Juan Paton, misionero a los caníbales

En el pueblo de Braehead, al Sur de Escocia, nació este siervo del Señor, el 24 de Marzo de 1824. Sus padres pertenecían a la clase más humilde del pueblo. A pesar de esta circunstancia, se esmeraron en impartirle la instrucción primaria, la que concluyó a la edad de 12 años. Desde luego se le puso a trabajar, desde las 6 de la mañana hasta las 10 de la noche, con sólo algunas horas de tregua para las comidas.

No obstante la fatiga, aprovechaba los ratos desocupados para estudiar latín y griego, pues habiéndose convertido en su niñez y dado por completo su corazón a Dios, había resuelto ser misionero del Evangelio.

Lo que más le impresionó fue la piedad ingenua de sus padres, que cotidianamente pasaban instantes preciosos en oración de familia.

En cierta ocasión de carestía, casi de hambre en el poblado, el barril de harina de su casa quedó vacío, y la familia se vio expuesta a la más dura necesidad. Su piadosa madre oró a Dios implorando el pan. Al día siguiente recibió un regalo de su padre, consistente en patatas, harina y quesos frescos. El niño Juan se impresionó vivamente con la pronta respuesta de la oración.

Mejoradas un tanto las condiciones de subsistencia, entró en la Academia de Dumfries, ocupándose a la vez en un modesto trabajo. Su amo le ofreció pensionarlo en el colegio con tal que firmara un contrato por 7 años; pero no aceptó por su deseo de ser misionero cuanto antes. Entonces fue despedido.

Siendo tiempo de cosechas se trasladó al campo a trabajar, y después pasó a Glasgow con el empleo de visitador y repartidor de tratados de la Escuela Dominical, disfrutando de un sueldo de 50 libras al año y con el privilegio de estudiar un año en el «Seminario Normal de la Iglesia Libre.»

Era tal su pobreza que todo su equipaje, incluyendo su Biblia, cabía en un pañuelo. Al despedirse, su padre no teniendo nada que obsequiarle, le dio, sin embargo, lo mejor que tenía: su bendición «¡Qué Dios te bendiga, hijo mío. El Dios de tu padre te haga prosperar en todo y te guarde del mal,» y el buen hombre siguió orando en secreto.

Al cabo de un año, el joven Juan se sintió tan enfermo, a causa del estudio, que se vio obligado a salir de Glasgow. Más tarde, aprovechándose de un aviso que decía: «Se necesita un maestro para la «Free Church School,» de Maryhill, se encaminó a ese lugar y obtuvo la plaza. Su éxito fue por demás lisonjero.

Volvió a Glasgow con el nombramiento de predicador del circuito de «Glasgow City Mission,» donde se hizo estimar por su gran actividad evangelista.

Además del trabajo pastoral y de predicación organizó una magnifica Escuela Dominical, cuya asistencia no bajaba de 500 a 600 personas. También celebraba reuniones al aire libre y combatía resueltamente el vicio de la embriaguez.

A causa de sus principios de pureza y santidad era molestado con frecuencia por los fanáticos. Un día que transitaba por la calle, de un grupo de irlandeses le fue arrojada una piedra que le hirió cerca del ojo, otra
ocasión le bañaron con agua caliente, pero él lo sufría todo con resignación ejemplar.

Durante su pastorado estuvo estudiando algún tiempo en la Universidad de Glasgow y poco después en el «Reformed Presbyterian Divinity Hall.» Al cabo de cuatro años de trabajo fue ordenado Presbítero de la Iglesia.

Por aquel tiempo, la Iglesia Reformada de Escocia pidió un nuevo misionero para que ayudara al Rev. Juan Inglis en la obra misionera de las Nuevas Hébridas. Por dos años ninguna persona había respondido al llamamiento. Se hizo la experiencia de escoger tres candidatos y hacer una especie de elección por escrutinio; pero ni aun así se logró el objeto.

Entonces fue —refiere el mismo Juan Paton— cuando oyó una voz interior que le dijo: «levántate y di: aquí estoy yo, enviadme.» Pero no expresó luego este llamamiento, sino esperó algunos días para reflexionar detenidamente.

Se decidió, por fin, y fue a hablarle al Dr. Bates, miembro de la Comisión de Misioneros para los paganos. El anciano doctor lloró de gozo al enterarse de la noble resolución del joven predicador.

Algunos amigos y miembros de la iglesia trataron de disuadirlo a que no fuera a dar su vida a los caníbales, sino que continuara al frente de su magnífica congregación, al efecto, se le ofreció mejor sueldo. Él, a pesar de todo, se mantuvo firme en su propósito.

