El candelario de oro

Éxodo 25:31-40; Levítico 24:1-4; Apocalipsis 1:12-20

El candelario no era sencillo, pues tenía una lamparilla en la punta de cada brazo. Es muy sugerente notar que se hace una distinción entre el soporte de la lámpara y sus brazos. La parte central o vertical era el candelario propio, las otras partes eran simplemente los brazos del mismo. Este es el mismo pensamiento precioso que tenemos en Juan 15:5, «Yo soy la vid, vosotros los pámpanos». Observe lo siguiente:

I. Su forma

Era hecho de «de oro puro; labrado a martillo» (Éxodo 25:31). No había madera aquí; pero aun así, como todos los otros utensilios, tenía un carácter doble, su caña y sus brazos (Éxodo 25:31-32). Se supone que el candelario fue hecha de una sola pieza sólida de oro, y que fue llevada a la forma deseada por medio de la obra del martillo. Estamos aquí por ver una verdad muy profunda del Nuevo Testamento en relación con Cristo y su iglesia. Todo de una pieza para empezar. En el propósito de Dios, el Cordero fue inmolado, y fuimos escogidos en él antes de la fundación del mundo (Ef. 1:4). Todo de una pieza, antes de que el mundo comenzara. ¡Oh, las profundidades de la sabiduría de Dios! Pero el candelario no apareció en realidad hasta que se acabó la obra de martillo. Los martillazos son un símbolo enfático de sufrimiento. Fue a través de los sufrimientos de nuestro Señor Jesucristo. El candelabro no se formó dentro del lugar santo. El proceso duro y cansador de martillar se llevó acabo afuera. Cristo tuvo que salir de la presencia de su Padre y salir de la puerta de Jerusalén. Sólo él conoce toda la profundidad de significado que se involucra en este término «labrado a martillo». Sufrió por nosotros, el Justo para los injustos, para que seamos partícipes de su naturaleza divina, para traernos a Dios. (2 Ped. 1:4)

II. Su tamaño

El candelario, al igual que la fuente—tipificando el Espíritu Santo—fue dada sin medida. Cabe preguntarse si esos dos objetos, que representan los dos grandes misterios de la iglesia y del Espíritu Santo, deben mencionarse sin ninguna medida definida. La iglesia era un misterio escondido en las edades de antaño. ¿Quién puede medir el cuerpo místico de Cristo? Su presencia no puede ser entendida por la mente carnal. Es un gran misterio. (Efesios 5:32) Hay tres uniones que son todas igualmente misteriosas:

1. La unión entre el Padre, el Hijo y el Espíritu.
2. La unión entre el Hijo y el hombre.
3. La unión entre el creyente y Cristo.

III. Su posición

La fuente estaba en el centro del lugar santo, la mesa de los panes de proposición al lado derecho, y el candelario a la izquierda. Todos aquellos utensilios que estaban en línea recta muestran la provisión que Dios ha hecho para que nos acerquemos a sí mismo. Los que estaban a un lado representan los privilegios y las responsabilidades de los salvos. La única luz en el lugar santo era del candelario de oro. No había ventanas, ni luz natural. Solamente con esta luz el sacerdote ofrecía incienso y reemplazaba el pan sobre la mesa. En la luz de su presencia debe hacerse toda obra santa. «Tú eres mi lámpara, oh Jehová» (2 Sam. 22:29). Cuando andamos y trabajamos a la luz de las chispas de nuestra propia leña es que nos equivocamos y tropezamos y fracasamos. La iglesia, como el candelario, es en el propósito de Dios algo separado. En el mundo, pero no del mundo. «Y por ellos yo me santifico a mí mismo, para que también ellos sean santificados en la verdad» (Juan 17:19). Los brazos no son del mundo, porque la caña del candelario no es del mundo. (Juan 17:16-18).

