La honorabilidad del evangelio de Cristo

Texto: “No me avergüenzo del Evangelio de Cristo, porque es poder de Dios, para salvación a todo aquel que cree: al judío primeramente y también al griego”. Rom. 1:16

Introducción

En el tiempo de Pablo, como en el nuestro, había muchas personas que por ignorancia, debilidad de carácter o mala fe miraban con recelo, odio o profundo menosprecio el Evangelio de Cristo.

Los fariseos lo consideraban como una doctrina de publicanos y pecadores; los escribas, como un credo propio de analfabetos; los filósofos griegos, como una religión digna de burla, al oír a Pablo que les hablaba de la resurrección de los muertos.

Y los poderosos romanos ¿qué concepto formaron de él? No muy bueno, por cierto. Para Plinio el joven no significaba otra cosa que «una superstición contagiosa» y una «obstinación inflexible» digna de ser castigada con la muerte; para los emperadores y los demás gobernantes romanos, una secta fanática que con su desobediencia al culto oficial minaba los cimientos del estado, destruía el principio de la autoridad gubernamental y traía, como consecuencia lógica, calamidades sin fin a Roma, tales como las avenidas del Tíber, las pestilencias, el hambre, las sequías, las derrotas de sus aguerridos ejércitos y toda clase de desastres nacionales.

Algunos se avergonzaban de confesarle públicamente, por pertenecer la mayoría de sus seguidores a las clases más humildes y menos ilustradas de la sociedad, por «no ser muchos sabios según la carne, no muchos nobles,» otros por su procedencia extranjera, es decir, porque la mayor parte de sus propagadores habían venido de extranjeras tierras, de regiones apartadas y casi desconocidas.

A pesar de existir tantos y tan diversos prejuicios contra el Evangelio de Cristo; a pesar de que los inconversos se ensañaban furiosamente contra él; a pesar de que aun aquellos que aparentaban creer en sus principios de redención individual y social se denigraban con ostentar el título de cristiano ante el mundo hostil o extraño al cristianismo, Pablo, el actual apóstol de los gentiles, el antiguo y terrible perseguidor de la iglesia evangélica, hace la luminosa declaración siguiente: “No me avergüenzo del Evangelio de Cristo, porque es poder de Dios, para salvación a todo aquel que cree: al judío primeramente y también al griego.”

Para él, que lo conoció por revelación y por experiencia, que lo persiguió por ignorancia, que lo propagó con fervor, el Evangelio es lo más grande y honroso que puede existir sobre la tierra de los hombres. Y esta inmensa e inefable honorabilidad se deriva de dos elementos de capital importancia: su esencia y su propósito.

I. Su Esencia

¿Qué es el Evangelio? Diversas y curiosísimas han sido las respuestas que se han dado a esta importante pregunta. Veamos algunas.

Para Plinio el Joven, «una superstición contagiosa» o «una obstinación inflexible.»
Para el judío, tropezadero.
Para el griego, insensatez.
Para la iglesia romana, una odiosa herejía o un instrumento de Satanás.
Para Pablo, “poder de Dios.”

Seguramente nunca se ha dado ni jamás se dará una definición más sencilla, más profunda y más exacta que ésa.

Si hubiese dicho simplemente poder, se hubiera confundido el Evangelio con cualquiera de las fuerzas de la naturaleza, tales como el calor, la luz, la electricidad, el magnetismo, la atracción, etc., o con cualquiera de las facultades o pasiones del hombre, como el odio, la ambición, la imaginación, el juicio, el raciocinio, el sentimiento artístico, el talento filosófico o literario, etc.; pero al decir “poder de Dios” lo distinguió perfectamente de todas las religiones falsas que adoraban las fuerzas de la naturaleza o las pasiones de los hombres, así como también de todas las filosofías habidas y por haber. De este modo, él afirmó categóricamente que el Evangelio no tenía su origen en la manifestación de la fuerza física, ni en la actividad de las pasiones del corazón, ni en las especulaciones de la inteligencia humana. No era poder de los hombres ni de la naturaleza, sino poder de Dios, que es el poder de todos los poderes.

