIMER LLAMAMIENTO: JUAN 1:40-43

Al parecer Pedro había sido discípulo de Juan el Bautista, igual que su hermano Andrés, y, por lo tanto, tenía el corazón ya preparado por haber hecho caso del ministerio del Precursor. La narración en Juan es muy escueta, pero, a la vez, muy significativa. Andrés halla a su hermano Pedro y le lleva a Jesús con las palabras: «Hemos hallado al Mesías (Cristo)». Parece ser que Pedro acude sin protesta, pero sin entusiasmo, y por una vez en la vida no dice nada. En cambio, el Maestro hace una declaración enfática acerca de él: «Tú eres Simón, hijo de Jonás. Tú serás llamado Cefas (Piedra)». Esta escena subraya el llamamiento soberano del Señor, que es la base firme de todas las demás fases del llamamiento de Su siervo. El Maestro sólo puede discernir los movimientos del corazón y las capacidades latentes que pueden desarrollarse. «Simón» era el nombre natural que se dio al hijo de Jonás, el hijo, por lejana descendencia, de Adán, el que pecó. De tal cantera se sacó el nombrado discípulo y apóstol, pero, en su elección soberana, el Maestro le cambió el nombre en «Cefas», piedra, pues, limpiado y formado por la sabia mano del maestro arquitecto, había de ser colocado en posición de fuerza sobre la Roca, o sea, el Mesías, Único Fundamento de toda la Casa de Dios.

En esta breve escena inicial, el Maestro muestra su soberanía, autoridad y discernimiento, mientras que el discípulo, Simón («el que escucha») miró de cerca al Maestro abrió el oído, calló y escuchó. ¡Buen principio para una vida de señalado servicio!

EL SEGUNDO LLAMIENTO: LUCAS 5:1-10

Hemos de entender que Pedro, con los demás del círculo que se acercó al Señor después de la proclamación de Juan el Bautista, acompañó al Señor en algunos momentos del ministerio que Jesús ejerció en Judea, antes de volver a Galilea, según los capítulos 2 y 3 de Juan, pero sin dejar del todo su ocupación de pescador. Estos galileos eran amigos y discípulos del Señor en el sentido de que aceptaron su Persona y sus enseñanzas, pero aún no habían dejado todo para seguirle y aprender a sus pies. Por medio de la pesca milagrosa, que se narra en Lucas 5:1-10, el Maestro se reveló de tal forma a Pedro que ya no le interesó el negocio de parte de la pesca, sino que se decidió personalmente a ser «pescador de hombres».

La escena es bien conocida y muy hermosa. El Maestro había utilizado el barco de Pedro como «púlpito» para dar sus mensajes a la gente en la playa. Luego mandó a Pedro que tirase al alto mar para pescar; cosa que parecía inútil ya que los pescadores expertos habían trabajado toda la noche sin coger nada, y la hora ya no era propicia. Sin embargo, Pedro obedeció un tanto «contra gana», y, a gran sorpresa de él y de sus colegas, la pesca fue fenomenal. A bordo de una barca de pesca que parecía que había de hundirse bajo el peso de los peces, Pedro se dio cuenta de que el Amigo, reconocido en parte como el Mesías, controlaba los movimientos de los peces en las inmensidades del mar: que era, en fin, el Dios-Creador, y, frente a esta visión, comprendió su propio pecado y nulidad gimiendo: «Apártate de mí, Señor, porque soy hombre pecador». Lo que menos quería Pedro en aquel momento era que el Señor se apartase de él, pero así expresó su estado de pecador ante la gloria del Señor tan realmente como lo hizo Isaías, cuando contempló la gloria de Jehová en Su Templo. Y tan realmente se puso a la disposición del Maestro para ser «pescador de hombres».

Es ahora cuando el corazón humilde y entregado de Pedro corresponde plenamente al llamamiento soberano que antes había recibido.

