El libro para el día de hoy

El día de hoy no es como todos los días. Tiempos han habido en que toda una generación pudo pasar su vida en una rutina apacible sin más variación que las fiestas que fueron parte del curso de los años. El tiempo que se vive hoy es muy distinto. El hombre de esta generación es como un barco cogido en una de las tempestades más terribles que hayan azotado las mares. Se halla empujado, arrastrado, golpeado y frustrado por fuerzas que no pueden ni controlar ni eludir. Aun cuando no le haya tocado la desdicha de los millones cogidos en las zonas devastadas por la guerra, el torbellino le ha alcanzado en leyes y aún la falta de productos y servicios indispensables a su vida. El ambiente parece habérsele tornado hostil. A uno le amenaza el desempleo, a otro la pérdida de sus recursos, algunos el gobierno dictatorial injusto y a todos el aumento del costo de la vida y la falta de alimentos. El hombre despierto abre el periódico cada mañana con cierto azoramiento.

En la tempestad, cuando no ve el sol, el marinero depende de la brújula. Ha de fiarse del polo magnético, en nada afectado por los vientos y las olas. Así el hombre cogido en el torbellino de nuestro tiempo necesita de una orientación fija y fiel a que pueda dar fe y que le permita dirigir su curso con acierto. Tal brújula y tal fe haya que el que busca dirección para su en fuerza para su espíritu en las páginas de la Biblia. Para aquel que no la conoce parecería tal vez absurdo sugerir que en el libro más antiguo de la humanidad, y éste un libro religioso, pueda hallar dirección para su vida en nuestros tiempos. Pero el que la conoce sabe que es así. Para que el que ignora el contenido de este libro ha de parecerle algo inexplicable la experiencia de Eddie Rickenbacker y sus seis compañeros, todos convencidos que fue la lectura diaria del Nuevo Testamento del sargento Bartek que les sostuvo durante su largo y penoso viaje de 23 días en una balsa, en el pacífico. Padecían hambre y sed, el sol tropical, las tempestades, el agua salada que invadía la balsa y la suma estrechez de su débil embarcación. Fue para ellos un descubrimiento hallar que la lectura bíblica les sostenía su espíritu, nutriéndoles con nueva esperanza y con fe en Dios. Ese caso fue dramático. Los hombres y mujeres en otras circunstancias difíciles de la vida común testifican que ha sido su experiencia también, que han encontrado en las páginas de la Biblia el socorro oportuno. Cuando Winston Churchill fue nombrado ministro del almirantazgo británico abrió la Biblia y leyó la página que de casualidad—como se suele decir—se le puso delante. En esa página halló valor, se divide iba oportunas para tan importante comisión. La Biblia es el libro para el día de hoy, pues suministra a la mente dirección, al espíritu fe y valor y a la voluntad el dinamismo, ya para seguir adelante en el camino del bien ya para resistir las fuerzas hostiles.

Jamás en la historia humana se ha lanzado sobre los hombres tal avalancha de propaganda como la que aturde hoy a las masas. Verdades sencillas y profundas se confunden con mentiras audaces y con medias verdades que son las peores falsedades. La prensa, la radio, la plataforma, el parlamento y aún el púlpito sirven para derramar sobre cada vecino un torrente de ideas, emociones y gritos partidaristas, con cuanto recurso de retórica y prejuicio haya al alcance del vendedor, agitador, reformador, político o predicador. En toda esa propaganda se mezclan propósitos nobles y civiles, pero estos últimos se ocultan. Los halagos se emplean con toda sutileza. La píldora amarga se envuelve en azúcar para el momento que queda sobre la lengua, la amargura se siente después de tragada. Lo que parece una presentación razonada y desinteresada es a veces egoísta, partidaristas, tendenciosa y envenenada por el odio de clase o de raza o de credo. Al haber dado la propaganda se distingue por la presentación de sólo aquella parte de la verdad que sirve el propósito del momento. Muchas veces la verdad callada destruiría el argumento y la impresión que se pretende dejar. ¿Cómo discernir entre la verdad, la mentira y la media verdad que falsea? ¿Cómo conseguir que un gran número de los que están expuestos a la propaganda sepan discernir?