Cuando Pablo aseguró a los gentiles cristianos de Roma que el Evangelio de Cristo es poder de Dios, expuso una verdad muy profunda que no era la expresión de un dogma ni de una opinión personal, sino el producto de la experiencia del escritor y de todos aquellos que han aceptado el Evangelio del Reino. No se trataba, pues, de una teoría, sino de un hecho viviente, al cual daba irrefutable testimonio la transformación religiosa efectuada en la vida de Pablo y en la de los cristianos de la ciudad del Tíber (Roma).

El cambio moral y espiritual operado en los cristianos de Roma es una de las pruebas más elocuentes de la afirmación de Pablo. Para apreciarla mejor, estudiemos a la ligera los pecados más comunes de la nación de que eran ciudadanos, y después algunas de las cualidades que les distinguieron como miembros del Reino de Dios. He aquí unos pocos de los numerosos males sociales que manchaban la civilización romana.

1. La esclavitud. La condición del esclavo era lo más degradante que concebirse puede. Su vida y su familia estaban sujetas al capricho del amo. No considerándosele como ser humano; se le tenía por una cosa, de la cual podían disponer o desprenderse como mejor pareciese a los dueños, ya por venta, ya por la pena de muerte o por el abandono. Samuel Smiles nos dice en «El Deber»: «Los esclavos enfermos o inválidos eran llevados a la isla Esculápices, en el Tíber, donde se les hacía morir de enfermedad o de hambre.»

2. La embriaguez. Esta insensatez fatal se estimaba como acto religioso, emborrachándose muchas veces en honor de Baco, el dios de los bebedores.

3. El latrocinio. Este crimen penado por nuestros códigos no se consideraba un acto menos religioso que la embriaguez; pues los romanos, como los griegos, eran muy dados a adorar a Mercurio, el dios predilecto de los ladrones y los rateros.

4. La lujuria. No se tenía como una pasión profana y deshonrosa, sino que, por el contrario, infinidad de veces se utilizaba como una de las formas más atractivas para rendir tributo a una de las divinidades más populares del paganismo. No era cosa rara ver las vírgenes elegantemente ataviadas dirigirse muy ufanas a los corruptores templos de Venos, para ser deshonradas públicamente por los sacerdotes de ésta, creyendo que así debían adorar a la diosa del amor.

5. Sacrificios humanos. Así como los amonitas los ofrecían a Moloc, los romanos hacían lo mismo con Saturno. Y también por muchos siglos ofrecieron numerosas víctimas humanas en holocausto a la divinidad de los ríos, atando hombres, mujeres y niños que todos los años arrojaban al Tíber desde lo alto del puente Subliciano.

6. El infanticidio. Las madres, cuando no querían pasar trabajos criando y educando a sus inocentes pequeñuelos, los mataban al nacer o los arrojaban a las cunetas de las calles, sin que las autoridades impusieran el debido castigo a las infanticidas, ni la opinión pública condenara acto tan inhumano y execrable.

7. El divorcio. Esta lepra que corroe las entrañas de la sociedad, minando los cimientos del hogar, estaba muy en boga en aquellos tiempos. Se efectuaba por las causas más insignificantes. En la «Historia de las Creencias,» por Fernando Nicolay, dice: «Sulpicio Galo arrojó de su casa a su mujer, porque se había presentado en público con la cabeza descubierta; Sempronio Sofo se separó de la suya, porque había hablado al oído a una manumitida; y Antistio Veto hizo otro tanto, porque su esposa asistió a un espectáculo público sin avisarle … Catón cedió Marcia a Hortensio, y Cicerón, según refiere Plutarco, despidió a su esposa Terencia después de treinta años de vida común.»

Juvenal nos cuenta de una mujer que se casó ocho veces en cinco años; y San Jerónimo nos refiere que un hombre, que se había divorciado de veintitrés mujeres, se unió en matrimonio con una mujer que se había casado ya nada menos que con veintitrés hombres.