IV. La caña y los brazos

La caña, o parte central, se llamaba candelario. La caña es Cristo, los brazos a ambos lados son su pueblo. Jesús en medio. En todas las cosas tiene la preeminencia. (Col. 1:18) Las brazos fueron golpeadas fuera de ella. Eva, tipificando la iglesia, fue sacada del costado de Adán, «miembros de su cuerpo, de su carne y de sus huesos» (Ef. 5:30). La caña con sus brazos era de oro puro. Los brazos se hicieron partícipes de la misma naturaleza que el candelario. Esto lo tenemos, como creyentes, a través de la obra del Espíritu Santo. Observe además que la fuerza de los brazos estaba en la caña. Sin la caña, los brazos no tenían la habilidad de mantenerse en posición. «Separados de mí nada podéis hacer» (Juan 15:5). «Todo lo puedo en Cristo que me fortalece» (Fil. 4:13). La belleza de la caña era colocada sobre cada brazo. Las copas, manzanas y flores que adornan la lámpara central había de ser forjada en cada brazo individual. ¿No es hermoso? Que la belleza del Señor nuestro Dios esté sobre nosotros. Es la voluntad de Dios que el mismo espíritu que obró en Jesús obre también en nosotros, transformándonos a su misma imagen (2 Cor. 3:18). «Y revestido del nuevo, el cual conforme a la imagen del que lo creó se va renovando hasta el conocimiento pleno» (Col. 3:10; Juan 17:22).

La misma posición y privilegio que pertenecían a la caña pertenecían también a los brazos. «Juntamente con él nos resucitó, y asimismo nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús» (Efesios 2:6). «Donde yo estoy, vosotros también estéis» (Juan 14:3). Tal vez los tres brazos de ambos lados también puedan indicar los tres grandes dones en la iglesia: evangelistas, pastores y maestros (Efesios 4:11). Este es el verdadero orden. El brazo exterior era el más largo. El primer deber de la iglesia es evangelizar. El segundo brazo es el pastor, que reúne a los evangelizados, y los cuida como un rebaño. El tercer brazo es el maestro. Este se situaba cerca de la caña. La cercanía a Cristo es indispensable para la enseñanza provechosa. Se sientan a sus pies y aprenden de él (Lucas 10:39). Aunque los oficios son diferentes, todos pertenecen, viven y exaltan al mismo Señor– «todos unidos en Cristo».

V. Su iluminación

La luz de la vela era algo diferente del propio candelario. Se puede tener un soporte de lámpara sin una lámpara, o una lámpara sin una luz, así como usted puede tener la forma de piedad sin el poder. Pero el candelario se hizo con el propósito mismo de llevar luz. Su luz era el don de Dios. «La vida era la luz» (Juan 1:4). La luz por tanto es un hermoso símbolo de vida. La vida que tenemos en Cristo es vida de Dios, y es la vida de Dios. Antes de que podamos brillar ante Dios debemos, tal como el candelabro, ser iluminados con el santo fuego de la vida de Dios. Esta luz nunca se debía apagar. La vida que tenemos es «vida eterna», nunca será extinguida. El secreto de un testimonio constante y poderoso no radica en tener abundancia de conocimiento, sino en tener abundancia de vida. Recordemos que la vida es la luz. Dejar que nuestra luz brille simplemente significa dejar que Cristo, quien mora en nosotros, sea visto. Esta luz, como el fuego en el altar, debía ser utilizada y mantenida, pero no hecha. La vida eterna no es producto de los hombres, es «don de Dios» (Rom. 6:23). «Os es necesario nacer de nuevo» (Juan 3:7). Observe además el gran propósito de esta luz:

1. Arder delante de Jehová. (Lev. 24:2-3) Nuestro primer gran emprendimiento como cristianos es vivir ante Dios. «Uno es vuestro Maestro, el Cristo» (Mateo 23:8). «Anda delante de mí», le dijo Dios a Abraham (Gén. 17:1). Es posible brillar ante los ojos de los hombres y, sin embargo, no brillar ante Dios. Con este fin necesitamos el corazón devoto y el ojo consagrado «Porque habéis sido comprados por precio; glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios» (1 Cor. 6:20). Mientras el candelario ardía «delante de Jehová» su función también era:

2. Alumbrar sobre la mesa. Cuando vivimos sólo para complacer a Dios, entonces estamos revelando a Cristo como el pan de vida a los demás. Los hombres ven en Cristo el pan que necesitan para sus pobres almas en perdición por medio de la brillante luz gozosa de la vida consagrada. Al brillar ante Dios, encomendamos mejor al Señor Jesucristo: Aquí no hay lugar para agradar a los hombres.
Al brillar «delante de Jehová» su función también era:

3. Alumbrar sobre el altar. El poder de la oración será visto y sentido a través de la vida que ha vivido ante Dios. El Dios que contesta la oración es el Dios que responde por el fuego de una vida santa y glorificante de Dios. Su función también era:

4. Alumbrar sobre sí mismo. Al brillar ante Dios, estamos manifestando a los demás la hermosura que el Señor nuestro Dios ha puesto sobre nosotros. «Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos» (Mateo 5:16). Sólo lo que él ha obrado en nosotros se puede ver cuando vivimos y trabajamos en presencia de «Jesús solamente».

