Juventud cristiana: a la ofensiva

Un mensaje radial de Domingo Fernández Suárez

El mensaje que vamos a exponer a ustedes a continuación lleva el siguiente título: Juventud Cristiana: A la Ofensiva.

Una madre venezolana, preocupada por el estado espiritual de sus hijos, nos escribe, diciendo: «A mí me parece que usted debiera predicar mensajes dirigidos a los jóvenes. Ellos también necesitan mensajes de Cristo. ¿No le parece a usted así? En muchos hogares cristianos se siente esta necesidad».

Un joven, también de la patria de Bolívar, nos dice: «Tengo 20 años. Acepté a Cristo como mi Salvador cuando tenía lO años. Pero hasta aquí fui un cristino que no me he preocupado mucho por las cosas de Dios. No he tomado bebidas alcohólicas, ni he fumado, ni he ido a bailes. Pero confieso que en algunas ocasiones he hecho cositas malas que sé que no agradan a Dios. Mi mayor problema es la concupiscencia de la carne. Yo quiero dejar las sendas torcidas. ¿Quisiera usted aconsejarme?»

Desde la República Dominicana nos escribe un joven, que dice «Tengo 19 años. Tuve el privilegio de aceptar a Cristo en mi temprana edad. Yo, por la gracia de Dios, espero alcanzar la corona de la vida. Pero siento la necesidad de escuchar un mensaje que reanime mi fe».

Y desde Caracas, Venezuela, escribe un joven de 22 años, diciendo: «yo deseo vivir una vida moral como Dios manda. Pero le confieso que he sucumbido a las tentaciones. Mi peor problema es la sensualidad. Al paso que vamos es posible que haya mujeres que acaben por salir a la calle desnudas. ¿Cómo dominar, en tal ambiente, el sentido de la vista? Yo le ruego en el nombre del Señor que me ayude, que me oriente. ¿Qué debo hacer?»

Y desde una isla del Caribe nos escribe un joven, que expresa lo siguiente: «Me convertí hace dos años, y he permanecido fiel al Señor. Pero necesito que usted me conteste esta carta y que me diga algo que sirva de aliento y estímulo a mi vida cristiana, pues, como joven que soy, debe usted imaginarse por cuántas pruebas y dificultades estaré pasando».

Joven, que me escuchas, me doy cuenta del problema o problemas con que te enfrentas en tu vida cristiana, y de las luchas que tienes que librar a diario para mantenerte limpio del negro fango del pecado que te rodea. En esa lucha tienes toda mi simpatía y comprensión. Yo también fui joven, y sé, por experiencia propia, lo que son las luchas contra el mundo, el demonio y la carne.

Cuando pienso en los problemas con que tienes que enfrentarte, si es que quieres mantener limpia tu alma y tu conciencia, vienen a mi mente algunas estrofas de la poesía de Núñez de Arce, titulada: «Tristezas». Dicen así:

«Hijo del siglo, en vano me resisto
a su impiedad, ¡Oh Cristo!
Su grandeza satánica me oprime.
Siglo de maravillas y de asombro
Levanta sobre escombros
un dios sin esperanza, un dios que gime.

«Ah, no recuerda el ánimo suspenso
un siglo más inmenso
más rebelde a tu voz, más atrevido;
entre nubes de fuego alza su frente
como Luzbel potente,
pero también como Luzbel caído.

«A medida que marcha y que investiga
es mayor su fatiga,
es su noche más honda y más oscura,
y pasma al ver cómo padece y sabe
cómo en su seno cabe
tanta grandeza y tanta desventura.

«Sálvanos, Cristo, sálvanos si es cierto
que tu poder no ha muerto.
Salva a esta sociedad desventurada
que bajo el peso del orgullo mismo
rueda al profundo abismo
acaso más enferma que culpada».

Dice un viejo apotegma que «cualquier tiempo pasado fue mejor». Todos los tiempos han tenido sus problemas. Pero, en el orden moral, los problemas del presente son más hondos y más graves que en cualquier tiempo pasado. La ciencia se remonta a alturas que asombran. Pero, en la misma proporción, la moral desciende a profundidades alarmantes, si es que algo nos puede alarmar ya en estos tiempos cuando parece que se ha perdido el temor de Dios, que se han roto los diques del pudor, que se ha perdido el sentido de la decencia, el honor y las buenas
costumbres.

Eso que en el lenguaje religioso se llama «la carne» impera hoy por todas partes brindando a la concupiscencia de los ojos un atractivo cebo del que se está sirviendo Satanás para arrastrar a la juventud de ambos sexos al cieno del pecado, y a los caminos que conducen a la perdición eterna.

Por supuesto, sabemos que hay mucha diferencia entre las grandes ciudades y las pequeñas poblaciones. Y la hay igualmente entre una y otra nación. Pero el sentido de la maldad impera en todas partes. El desenfreno de las pasiones carnales se manifiesta en todos los países.

En la actualidad, los jóvenes que quieren mantener una conducta digna de una mujer cristiana, tienen que soportar el asedio constante de una plaga de mozalbetes mal educados, e irrespetuosos, que les importunan con frases indecentes y proposiciones obscenas.

De igual modo, los jóvenes que quieren vivir de acuerdo con la ley de Dios, se encuentran a cada paso con mujeres al servicio de Satanás. Mujeres que han perdido el sentido del pudor y de la decencia. El asunto de la desnudez en la mujer está asumiendo caracteres de escándalo social.