EL TERCER LLAMAMIENTO: MARCOS 1:16-20

¿Sería el día siguiente cuando Jesús pasó y vio a los socios limpiando y remendando sus redes? ¿Podemos imaginar que habían pasado una parte de la noche hablando de la «revelación» que les había venido a través de la pesca milagrosa? Si fuera así es natural y hasta inevitable la prontitud de su reacción cuando el Señor les mandó: «Venid en pos de mí y yo os haré pescadores de hombres». Pedro y Andrés, Juan y Jacobo fueron llamados ya oficialmente para ser discípulos del Mesías, y no mucho tiempo después los discípulos llegaron a ser apóstoles según el detalle de Marcos 3:13-15. Siendo establecidos por la voluntad del Maestro, y aprendiendo a sus pies, llegaron a ser los mensajeros suyos, escogidos con el fin de hacer obras de poder y llevar el mensaje del evangelio, primeramente a los judíos, y luego a todas las gentes.

LA OBRA DE PEDRO ANTES DE SU CAÍDA

El nombre de Pedro ocurre muchas más veces que el de todos los demás discípulos juntos en los cuatro Evangelios, lo que en sí da la medida de la importancia de su ministerio. «¡Pobre Pedro!» se suele decir, con un tono que tiene algo de compasión, y más de reproche, «¡qué impulsivo era¡, ¡cuántas veces se equivocaba! y luego, ¡negar al Señor!» Deberíamos evitar estas críticas fáciles y estas actitudes de supuesta superioridad sobre uno de los más destacados siervos de Dios de toda la historia de la iglesia. Si bien se estudian los Evangelios, se verá que las limitaciones de Pedro eran comunes a todo el grupo apostólico, mientras que sus aciertos le distinguieron de ellos. Sus compañeros le reconocían como su animador y portavoz, dándose mejor cuenta que nosotros de su visión, su iniciativa, su valor y su exacta y tajante expresión.

Recordemos, no tanto los célebres ex abruptos de Pedro -bien que éstos han merecido su lugar en la página inspirada, por revelar todos ellos facetas importantes de las reacciones humanas ante la verdad divina- sino aquel momento cuando muchos discípulos, antes entusiasmados, volvían atrás, escandalizados ante las declaraciones del Maestro que les parecían atrevidas o incomprensibles. Entonces fue Pedro quien se puso en la brecha, animando la lealtad de los restantes con una confesión de fe que brotaba espontáneamente de un corazón ampliamente iluminado por el Espíritu Santo: «Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna; y nosotros creemos y conocemos que tú eres el Cristo (Mesías), el Hijo del Dios viviente» (Juan 6:66-69). Un poco más tarde Jesús se retiró a Cesarea de Filipos con el objeto de dar lugar a que los discípulos confirmasen «oficialmente» su aprecio de su Persona como el Mesías, el Hijo de Dios, antes de preparar su mente y corazón para el misterio de su Muerte y su Resurrección. De nuevo Pedro era el portavoz de todos, recibiendo la bendición del Señor, y el privilegio de ser el instrumento para abrir el Reino de Dios tanto a los judíos como a los gentiles por un sabio uso de las «llaves» de la predicación del Evangelio (Mateo 16:13-21).

LA NEGACIÓN DE PEDRO

La historia es tan conocida que no hace falta ocupar espacio en este breve estudio recordándola. Pedro pecó gravemente, negando ante gente del mundo que conociera al Señor a quien tanto amaba, pero hemos de dejar el tópico de «Pedro cobarde» para considerar que el apóstol era uno de los hombres más valientes que el mundo ha conocido. Después de la profecía velada que el Señor pronunció más tarde en la playa del Lago. (Juan 21:18). Pedro sabía que le esperaba una muerte violenta al final de su carrera de servicio, pero, sin embargo, le hallamos trabajando siempre animosa y denodadamente, sin hacer caso alguno de la certidumbre de que el «valle» final había de ser particularmente sombrío para él. Por mucho que buscáramos pocas analogías podríamos hallar a tal valor moral, sostenido a lo largo de muchos años de servicio.