VI. El aceite

El poder del candelario se encontraba en la luz que llevaba. Pero la luz necesitaba ser alimentada. La nueva vida que Dios nos dio necesita sustento. Aceite puro de olivas machacadas fue proporcionado para las lámparas (Lev. 24:2). El aceite es un emblema llamativo del Espíritu Santo. Pentecostés fue el derramamiento del aceite sobre las vidas parpadeantes de los primeros discípulos. Podemos tener vida, pero no podemos tener vida abundante a menos que tengamos un suministro abundante del espíritu de gracia. Un testimonio de mecha seca es pobre. ¿Cómo se aplica este aceite? El Espíritu toma las cosas de Cristo y nos las muestra, por lo que cuando estas cosas preciosas son vistas y aceptadas, la fe se fortalece y la vida se hace más brillante. El aceite sagrado es una necesidad primordial para que la lámpara del testimonio se mantenga brillante y ardiendo. No hay escapatoria de esto. Si nuestra vida cristiana es nublada, brumosa e irregular, eso es evidencia suficiente de que carecemos del aceite del espíritu de libertad. La educación y la seriedad no son sustitutos del aceite puro que inspira vida del Espíritu Santo. El aceite no puede brillar por sí mismo, ni puede hacer brillar una lámpara muerta. Sólo puede manifestar su gran poder a través del fuego de un alma viviente. Se dice del Espíritu que «no hablará por su propia cuenta» (Jn. 16:13), pero puede hacer que la vida que hemos recibido por medio de Cristo brille de forma tan reluciente que Cristo nuestro Señor será magnificado en nosotros. «Él me glorificará» (Jn. 16:14), dijo Jesús. Así se glorifica en nosotros. El sacerdote suministraba el aceite para las lámparas. Las ponía en orden con sus propias manos (Lev. 24:4). ¿cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan? (Lucas 11:13) Ser llenos del Espíritu significa ser llenos de fe, de amor, de sabiduría y de poder, para que nuestra vida sea semejante a Cristo y honren a Dios. «No con ejército, ni con fuerza, sino con mi Espíritu, ha dicho Jehová de los ejércitos» (Zac. 4:1-6).

VII. Las despabiladeras y sus platillos

Las despabiladeras y sus platillos eran cosas pequeñas pero indispensables (Éxodo 25:38). Las lámparas necesitaban el ajuste de sus mechas, y había que retirar las cenizas de la mecha. Oh, sí, hay cenizas incluso aquí. Hay algo en el mejor de los hombres que lo haría mejor si se eliminara. Pero tenga en cuenta que las cenizas que afectan el testimonio de la luz no provienen del aceite santo, sino del cuerpo de la mecha. El obstáculo nunca está en el Espíritu Santo, sino en nosotros mismos. Puede ser un pequeño surgimiento de la voluntad propia, algún deber descuidado, algún pecado no confesado. Pero es un consuelo bendito que aunque nuestro gran Sumo Sacerdote puede necesitar utilizar los platillos de prueba y aflicción para purificar, nunca utiliza el apagador. Cuando Pedro lo negó, no lo apagó, sino que aplicó las pinzas de la intercesión de la gracia. Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades (Hebreos 4:15). Los platillos eran de oro puro. Las pruebas ardientes a través de las cuales tengamos que pasar no serán causa de gozo, sino de tristeza (Hebreos 12:11). Sin embargo, «para que sometida a prueba vuestra fe, mucho más preciosa que el oro, el cual aunque perecedero se prueba con fuego, sea hallada en alabanza, gloria y honra cuando sea manifestado Jesucristo» (I Pedro 1:7). Los platillos no se utilizan para infligir dolor, sino para provecho, para que la lámpara pueda brillar aán más brillante. Son pruebas de oro en manos de un sumo sacerdote misericordioso que mira al «después». «Hágase tu voluntad» (Mateo 26:42). Obra por tanto en nosotros «así el querer como el hacer, por su buena voluntad» (Filipenses 2:13). Queridos creyentes, en el día de las pruebas medite en las verdades tipificadas en estos platillos de oro.

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