Un venerable y antiguo cristiano, el señor Dickson, le dijo con marcado énfasis: «¡Los caníbales, sí señor, usted será comido por los caníbales!»

—»Señor Dickson, contestó, usted ya está viejo y su única perspectiva es descender muy pronto a la tumba, donde será comido por los gusanos; yo confieso a usted que si puedo vivir y morir sirviendo al Señor Jesús, no hallo diferencia entre ser comido por los caníbales o por los gusanos, y en el gran día mi resurrección corporal será tan completa como la vuestra, a la semejanza de nuestro Redentor crucificado.»

—»Tiene usted razón, replicó el anciano, no tengo más que decir.»

El 16 de abril de 1858, se embarcó en Greenock, después de una cordial despedida, y el 30 de agosto arribó a Aneityum, es decir, después de un viaje de 4 meses y 14 días.

La bienvenida que se le dio, por parte de los misioneros encargados de la obra, fue muy cordial, y apenas hubo descansado algunos días, cuando se le señaló el Puerto de Resolución, de la isla de Tanna, para campo de sus operaciones.

En sus primeros tratos con los salvajes se desengañó que éstos eran excesivamente hostiles y si consentían las relaciones de los misioneros, era tan sólo por las hachas, cuchillos, cobijas y vestidos que de ellos obtenían.

Las costumbres de los habitantes eran bárbaras en extremo y había necesidad de comenzar por inculcarles los rudimentos de la honestidad y la decencia. Del Evangelio no entendían nada y cuando se les hablaba del Dios invisible y del Salvador Jesús, ellos respondían que tenían dioses mejores.

Andaban completamente desnudos, con plumas en la cabeza y los carrillos pintados de rojo, negro y blanco. Unos se pintaban un carrillo de rojo y el otro de negro; otros llevaban las cejas blancas y la barba azul. Mientras más grotesco era lo abigarrado de la pintura, más gracioso e interesante les parecía el rostro.

Cuando el señor Paton y el Dr. Inglis construían una pequeña casa-habitación, fueron testigos de la primera guerra entre dos tribus, de la cual resultaron seis muertos. Los vencedores cargaron con ellos, para el tradicional banquete de los caníbales, que se celebraba entre danzas grotescas y aullidos de júbilo.

La historia de las Misiones refiere que los misioneros Williams y Harris, al desembarcar en Erromanga, recibieron la muerte de manos de los nativos, y sus cuerpos fueron destinados al banquete que se celebró con inusitada algazara.

Juan Paton pagó el sitio destinado a la casa de la Misión, pero a los pocos días se le obligó a pagar de nuevo, pretextando cualquier cosa, y por fin, el jefe de la tribu le exigió el pago por tercera vez. Esta clase de enredos y trampas es algo así como una virtud de ingenio y sabiduría.

No habiendo llovido por varios meses, un grupo de salvajes se acercó al misionero para pedirle que orara a su Dios, demandando la lluvia, advirtiéndole que si no llovía le darían la muerte. Por fortuna, al siguiente Domingo llovió en abundancia. Con la lluvia vino la fiebre y comenzaron de nuevo las amenazas. El jefe de la tribu enfermó de gravedad, y entonces, para calmar a las divinidades airadas, se sacrificaron a tres mujeres.

Después de un año de paciente trabajo, el misionero había conquistado diez familias; pero como el vecindario le consideraba la principal causa de las enfermedades, pronto le abandonaron casi todos.

Siendo costumbre maltratar brutalmente a las esposas y dar muerte a las viudas, comenzó a trabajar contra tales prácticas, pero con tan mala fortuna, que en poco estuvo que no lo mataran. Sólo cuando el jefe intervino, los ánimos se apaciguaron, aunque la venganza se llevó a cabo robándole muchos objetos. El mismo señor Paton sorprendió a los salvajes en el momento en que se apoderaban de la ropa del tendedero.

Por esos días ancló en la bahía el vapor inglés Cordelia, y los nativos, asustados por la presencia del monstruo marino, ofrecieron al misionero devolverle todo lo robado con tal que no los acusara. Conseguida la promesa, entregaron todo.

En unos cuantos meses estuvo postrado 14 veces, de fiebre palúdica, y por lo mismo, imposibilitado a seguir sus trabajos con el ardor de antes.

Apenas estaba convaleciendo, cuando un grupo de gente armada rodeó su casa y pretendió matarlo. El oró a Dios con devoción y luego salió a hablar con la multitud, persuadiéndola a prescindir de su vil intento.