Joven cristiano, que me escuchas; te ha tocado vivir en un tiempo difícil. El pecado y la maldad te rodean por todas partes. Si enciendes tu receptor de radio, puede que escuches frases de doble sentido en las que la incitación al pecado será manifiesto. Si te sientas ante un televisor verás escenas o cuadros que no tienen por finalidad edificar el espíritu sino incitar a la carne. Si compras una revista, puede que aparezca en sus páginas una mujer desnuda. Si se te ocurre ir al cine, tendrás que presenciar las más escandalosas escenas de libertinaje e inmoralidad. Si vas a un centro de enseñanza superior, puede que te encuentres con maestros que harán lo posible por minar los cimientos de tu fe, diciéndote que no hay Dios, que el antepasado del hombre fue un renacuajo, que la Biblia es un libro lleno de errores y contradicciones, que la cultura y la religión son incompatibles, y que, por lo tanto, la religión debe dejarse para consumo de las viejas, los niños, y los ignorantes. Este es el cuadro con que te tienes que enfrentar cada día de tu vida.

¿Quiere decir, lo que acabamos de exponer, que el joven cristiano tiene irremisiblemente que sucumbir al poder tentador del depravado ambiente que le rodea? De ninguna manera. Sería así si no hubiera un Dios Todopoderoso que nos tiende su mano amparadora. Amigo mío, Dios tiene perfecto conocimiento de los peligros que te acechan, del poder de las tentaciones que te asaltan, del corrompido ambiente en que tienes que vivir. Él sabe hasta dónde llega tu poder de resistencia al pecado, y en qué momento se hace necesaria una dosis especial de su divina gracia. En I de Corintios 10:13, dice que Dios «no os dejará ser tentados más de lo que podáis resistir, sino que dará juntamente con la tentación la salida, para que podáis soportar». Dicho en otras palabras: Cuando la tentación te asalte, si acudes al Señor, él abrirá delante de ti una vía de escape para que no caigas en las redes del pecado.

En la lucha que el joven cristiano tiene que librar contra el medio corrompido en que vive, es preciso tener muy en cuenta los dos factores siguientes: Primero: el poder de Dios para mantener a sus hijos libres de las cadenas del pecado. Segundo: el firme propósito del joven cristiano de mantenerse limpio de alma y cuerpo.

La experiencia de Daniel en Babilonia debe resultarte, joven, de mucha inspiración y aliento. Daniel fue llevado cautivo a Babilonia siendo un jovencito de corta edad. El ambiente y las costumbres de Babilonia eran del todo adversas a aquel jovencito que había sido enseñado en la ley de Dios. ¿Qué hacer ante tal conflicto? La Sagrada Escritura nos dice que «Daniel propuso en su corazón no contaminarse», y no se contaminó. Dios vio el firme propósito de aquel joven creyente, y obró de tal manera en su favor, que Daniel pudo mantenerse fiel a la ley de su Dios, que es nuestro Dios. Cuando el propósito del joven cristiano y el poder de Dios se dan la mano, habrá victoria en el campo de la fe y de la moral. Lo que tienes que hacer, joven cristiano, es formularte el firme propósito de no contaminarte, de no ceder a la tentación, de mantenerte limpio. Si lo haces así Dios te sostendrá.

Hay jóvenes que son, lo que podríamos llamar, cristianos pasivos. Son miembros de una iglesia, y asisten a los cultos de vez en cuando. Su cristianismo no va más allá de esto. Satanás siempre busca algo que hacer para los jóvenes que no están haciendo nada en la viña del Señor. Los vagos, los fríos, los indiferentes están siempre en más peligro que los que se mantienen activos en las labores de una iglesia que cumple la misión que el Señor le ha encomendado: predicar el Evangelio a los inconversos, y edificar la fe de los convertidos.

¡Joven cristiano que me escuchas! presta atención a lo que dice el apóstol Pablo en Romanos 12:1 y 2. «Os ruego por las misericordias de Dios que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios que es vuestro culto racional. No os conforméis a este siglo sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta».

Dime, joven cristiano; frente a la ola de vicio, inmoralidad, e indecencia que avanza por todas partes, ¿cuál es tu actitud? ¿Te mantienes a la ofensiva o a la defensiva? Este aspecto es muy importante. Por regla general, ningún ejército gana batallas sentándose a contemplar el panorama que le circunda; contentándose con resistir al adversario. No; los ejércitos ganan batallas cuando tienen un plan de batalla, cuando echan mano de sus mejores armas, cuando se adiestran para el combate, cuando se lanzan a la ofensiva.

¡Joven cristiano, que me escuchas frente a una sociedad que ha perdido el temor de Dios, que ha roto los diques de la moral y el pudor, que se ha lanzado–sin Dios y sin ley–a los caminos del libertinaje y la anarquía, es menester que te lances a la ofensiva.

Sí, a la ofensiva contra el vicio y la inmoralidad; contra la indecencia y la mala educación; contra el libertinaje y la anarquía; contra la mundanalidad y el sensualismo.

Sí, joven, a la ofensiva por la verdad y la justicia; por la educación y las buenas costumbres; por la moral y la decencia; por la libertad del pecado y la pureza de vida; por la espiritualidad y la fe; por la salvación y la vida.

Y si tu iglesia no tiene un plan de ataque, inícialo tú mismo, no esperes por otros. Adiéstrate en el manejo de la espada de dos filos, lánzate a la batalla confiando en el Todopoderoso, conviértete en capitán de la buena causa. Y no temas, que aun en lo más rudo de la batalla el Señor siempre estará a tu lado, si luchas con las armas del Señor y de acuerdo con las reglas de combate del Señor.

Sí, joven, a la ofensiva por Cristo; y con Cristo a la victoria sobre el mundo, el demonio y la carne. ¡Adelante en el nombre de Dios!

Pensamiento Cristiano, 1966

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