Y a estos pecados agréguese los juegos gladiatorios, la poligamia, la poliandria, la sodomía, el suicidio, el arte de envenenar, y entonces se tendrá una idea aproximada del cuadro sombrío y angustioso que presentaba la Roma imperial.

Contaminados con estos y otros vicios crecieron aquellos a quienes iba dirigida la epístola, pero luego que conocieron el Evangelio de Cristo fueron radicalmente transformados en sus sentimientos, ideas y aspiraciones. He aquí el testimonio de Pablo:

«Primeramente doy gracias a mi Dios por Jesucristo acerca de todos vosotros, de que se habla de vuestra fe por todo el mundo, Rom. 1:8. Empero aun yo mismo estoy persuadido de vosotros, hermanos míos, que vosotros también estáis llenos de bondad, hartos de todo conocimiento, de tal manera que podáis amonestaros los unos a los otros,» Rom. 15:14.

¡Qué contraste más vivo forman el cuadro donde se pintan los horrores de la inmoralidad del paganismo y el cuadro en que se presentan tan sencilla, justa y gozosamente las inapreciables bendiciones del Evangelio de Paz! Cambio tan profundo, tan radical y maravilloso no podía realizarse por la mera educación de la razón, de la voluntad o del sentimiento estético, sino por algo que en sí llevara el poder de Dios como la buena simiente lleva en sí misma el poder de la reproducción.

Una vez que Pablo da a entender la grandeza moral, la excelsitud que el Evangelio encierra por su esencia, pasa a probar lo infinitamente grande y excelso que es por la finalidad que busca, por el propósito que persigue.

II. Su Propósito

Si el valor de las cosas se aprecia por su esencia, no menos se aprecia por su utilidad.

La electricidad no se estima tanto por ser una fuerza poderosísima, como por el servicio que presta, ya poniendo en movimiento enormes máquinas, ya dando luz a nuestras casas, bien conduciéndonos de un punto a otro o bien poniéndonos en comunicación casi instantánea con el globo entero.

El saber del hombre no vale tanto por la extensión y diversidad de sus conocimientos, como por su aplicación a los usos de la vida, unas veces sacando de la planta la medicina que cura nuestras enfermedades, otras extrayendo de las entrañas de la tierra el carbón que pone en marcha el barco sobre las aguas del mar y las locomotoras por la ladera de las montañas.

De un modo análogo, podemos decir que el Evangelio no nos interesa tanto por su esencia divina como por su fin, que es «la salvación.»

Procede de Dios, y se dirige al hombre. Es la sublime cadena que enlaza la divinidad con la humanidad, el cielo con la tierra, el Creador con la criatura.

En todo tiempo y lugar tiene que cumplir con la misión del Hijo del Hombre, que dijo: «Yo vine a buscar y a salvar lo que se había perdido.»

Si hay necesidad de medicina, es porque existen enfermedades. «Los sanos no tienen necesidad de médicos, sino los enfermos,» dijo Jesús. Si hay necesidad de salvación, es porque indudablemente alguno estará perdido.

Cabe ahora preguntar: ¿Cuántos están perdidos? ¿Muchos? ¿Pocos? Pablo mismo nos contenta en Rom. 3:9-12, 19, 23. «Todos están debajo de pecado,» «todos se apartaron del camino de justicia; que todo el mundo se tenga por reo delante de Dios; todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios.» Por desgracia, todos (no se exceptúa a nadie) estamos perdidos, enfermos espiritualmente, apartados de Dios.

La corrupción total de la especie humana es una verdad amarguísima, pero no por eso deja de ser una verdad. Se manifiesta en los sentimientos que animan el corazón, en las sensaciones que reciben los sentidos corporales, en las ideas que bullen en la mente, en los anhelos de la voluntad, en las pasiones, en las palabras, en los actos.