Pero como se le seguía considerando la causa de todos los males y enfermedades, se le intimó a que saliera de la isla. Tras larga plática lo dejaron en paz por el momento, aunque no sin abandonar su propósito, pues un hombre armado lo anduvo amenazando por cuatro horas.

Ya terminado el templo se hizo la dedicación, habiendo una asistencia de cinco hombres, tres mujeres y tres niños. A uno de estos asistentes se le dio muerte pocos días más tarde, en el mismo templo, considerándolo como un renegado que no merecía vivir entre ellos.

Una de las preocupaciones del señor Paton era aprender el idioma nativo y escribirlo con caracteres europeos, para imprimir la Palabra de Dios, lo que logró después de muchos esfuerzos. Cuando tuvo impreso el primer ejemplar, dobló sus rodillas y dio gracias a Dios.

Una ocasión se le presentaron intempestivamente algunos desalmados que prepararon sus mosquetes y le apuntaron a la cabeza; él cerró los ojos y oró largamente con mucho fervor; cuando hubo terminado, unos se habían ido y otros le escuchaban casi enternecidos. Otra vez lo quisieron aniquilar por arte de hechicería, pero habiendo fallado el peregrino intento, confesaron que el Dios de aquel extranjero era más poderoso que sus maleficios.

En septiembre de 1860 fueron a hacerle compañía el Rev. Johnston y su esposa, procedentes de Nueva Escocia. No habían pasado más que unos cuantos días cuando se levantó un motín que les hizo temer por sus vidas, pero fueron librados por la bravura de dos perros. Al siguiente año falleció de tétano el señor Johnston, y lo mismo sucedió con los demás compañeros, por lo que el señor Paton se sintió profundamente afligido.

Por aquellos días murió el hijo de un jefe, y como de costumbre, se trató de dar muerte al misionero, por creerle la única causa del suceso. No pudiendo realizar su intento, se encarnizaron con las aves y cabras, no dejando un solo animal, y hasta se desquitaron con las plantas del jardín. Era tal la aversión que las gentes le tenían, que una vez, llamado a ver un enfermo, éste se incorporó bruscamente y lo atacó con furia procurando matarlo.

En el año 62, en que le destruyeron todos sus muebles y le robaron toda su ropa, durante una salida, pensó irse a vivir a la casa del Rev. Mathieson, situada en Aneityum, a donde llegó desfallecido de hambre y cansancio después de una caminata excesivamente peligrosa.

Pocos días más tarde salió para Australia, y de allí a Inglaterra, con el fin de conseguir fondos e interesar más a los cristianos por la evangelización de las islas del Pacífico, habitadas en su mayoría, por salvajes caníbales.

Conseguido su objeto de modo bastante satisfactorio, regresó otra vez y se estableció en la isla de Aniwa, donde predicó con mejor éxito.

Sus trabajos en el Puerto de Resolución le parecieron inútiles y perdidos para siempre; pero no fue así, los habitantes del lugar, reconociendo, aunque algo tarde, los beneficios recibidos, elevaron una petición al Gobernador de Sydney, para que regresaran los misioneros.

La petición fue atendida, se enviaron nuevos predicadores, y hoy día hay en aquel lugar una congregación floreciente que paga todos sus gastos.

¡Qué hermoso ejemplo de fe, de constancia y de energía!

Trabajar año tras año, odiado, perseguido, rodeado de peligros y amenazado de muerte, sufriendo hambres y enfermedades, conquistando uno que otro adepto que en seguida es asesinado, estando en vías de atraer a otros que desertan luego por el temor, y sin embargo, permanecer en su puesto sin un reproche y sin una vacilación, es propio sólo de los siervos de Dios, de los genios de la voluntad y el carácter, ora se llamen Elías, Moisés o Pablo, ora Lutero, Wesley o Paton.

Dios no puede dejar sin fruto los esfuerzos de sus hijos fieles, de sus ministros, de sus apóstoles; donde quiera que se siembre, con fe y abnegación, un grano de la buena simiente, allí se levantará el árbol frondoso que dé sombra al caminante y abrigo a las aves.

¡Gracias a Dios que nos ha dado una religión, toda verdad y amor, que nos hace fuertes y grandes, y una fe capaz de remover montañas!

¡Gracias a Dios que nos impulsa con su Palabra y con su poder irresistible a llevar el Evangelio redentor a todas las naciones de la tierra!

Un capítulo del libro «La obra misionera» por Victoriano D. Báez, 1911

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