Priscila

La Biblia nos cuenta muy poco acerca de las esposas de los grandes profetas, apóstoles y ministros del evangelio. Tenemos algunos pocos datos de las esposas de Ezequiel, Hosea, y en el Nuevo Testamento de la esposa de Pedro. Pero la sagrada historia pinta bastante claro el carácter de Priscila, esposa de Aquila, uno de los misioneros más fieles de la iglesia primitiva. Encontramos seis referencias a ella, y aunque todas son muy cortas, bastan para presentarla como la esposa ideal de un ministro del evangelio. Resalta una cualidad en su carácter, que es la lealtad. Era leal a su esposo, a su iglesia y a la verdad.

Por su nombre juzgamos que Priscila era romana, de una familia noble y antigua. En Roma se había casado con Aquila, judío rico del extranjero. El emperador Claudio había mandado que todos los judíos saliesen de Roma y por esta razón Aquila y Priscila se encontraron en Corinto. En sus negocios llegaron a conocer a Pablo quien les habló del evangelio y luego se convirtieron. Durante los años siguientes Aquila, por el gran interés que tenía en esparcir el evangelio, se cambió de una ciudad a otra; le encontramos en Corinto, en Efeso, otra vez en Roma y otra vez en Efeso. Pero en todos estos viajes Priscila le acompañaba ayudándole fielmente en sus negocios y en la obra de su iglesia. El hecho de estar siempre mencionada con su marido y generalmente nombrada antes de él nos deja entender que ella era la más capaz de los dos.

Se preguntó una vez la esposa de cierto predicador, ¿en qué pueblo le gustaría a usted de vivir entre todos los que usted ha vivido? Ella contestó: me gusta vivir donde mi marido puede estar feliz. Esto era el espíritu de Priscila.

Priscila era siempre fiel también a su iglesia. Cuando Pablo quiso dejar Corinto para llevar el evangelio a Efeso, Priscila y Aquila le acompañaban. Durante varios años vieron nacer y crecer maravillosamente la iglesia de Efeso hasta que podían decir que toda aquella populosa provincia fue bien evangelizada. Como la casa de Priscila era más grande que la de los demás convertidos, la iglesia empezó a reunirse allí. Seguían esta costumbre por muchos años y donde quiere que los encontramos la iglesia se reunía en su casa.

En Romanos, Pablo mandando saludos a Priscila y Aquila, dice que ellos «expusieron su vida por mí; a los cuales no sólo yo doy gracias, sino también todas las iglesias de los gentiles» (Rom. 16:4). Probablemente éste tiene referencia al alboroto de Efeso, cuando Pablo corrió el grave peligro de perder su vida.

Después de este alboroto Pablo tenía que salir de Efeso, pero Priscila y Aquila quedaron para seguir la gran obra empezada. Luego después llegó un joven, Apolos, predicador muy elocuente e instruido. Predicaba el arrepentimiento, el mensaje de Juan el Bautista, porque después de oír y ser bautizado por Juan, no había alcanzado a conocer a Jesús. Priscila escuchando el bello de mensaje reconoció que le faltaba al joven las buenas nuevas de salvación y el poder del Espíritu Santo. Pero, ¿cómo decírselo, a un joven tan instruido, tan elocuente? Con mucho tino y gran amor le convidó a su casa y habiendo comido Priscila y Aquila le declararon más particularmente el camino de Dios. Así un desconocido predicador del pecado llegó a ser un famoso apóstol de salvación. Luego después Apolos fue a Corinto donde hacía una obra tan grande que algunos de los corintios le estimaban más aún que a Pablo. Si Priscila hubiera hablado de las faltas de Apolos a los otros miembros de la iglesia y ellos lo hubieran condenado públicamente, seguramente habría perdido el mundo uno de los más grandes predicadores. Seamos como Priscila, fiel a la verdad, siempre usando tino y amor para corregir a nuestros hermanos que están en el error.

El Bautista, adaptado de Modern Types of Bible Women

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