Muchísimas personas de buena fe y sanos propósitos son conducidos por estos medios a dar su voto, a gastar o regalar su dinero, a plegarse a algún movimiento, a variar sus lealtades y su conducta, sin darse el tiempo para reflexionar y sin darse cuenta del verdadero resultado de su acción. El prejuicio así sembrado en su mente y el dicho tendencioso que lo populariza, bastan entonces para decidir el curso de la vida de muchas de estas personas. Los odios provocados por la guerra, los conflictos entre el trabajo y el capital, el nacionalismo exagerado y el afán de lucro han acumulado leña para una hoguera arrasadora. Hasta que las gentes lleguen a discernir entre la verdad y la mentira, entre el bien y el mal, que adquieran una nueva conciencia del deber y un nuevo amor a la justicia que temple el egoísmo reinante, la humanidad consciente vivirá en sobresalto perenne. En vano se habrá proclamado la libertad del temor.

La Biblia dio al mundo de habla inglesa la conciencia que provocó las muchas y benéficas reformas del siglo XIX. Esa conciencia en las masas salvó a la Gran Bretaña de los horrores de la Revolución Francesa, dio libertad a los esclavos, reformó las cárceles, impuso la educación popular y la protección de la mujer y el niño, mejoró las condiciones del trabajo en las fábricas y las minas, y extendió la filantropía práctica a través del mundo. La necesidad de hoy es que esa conciencia se avive y se extienda. Fue formada por la lectura de la Biblia y perdura donde se sigue esta lectura. El discernimiento entre el bien y el mal, con la capacidad para escoger el bien, se adquiere mediante la lectura de las Sagradas Escrituras. Quien lea del buen samaritano aprende que el odio de raza y el nacionalismo exagerado es malo. El afán del lucro se detiene al leer del rico egoísta a quien Dios le dijo «necio, esta noche vienen a pedir tu alma». La pregunta incontestable de Jesús se dirige tanto al que tiene como al que no tiene pero se afana por tener. ¿Qué aprovechará al hombre si granjeare todo el mundo y pierde su alma? Ese concepto del deber que tantos beneficios produjo se fundaba en los 10 mandamientos que se hallan en el capítulo 20 del libro de Éxodo. Su enseñanza es explicada, ilustrada y reiterada a través de toda la Biblia. ¡Vaya que la Biblia es el libro para el día de hoy!

Una de las necesidades más sentidas en toda época es la de hombres y mujeres de carácter y valor. Hoy en día, cuando las grandes organizaciones abruman al individuo, haciéndoles sentirse pequeño, solitario y débil para sostener su personalidad, esta necesidad se siente con más frecuencia. No hay ningún otro factor que por sí solo pueda contribuir tanto como la Biblia para producir tales hombres y mujeres. En la compañía de un Moisés, campeón de su pueblo esclavo e inerme, contra todo el poder de Egipto, el más solitario cobra valor. Pero en la Biblia haya muchos testigos de que Dios está de parte del hombre que defiende el derecho del individuo. Cobra inspiración de Elías enfrentándose al déspota cruel y a su mujer cínica, de Isaías confiado frente a Asiria, de Jeremías ante la amenaza de Babilonia, de Daniel y Ester víctimas del odio y los celos en tierra del exilio, de Pedro ante la intolerancia fanática racial y religiosa, y de Pablo conquistando el imperio romano para su Señor crucificado. El lector de la Biblia aprende a no amilanarse ante los dictadores, las turbas o las organizaciones poderosas. Encara el riesgo, acepta el sacrificio, desdeñando el recurso de acomodo indigno. Tales hombres siempre hacen falta en una generación que prefiere la cantidad a la calidad y lo barato a lo bueno, es más grave la escasez de hombres y mujeres que temen a Dios y cumplen su deber cueste lo que cueste. La escuela donde se les forma es el hogar de la madre piadosa donde se lee y se cree la Santa Biblia.

La Voz Bautista, 1953

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