La vida del hombre es una larga cadena de tentaciones y de caídas; y la historia de la sociedad es la historia del corazón humano, en cuyas páginas se ve la mancha asquerosa del pecado, se percibe el horror de los crímenes, se escucha el constante y tristísimo quejido de una humanidad desgraciada que no es lo que Dios quiso que ella fuera, y se respira por dondequiera las miasmas de los más repugnantes vicios.

Bien, se ha dado por Dios un remedio para curar la enfermedad: el Evangelio de Cristo; pero ¿se ha brindado a todos o a una parte de los enfermos? Ha venido la salvación, ¿pero Dios se la ofrece a unos y se la niega a otros? ¿Qué dice el texto? «Es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree.»

La universalidad de la enfermedad hizo necesaria la universalidad del remedio. Si es cierto que todos están perdidos, no es menos cierto que a todos se les ofrece la salvación. No se hice diferencia entre las razas: «al judío primeramente, y también al griego.» Sirve también para los hombres y mujeres de todas clases y condiciones; igual para el sabio que para el ignorante; lo mismo para el rico que para el pobre; para el negro y el blanco, el sano y el enfermo, el anciano y el joven, el obrero y el capitalista, el albañil y el arquitecto, el poderoso príncipe de la corte y el humilde hijo del pueblo.

«Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, que yo os haré descansar,» decía Jesús, ofreciendo la salvación a los perdidos, el refugio a los desamparados, el descanso a los fatigados, el elíxir de la vida espiritual a los que están muertos en el pecado. Estando junto al pozo de Jacob, dijo a sus discípulos: «Mi comida es que haga la voluntad del Padre.» Y la voluntad del Padre es, según nos dice Pablo en 1 Timoteo 2:4, que todos los hombres sean salvos.

Habiéndonos fijado en la necesidad y universalidad de la salvación, ocupémonos ahora de la condicionalidad de la misma. Dice el texto: «para todo aquel que cree.»

La luz está al alcance de todos los que pueden ver, pero para gozar de su claridad es necesario llenar un requisito indispensable: abrir los ojos. Aunque la salvación, que es la luz de la vida, se ofrece a todos los pecadores, para disfrutar de sus bendiciones es preciso que el pecador posea el requisito que se exige: la fe, que es el ojo del alma.

La gran verdad de que la salvación depende de la fe fue predicada por el mismo Jesús y enseñada después por sus discípulos desde los tiempos apostólicos hasta hoy.

Hablando Cristo con el distinguido rabino Nicodemo, «maestro de Israel,» le dijo sin vacilar: «Como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que el Hijo del Hombre sea levantado; para que todo aquel que en él creyere, no se pierda, mas tenga vida eterna,» Juan 3:14, 15. Más tarde enseñando en una sinagoga de la floreciente Capernaum exclamó: véase Juan 6:47. Y, por último, después de la resurrección y poco antes de ascender al cielo, para sentarse a la diestra del Padre, dio a sus discípulos el mensaje de los mensajes conocido por el nombre de la Gran Comisión, Mar. 16:15, 16.

Cuando el infatigable Pablo y su valiente compañero Silas se hallaron presos en Filipos, el carcelero, después de sentir el ruido del terremoto que estremecía los cimientos de la prisión y de ver las puertas abiertas y los dos célebres presos libres del cepo que antes sujetaba sus pies, lleno del más profundo arrepentimiento, y portando una luz en la mano, como si con ella quisiera simbolizar la luz que comenzaba a irradiar en su corazón, hízoles con gran reverencia la pregunta que constantemente hace la humanidad perdida en el pecado, la pregunta que inquieta continuamente el corazón de los que buscan la vida eterna: «¿Qué debo yo hacer par a ser salvo?» Ellos no le mandan que les confiese sus pecados y les pida perdón por el maltratamiento que de él recibieron, ni que haga peregrinaciones a Jerusalén, Antioquía de Siria o cualquier otra parte del mundo, ni que ofrezca cuantiosos sacrificios en honor del Dios viviente, ni que les entregue una cantidad de dinero por el rescate de su alma, ni que les recite al pie de la letra el credo apostólico o alguna oración especial, ni que conozca la ciencia o el arte, ni que flagele sus carnes hasta derramar sangre y ayune hasta que su cuerpo desfallezca de hambre, ni que practique un sinnúmero de buenas obras que le abran las puertas del cielo, no; nada de eso, sino: “Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo tú y tu casa.»

