Las cuatro dimensiones del cristianismo

“Que habite Cristo por la fe en vuestros corazones; … para que podáis comprender cuál sea la anchura, la longitud, la altura y la profundidad, y conocer el amor de Cristo.” Efesios 3:17-19

El cristiano instruido en la doctrina es más feliz y más útil que el cristiano ignorante. Del conocimiento de ella nace el entusiasmo por propagarla aún a costa de los mayores sacrificios, porque nos inspira el deseo urgente de que los demás tomen luz de nuestra luz. De la ignorancia de nuestra religión no pueden nacer sino supersticiones, contradicciones y errores.

El conocimiento engendra gozo, ánimo, abnegación, amor. Los que más conocen de la religión de Cristo son aquellos que le sirven mejor y que presentan sus cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios. Por el contrario la ignorancia es madre del descontento, del cinismo, de la infidelidad.

El apóstol Pablo declara su anhelo de que conozcamos el amor de Cristo, para que nos sea posible ser llenos de toda la plenitud de Dios. Y él nos da este sabio consejo porque siente que él mismo posee ya ese sublime conocimiento. Pues dice: “Yo sé en quien he confiado.” Y así quiere que nosotros alcancemos a comprender esas inefables enseñanzas del cristianismo que infunden valor y fe en los creyentes, y que inundan de paz y viva esperanza a los corazones oprimidos y quebrantados por el pecado.

Para ayudarnos a comprender el amor de Cristo y su evangelio nos da cuatro dimensiones, a saber: anchura, longitud, altura y profundidad. Hábil enseñador, se vale de las medidas de geometría, para darnos idea de la inmensidad del amor de Dios manifestado en Cristo. Analicemos brevemente cada una de esas dimensiones.

La Anchura. El amor de Cristo tiene una anchura ilimitada. Es como inmenso río que nace del trono de Dios y corre y se ensancha hasta llenar todas las naciones. Es tan anchuroso ese amor, que en el grato evangelio de paz se extiende por doquiera sin hacer excepción de nación, ni de persona alguna.

En la Constitución de los Estados Unidos, —que ponemos por tipo considerando que esa es una de las naciones más bien organizadas— dice prácticamente: “Todos los hombres pueden ser ciudadanos de los Estados Unidos, menos los chinos.»

Pero en el cielo no se niega la ciudadanía a nadie, antes está escrito: “El que a mí viene, no le echo fuera.”

Este anchuroso amor es igual para todos los hombres. Abarca la tierra, las islas del mar, los pueblos, las aldeas, todo; pues donde quiera que hay un ser humano hasta allá llega el amor del Salvador divino y el cuidado solícito del bendito Pastor que busca las almas para salvarlas.

La Longitud. Esta se refiere a la permanencia y perpetuidad del amor de Cristo. Es el mismo amor ayer, hoy y por los siglos. Es el evangelio incorruptible, el evangelio de gloria. Siempre debemos ver todos los dones de Dios como inmutables y eternos. Dios toma el nombre de Jehová, porque Jehová del hebreo Yahvéh, denota la inmortalidad, la eternidad y la infinita plenitud del ser Divino, y traducido literalmente significa “El que ha sido, el que es, el que será.”

El camino de Joppe a Jerusalén se hacía antes en dos días. Hoy se hace en dos horas. Pues las cosas terrenales y que se hallan sujetas al hombre son mudables. El tren que sale de Joppe recorre en un par de horas las 40 millas que hay hasta Jerusalén. Pero las cosas de Dios son invariables, porque no necesitan mejorarse, son perfectas y no es dado al hombre mudarlas ni trastornarlas en manera alguna. Nosotros respiramos el mismo aire que respiraron Adán y Eva en el Edén; vemos y sentimos el mismo sol que vio y sintió Josué, pisamos la misma tierra que pisó Moisés, vemos el mismo cielo estrellado que contempló Abraham, el mismo arco-iris que vio Noé en las nubes, y bebemos la misma agua que bebieron los israelitas en Horeb.

Conozcamos pues que el amor de Dios, es largo porque es eterno, y alcanzará a los vivientes hasta el último día y siempre tendrá la misma naturaleza y el mismo poder.

La Altura. Quiere decir que este amor tiene por origen el cielo. Es preciso que consideremos atentamente la sublimidad sin par de ese amor que nace del Padre mismo. “A Dios nadie le vio jamás: el unigénito hijo que está en el seno del Padre, él nos le declaró.”

Este amor es pues elevadísimo. Viene en la gloria, y se extiende sobre la tierra. Abarca a la humanidad desde el principio y permanecerá en su obra redentora hasta el fin de los tiempos, y seguirá después en el estado perfecto de la glorificación existiendo eternamente, porque el amor nunca se acabará. 1 Cor. 13:8.

La Profundidad. Esto indica que el amor que es tan alto que su origen se remonta a Dios, es también tan profundo que desciende hasta la tierra. Una prueba eficaz de la profundidad del amor de Cristo es que nos alcanzó a nosotros. Muertos como estábamos en nuestros delitos y pecados, sumidos en la ruina de nuestros males, en los abismos del vicio, el amor profundo de Cristo descendió hasta nosotros y nos salvó. Nos ha sacado de las tinieblas a la luz, de la muerte a la vida. Nos ha levantado de la miseria a la riqueza espiritual de su gracia.

Como cantamos en el himno que dice:

“De entre el polvo saca al débil,
Al sentado en muladar
Entre príncipes lo asienta
Como igual”

En fin, resumiendo lo que llevamos dicho, el amor de Cristo es ancho porque no excluye a nadie sino que invita a todos los pecadores; es de infinita longitud porque es eterno; es alto porque viene de Dios, y es profundo porque no desdeña de acercarse al más vil pecador para restituirle a la categoría de hijo de Dios. Pero hay una cosa que debemos de advertir: no es por nuestra explicación, ni por nuestras pobres palabras, ni por nuestros argumentos aunque fuesen muchos y elocuentes, como podrás tú, amado lector, conocer el amor de Cristo, y darte cuenta exacta de sus manifestaciones en los inconmensurables dominios del cristianismo.

Se necesita llenar una condición muy importante, según lo indica el texto, y es ésta: “Que habite Cristo por la fe en vuestros corazones; para que podáis comprender (estas cosas).”

Si tienes fe en Cristo, si él habita en tu corazón, te será muy claro todo esto; y por la fe puedes comprender este amor divino tan ancho, tan largo, tan alto y tan profundo que sobrepuja al entendimiento humano; y a nadie le es dable comprenderlo sino por medio de la fe, es decir por el corazón que acepta a Cristo y pone en él su confianza; pero jamás será comprensible para el falso científico y el carnal y ciego escéptico que quieren penetrar en los misterios de ese amor y medir sus maravillosas dimensiones con las frías calculaciones de la cabeza y con el limitado alcance de los cinco sentidos.

“Los sentidos de ellos se embotaron; porque hasta el día de hoy les queda el mismo velo no descubierto en la lección del Antiguo Testamento, el cual por Cristo es quitado.” “El velo está puesto sobre el corazón de ellos, mas cuando se convirtieren al Señor, el velo se quitará.” 2 Cor. 3:14-16.

Recibe pues a Cristo querido lector, confía en él para que tengas este conocimiento que te será grato y dulcísimo, y te dará la dicha eterna de la Salvación en Jesús.

AMEN.

El Faro, 1912

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