No es que Pedro era «cobarde», pues, sino que todo siervo de Dios falla precisamente en su punto más fuerte si por un momento confía en sí mismo y deja de mirar al Señor. De igual forma Abraham, hombre de fe por excelencia, mintió ante Faraón en lo que más tocaba a su honra y a la gloria de Dios para «salvarse» de un peligro imaginario. Pedro era seguro (con razón) de que amaba al Maestro, pero desconocía aún la profunda debilidad del corazón humano, y por eso declaró locamente: «Aunque me sea necesario morir contigo, no te negaré». Pero el Maestro había de permitir que el diablo empleara su «criba» para «zarandear» a tan escogido siervo, con el sabio propósito de revelar lo que era mera hojarasca, dejando intacto el «trigo» de su amor y su fe. Luego el poder y el valor de Pedro no habían de descansar en sus notables cualidades naturales, sino en Cristo, y en la inspiración eficaz del Santo Espíritu.

La negación, pues, no ha de considerarse como la debilidad del «pobre Pedro», sino como ilustración notabilísima de que no puede haber confianza en los mejores hombres, considerados como tales, sacándose en consecuencia que todo servicio real ha de fundarse sobre la comprensión de la Cruz y de la Resurrección de nuestro Señor Jesucristo, hecha efectivo en nosotros por la potencia del Espíritu Santo. ¡Nunca jamás debiéramos procurar excusar nuestras fallas diciendo: «¿y no cayó también el apóstol Pedro?» Pedro cayó antes de la consumación de la Obra en el Calvario, antes de romperse las ataduras de la muerte en la Resurrección, y antes del estupendo acontecimiento del Día de Pentecostés. En cambio, nosotros nacemos a la vida espiritual por fe en Cristo después de haberse deshecho las obras del diablo y teniendo en seguida a nuestra disposición «aquella supereminente grandeza de su poder para con nosotros los que creemos … la cual obró en Cristo, resucitándole de los muertos, y colocándole a su Diestra en los Cielos». Fijémonos en Pedro como siervo del Señor después de Pentecostés y su ejemplo nos servirá de mucha edificación y bendición espiritual.

Traigamos a la memoria la primera entrevista del Señor con Pedro: aquella que determinó toda la carrera posterior de este siervo de Dios. El Señor reconoció lo que era, «Simón, hijo de Jonás», pero profetizó que había de ser «Cefas, una piedra». En cierto momento posterior la «piedra» era de «escándalo», y, en el momento de la negación, Pedro parecía más como arena movediza que no firme roca, pero el proceso que prevía el Señor no se había completado aún, y su visión había de cumplirse por los medios que Él sabía. Cuando Pedro había contemplado aferrado el abismo de su propia vergonzosa debilidad, y luego la visión del Señor crucificado y resucitado, estaba preparado para cumplir su misión sobre una base firme, y hasta inconmovible. Su pecado se había clavado en la cruz, y su vida dependía ya del Resucitado que había triunfado sobre la muerte. Durante el interrogatorio de la playa, Pedro había dado prueba de profunda humildad, y se había vuelto a consagrar al servicio de su Maestro por la fuerza de un amor hacia El que no se atrevía ya a medir, pero que dependía del amor de su Señor para con él. El «vaso» estaba limpio y preparado para la maravillosa experiencia del Día Pentecostés cuando fue «lleno» de toda la potencia de Dios.

El creyente nunca debiera «excusarse» por las caídas del Apóstol, anteriores a las experiencias que hemos notado, pues el «verdadero Pedro» se ve después de ellas. Nosotros empezamos nuestra carrera cristiana por contemplar la Cruz como un HECHO ya consumado, y aprendimos enseguida lo que significaba el triunfo de la Resurrección, y «fuimos bautizados en un Cuerpo» (1 Cor. 12:13), de modo que nuestra posición espiritual corresponde a la de Pedro después del Día de Pentecostés, cuando su testimonio se reviste de una fuerza ejemplar que todos podemos tomar en cuenta. En lugar de la desanimada y vergonzosa disculpa: «Pues, mire, también Pedro tuvo sus caídas», debiéramos exclamar, con profundos anhelos de que Dios cumpla plenamente su propósito en nosotros:

«Cuán lejos estoy del testimonio valiente y eficaz de Pedro desde el Día de Pentecostés en adelante! ¡Señor! ¡Deseo ardientemente ser lleno de tu Espíritu Santo!» Veamos algunos aspectos de este magnífico testimonio:

Pedro el Heraldo. Léase Hechos 2:14-40; 3:12-26. La obra de los apóstoles, después de haber recibido la potencia del Espíritu Santo, presentaba dos aspectos principales: la proclamación de lo que Dios había hecho en Cristo, y la enseñanza detallada que daban a los creyentes que se entregaban al Señor como consecuencia de la proclamación: En la proclamación, el heraldo más destacado era Pedro, y basta leer sus dos mensajes, según el resumen que se da de ellos en los capítulos 2 y 3 de LOS HECHOS, para apreciar la maravillosa potencia y sabiduría que el Señor había dado a su siervo restaurado en este ministerio. Los elementos más importantes son los siguientes: 1) con notable valor y absoluta franqueza acusa a los judíos de haber matado a su Mesías, a pesar de las abundantes «credenciales» que Dios le había dado en el curso de su ministerio. 2) Pero detrás del crimen nacional se hallaba «el determinado consejo y providencia de Dios», quien ordenó que la aparente derrota fuese la base de una obra salvadora a favor de los hombres, y aun a favor del pueblo de Israel si quería arrepentirse. 3) Se insistía en el hecho de la Resurrección por el que Dios había anulado el veredicto de los judíos en contra de su Cristo, trocándolo en una proclamación de triunfo, que designó a Jesús como «Señor y Cristo». 4) Pedro hacía ver que había predicciones en el Antiguo Testamento sobre los sufrimientos, resurrección y triunfo del Cristo, además de profecías que anunciaban la venida del Espíritu Santo. 5) Sobre la base de estos claros hechos, que resumían la intervención de Dios en los asuntos de los hombres por medio de la Persona de Cristo, Pedro llamaba a los judíos al arrepentimiento ofreciéndoles bendiciones presentes y futuras si aceptaban al Cristo de Dios.

Nuestros «auditorios» son otros cuando ahora nos levantamos para ser «heraldos del rey», pero el modo de la proclamación, en todo lo esencial, debiera ser igual al de Pedro. El «corazón» de toda predicación del Evangelio debiera ser el anuncio de lo que Dios ha hecho en Cristo, y la clara presentación del Salvador en todo el valor de su obra. Solamente después de tal anuncio se debe pasar a los «llamamientos» con el fin de inclinar la «voluntad» del pecador a humillarse para aceptar lo que Dios ha hecho. ¡Príncipe y modelo de heraldos es el «Verdadero Pedro»!

Pedro el Testigo. Léanse capítulos 4 y 5 de LOS HECHOS. La curación del cojo a la puerta del Templo, seguido por el mensaje de Pedro dirigida a las multitudes entusiastas en los atrios, fue ocasión de una manifestación tan clara del poder del NOMBRE, allí en la ciudad donde recientemente Jesús había sido condenado y crucificado, que los lideres de Israel tenían que levantarse en contra, o darse por derrotados definitivamente. Pedro y Juan fueron arrestados, y el Apóstol no se halla esta vez en el patio exterior, calentándose a la lumbre de la servidumbre, sino en medio del semicírculo del tribunal de Sanedrín, siendo el mismo el acusado. Nos parece que se gozaba en ocupar el lugar que antes había sido el del Maestro, y quizá en su corazón murmuraba: «Señor! tú sabes todas las cosas; ¡tú sabes que te amo!» El acusado se volvió en acusador ante los magistrados — aquellos mayordomos que habían querido apoderarse de la Viña de Israel por echar fuera al Heredero– y al par que denunciaba su crimen, anunciaba una salvación plena y única por el Nombre de Jesús (4:8-12). No se puede imaginar un testimonio más limpio, poderoso y contundente. ¡Si queremos ser testigos por el Señor, ¡fijemos la mirada en el «verdadero Pedro».

Pensamiento Cristiano. Junio, 1959

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