Conclusión

Si el Evangelio de Cristo es de una naturaleza tan elevada y tiene un fin tan noble y humanitario, no hay razón alguna para avergonzarse.

Hay muchos que se avergüenzan de él, como si se tratara de algo sumamente deshonroso. Y otras veces nosotros mismos nos avergonzamos de que sepan que pertenecemos a él, cuando giramos en un círculo hostil al cristianismo verdadero, pero ellos y nosotros debemos tomar por ejemplo a Pablo que decía con gran sinceridad: «no me avergüenzo del Evangelio de Cristo.»

Al ver la transformación efectuada en Pablo, en los cristianos de Roma, en el curso de la historia y en nosotros mismos, debiéramos sentirnos orgullosos, y no avergonzados, de ser sus predicadores y seguidores.

Más razón tendría el lodazal de sentirse denigrado por llevar un precioso diamante en su oscuro fondo, que nosotros en avergonzarnos de llevar el Evangelio de Cristo en lo más recóndito de nuestros corazones.

Ese Evangelio bendito fue, es y será el poder de Dios dando valor a los cobardes, esperanza a los desesperados, ánimo a las víctimas del desaliento, fuerza a los débiles, fe a los incrédulos, reverencia a los impíos, santidad a los perversos, misericordia a los duros de corazón, veracidad a los mentirosos, humildad a los arrogantes, laboriosidad a los haraganes, alegría a los tristes, generosidad a los egoístas.

Ese Evangelio glorioso ha dignificado a la mujer, ha bendecido al niño, ha venerado al anciano, ha protegido al desamparado, ha santificado al hogar, ha ennoblecido el trabajo y ha difundido la luz en el corazón y en la inteligencia.

Por su influjo los salvajes han recibido la civilización, los esclavos la libertad, los ancianos desvalidos las ventajas del asilo y los pueblos la igualdad ante la ley.

Ese Evangelio santo es antídoto para el veneno del alma, y bisturí cortante para los cánceres sociales; luz en medio de las tinieblas que oscurecen el horizonte de la vida: suave cadena de amor santo que enlaza a Dios con el hombre, al cielo con la tierra; puente tendido entre el mundo de lo presente y el mundo de lo porvenir; y finalmente, es la medicina celestial que cura las enfermedades del espíritu, la salvación apetecida que Dios ofrece a los perdidos en la senda del pecado.

Avergonzarnos de él es avergonzarnos de todo lo bello, bueno y verdadero que existe: es avergonzarnos de todo lo que es justo, santo, sabio y verdaderamente grande.

Avergonzarnos de él es avergonzarnos del mismo Dios, porque ese Evangelio es una de las manifestaciones más elocuentes de su poder y la prueba más palpable de su amor hacia nosotros.

Avergonzarnos del Evangelio sería el colmo de la locura, porque es avergonzarnos de nuestro propio bienestar, de nuestra verdadera felicidad, es decir, de la salvación que por medio de la fe en su Hijo él nos ofrece.

Y, por último, es exponernos a sufrir un castigo horrible, pero merecidísimo, pues Cristo dijo: Léase Mar. 8:38.

Amigos y hermanos, imploremos solemnemente el perdón de Dios por las muchas veces que nos hemos avergonzado torpemente del Evangelio de su Unigénito, y pidámosle con toda la fuerza del alma y todo el fervor de nuestros corazones que lo amemos y vivamos de tal manera, que con Pablo podamos siempre y dondequiera decir: «No me avergüenzo del Evangelio de Cristo, porque es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree: al judío primeramente, y también al griego.»

Puerto Rico Evangélico, 1914

 

Deja una respuesta

Deje un comentario respetuoso. Tome en cuenta que esto no es un foro de debates, y no todos los comentarios son aprobados.

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *