El credo bautista sobre el bautismo

Los bautistas en su larga y preclara historia, siempre han sufrido, y en diversidad de maneras, por causa de haber sido mal comprendidos y mal juzgados. Esas persecuciones de los bautistas han venido sucediéndose, como se han sucedido las generaciones, y los adelantos que el siglo presente nos ha aportado en todos los órdenes, no ha podido librarlos de ellas. Son tan perseguidos como ayer, con la única diferencia de que las persecuciones del pasado eran de índole material y las del presente son morales. Rogelio Williams, Juan Bunyan, Juan Clarke, y toda aquella pléyade de bautistas nobles de épocas pasadas sufrieron cárceles, azotes, destierros, hambre, desnudez; los bautistas de la actualidad sufren por causa de la actitud que sus hermanos queridos, los paidobautistas*, han asumido para con ellos, tratándoles con indiferencia y hasta con desprecio, y diciendo que son fanáticos, exclusivistas y otras muchas cosas semejantes que los bautistas no merecen.

* [Los paidobautistas creen que la circuncisión del Antiguo Testamento fue reemplazado por el bautismo de infantes en el Nuevo Testamento]

¿Qué crimen hemos cometido? ¿Qué mal hemos hecho? ¿Acaso merecemos los títulos de fanáticos y exclusivistas porque defendemos nuestros principios que creemos bíblicos? Oh, ¡cuán mal juzgados somos! … Lo que predicamos y lo que practicamos no lo hacemos por espíritu de sectarismo o por exclusivismo sino porque nuestro único lema es: “obediencia a Cristo y a su Santa Palabra” y de allí que enseñamos y hagamos lo que él enseñó y práctico, aunque esta actitud nuestra disguste a nuestros hermanos. Si los paidobautistas nos comprendieran, no nos juzgarían tan mal, no nos calificarían de la manera que lo hacen, y entonces tal vez habría más armonía, más unión, más amor.

Los bautistas sostienen muchos principios que estiman Escriturales, y que los distinguen de las otras denominaciones cristianas; pero tal vez el más conocido entre todos, y por la defensa del cual quizás hayan sufrido mayores males y persecuciones, tanto de protestantes como de romanistas, sea el bautismo. Los bautistas de Inglaterra, así como los de todas las naciones padecieron intensamente por la defensa de este principio. Por causa de su defensa, más que por ninguna otra cosa, somos tan poco aceptos a nuestros hermanos protestantes.

He aquí un ejemplo: el doctor A.G. Fairchild, en su libro titulado “el bautismo bíblico, sus modos y sus sujetos”, publicado en México en el año 1886, nos fustiga dura e injustamente por nuestra posición con respecto al bautismo. Entre muchas cosas hermosísimas dice, que la Biblia no enseña la inmersión, ni los léxicos, y que tampoco es esta la práctica de la iglesia griega; que esta doctrina es una pura invención de los bautistas y que para defenderla han gastado millares de pesos en fabricar una Biblia Bautista (¡!) que enseñe esto. No es nuestro propósito, ni nos lo permiten los límites de este trabajo, refutar el del doctor Fairchild, (cosa que sería inútil pues cualquiera persona seria que lea el tal libro lo juzgará de ligero y apasionado) pero sí queremos decir, antes de ir más lejos, el autor de “bautismo bíblico” no sólo no nos trata con consideración cristiana, sino que cegado por la pasión de sectarismo, se remonta a las regiones etéreas en busca de argumentos que no puede encontrar en este globo terráqueo, y no hallándolos, divaga, y calla todo lo que debía decir, y dice lo que debía callar. El Sr. Fairchild, doctor en divinidad, es la única personalidad erudita, hasta donde sepamos, que dice que la inmersión no es el bautismo, y que creemos firmemente que escritos en semejantes a los suyos, y palabras iguales a las proferidas por él son las que hacen que los bautistas sean, como dice él, “tan particulares sobre el bautismo”, pues, siendo así atacados por defender una doctrina que es cristiana y bíblica, no pueden por menos, ya que esas doctrinas están arraigadas profundamente en sus corazones, que levantar la voz y decir al mundo que ellos no son exclusivistas, ni practican la inmersión por sectarismo sino por obediencia a Cristo y a su Palabra Santa. Los bautistas son personas de convicciones profundas y de fe inquebrantable, y por eso y a semejanza de Pedro y Juan, “no pueden dejar de hablar lo que han visto y oído” del ejemplo y enseñanzas de su Señor sobre el bautismo.

Es, pues, el propósito de este pequeño y humilde trabajo decir lo que creen los bautistas sobre el bautismo y por qué lo creen. No es nuestro fin zaherir ni ofender a nadie sino sólo hacer un estudio, aunque compendiado, de “nuestro credo sobre el bautismo”.

I. Los bautistas creemos que el bautismo es hasta cierto punto, necesario en la dispensación cristiana

Que el bautismo es de gran importancia, se encuentra claramente enseñado en la Palabra Santa. Este rito fue instituido por el mismo Dios, quien luego mandó a Juan a practicarlo tanto como a predicarlo, y no hemos de pensar que una ordenanza, que fue instituida por Dios tenga poca importancia, porque todo lo que Dios creó es bueno en gran manera y tiene un fin especial en este mundo. La idea de que Dios es bueno presupone la de que sus creaciones e instituciones son también buenas. Cristo nuestro Señor, el logos encarnado, dio también testimonio a favor de la importancia del bautismo, sancionándolo con su presencia en el Jordán, a donde fue para ser bautizado por Juan. Aunque ambos (Jesús y Juan) eran parientes, no se conocían, pues como dice el doctor Monroe Gibson, el uno vivía en el sur y el otro en el norte, y por haber pasado el mayor de ellos casi toda su vida en el desierto y probablemente entre los esenios. Sin embargo, cuando Cristo se presentó y le pidió el bautismo, Juan, que no había dudado en administrárselo a los que venían a él confesando sus pecados, pero quien indudablemente había notado algo en Jesús que revelaba su naturaleza divina, se niega a sumergirlo diciéndole, como razón: “yo debo ser bautizado por ti, ¿y vienes tú a mí?” Entonces el Salvador le dice que era necesario que él se bautizase para cumplir así toda justicia, e inmediatamente bajaron al agua y Jesús fue inmergido. El bautismo como institución divina tenía una importancia tal que el mismo Cristo había de aceptarlo. Más adelante se nos dice (Juan 3:22, 23; 4:1, 2) que “Jesús hacía discípulos y bautizaba más que Juan, (aunque Jesús no bautizaba sino sus discípulos)”, lo que indudablemente quiere decir que los discípulos bautizaba por orden y en el nombre de su Maestro. Éste es un hecho que derrama mucha luz sobre el tema de la importancia o necesidad del bautismo. Un rito, como dice Ryle, que Dios instituyó, al cual Cristo se sometió y luego practicó por medio de sus apóstoles, no ha de ser tenido en menos, ni debe atribuírsele poco valor.

Ahora bien, los hechos y pasajes citados, juntamente con otros muchos a los cuales sería prolijo hacer referencia, demuestran la importancia del bautismo, pero no que éste sea esencial para la salvación, pues esta doctrina está en divorcio con la Palabra de Dios. La regeneración bautismal fue inventada por la iglesia papal en una época de agitación religiosa, y es una de las innovaciones que mayores males y supersticiones ha traído al mundo. Aparte de lo que nos dice la historia con respecto a la fecha, en que fue inventada la doctrina de la regeneración bautismal, sabemos que la salvación no es obtenida por medio de las obras y los ritos y ceremonias de la iglesia, sino por la simple fe en Cristo Jesús, confiando en él como en nuestro único Salvador personal. No es el bautismo de agua el que reporta gracia, sino el nuevo nacimiento que debe sentirse antes de ser bautizados y que es simbolizado en el rito. Como decía un querido hermano en Cuba, la única diferencia que habrá en un pecador antes y después de ser bautizado, será que ha entrado en las aguas bautismales con los pecados secos y salido con ellos mojados.

Pero si al bautismo no se le debe atribuir un poder milagroso de que carece, tampoco debemos despreciarlo y tenerlo como de ningún valor, pues esto no estaría de acuerdo con las enseñanzas bíblicas sobre él. Los bautistas no creemos en la regeneración bautismal: siempre hemos protestado de ella; pero sí creemos que el bautismo es necesario, para la obediencia, para dar testimonio al mundo o como profesión de fe, y cómo rito iniciativo de la iglesia.

II. El bautismo es necesario para la obediencia

Esto está claramente enseñado en la Palabra de Dios. Fijemos en primer lugar, nuestra atención en las últimas palabras de Cristo conocidas como “la gran comisión” o “el último mandamiento”: “Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra. Por tanto, id, enseñad todas las naciones, bautizándolas en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo: enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y, he aquí, yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del siglo. Amén”. Pudiéramos llamar a este pasaje “la última voluntad del Señor Jesucristo” y encierra un triple mandamiento, no pudiendo ser separadas “sus cláusulas” una de la otra. Su cumplimiento depende solamente de la obediencia de sus discípulos. Por el que estamos obligados (si hemos de ser obedientes) a “ir por todas las naciones doctrinando”, a “bautizarles” después que estén doctrinados, y a “enseñarles que guarden todas las cosas que él ha mandado”.

Si en la Biblia no hubiera otros pasajes que nos enseñaran cuál ha de ser nuestra actitud sobre el bautismo, éste sólo garantizaría nuestra posición al decir que el bautismo es necesario, no para la salvación, pero sí para la obediencia. Todo testimonio es válido después de la muerte del testador (Hebreos 9:17) y exige la obediencia por parte de aquellos a los cuales se hace testación; de donde se desprende que de acuerdo con la “última voluntad” del Señor hemos de practicar el bautismo para cumplir una de las cláusulas de su mandamiento.

Otro pasaje que daría tal vez más luz a este asunto es el de Lucas 7:29, 30 donde leemos: “Y todo el pueblo oyéndole, y los publicanos, justificaban a Dios, siendo bautizados en el bautismo de Juan. Más los fariseos y los sabios de la ley, desecharon el consejo de Dios contra sí mismos, no siendo bautizados por él”. No hay duda de que el Salvador censura y reprende duramente a los fariseos y a los sabios de la ley, porque no aceptaron las predicaciones de Juan el Bautista, y porque no tenían fe que los impulsara a confesar sus pecados y a ser bautizados. ¿Qué diría el Señor de aquellos que, llamándose sus discípulos, no practican el bautismo porque no lo creen de importancia? ¿Qué diría de los que le atribuyen un valor y una importancia tan pobre que se creen autorizados a alterarlo en su forma y objetos? El Señor nos pregunta hoy, tanto como preguntaba a los príncipes de los sacerdotes y a los ancianos, en el templo de Jerusalén: “El bautismo de Juan, ¿de dónde era, del cielo o de los hombres?” Si le contestamos, como nos veremos obligados a hacerlo, “del cielo”, nos dirá: cumplidlo, obedecedlo, tenedlo en reverencia, reconoced su importancia.

III. Los bautistas creemos que el bautismo es necesario también como profesión de fe

En la noche en que Jesús instituyó la “santa cena”, sabiendo que pronto había de ser entregado, dio a sus discípulos bellas e importantísimas enseñanzas (Juan 13-17) y les hizo la promesa de enviarles el Paracleto divino, diciéndoles: “Empero cuando viniere el Consolador, el cual yo os enviaré del Padre, es a saber, el Espíritu de verdad, el cual procede del Padre, él dará testimonio de mí. Y vosotros también daréis testimonio, porque estáis conmigo desde el principio”. (Juan 15:26, 27) En estos versículos se nos dice claramente que los discípulos de Cristo habían de ser sus testigos, es decir, que habían de dar testimonio al mundo en favor de él, porque recibirían el Espíritu Santo que los guiaría a toda verdad y que les daría todo poder, y porque habían estado con él desde el principio, viendo sus obras portentosas y oyendo sus maravillosas palabras. Esto se cumplió en todas sus partes: en el día de Pentecostés los discípulos fueron llenos del Santo Espíritu, y desde entonces los hayamos dando testimonio a favor de Cristo, y sin que los arredrara ni los azotes, ni la cárcel, ni aún la misma muerte. Ellos tenían que hablar lo que habían visto y oído. En Actos 4:13 tenemos una bella ilustración de esto: “Entonces viviendo (los sacerdotes, los magistrados del templo, y los saduceos) la constancia de Pedro y Juan, sabido que eran hombres sin letras e idiotas [“del vulgo” en la Reina-Valera 1960], se maravillaban; y conocían que habían estado con Jesús”. Conocían que Pedro y Juan habían “estado con Jesús”, por el testimonio valeroso que habían dado en favor de la resurrección de su Señor, y no por que los hubieran visto anteriormente en compañía de Jesús, como dice el doctor Drees comentando este pasaje en el Nuevo Testamento con Notas. ¡Cómo no habían de maravillarse de que Pedro, aquel mismo Pedro que lo negó tres veces pocos días antes, ahora fuera tan valiente dando testimonio en favor de su Maestro y Señor! ¡Cuanto no había de extrañarles que hombres tan sencillos y humildes fueran tan valientes y abnegados! Al reconocer que Pedro y Juan habían estado con Jesús, no podían por menos que reconocer el poder de Cristo.

Pero, a la par que podemos y debemos dar testimonio a favor de el Salvador, por medio de una vida diaria, pura y ejemplar, también podemos y hemos de hacerlo sometiéndonos al bautismo obedientemente, pues es éste uno de los medios que tenemos de profesar nuestra fe. Y aún más; en el bautismo no sólo hacemos profesión de fe, sino que también damos testimonio de la verdad que está en nosotros, y de la gracia de Dios que nos ha llamado de las tinieblas del pecado a la luz radiante de la fe en Cristo.

El Dr. Carlos Hodge explica esto de una manera perfecta, cuando dice: “Se nos enseña claramente en la Biblia que el bautismo y la cena del Señor, sean cuales fueran los importantes fines que tuvieron por objeto, fueron establecidos como un modo de profesar públicamente nuestra fe en el Evangelio. La participación pública de los ritos de cualquier religión es por su naturaleza una profesión de aquella religión. Por esta razón el apóstol imputa idolatría a los corintios, que dentro de los límites de los templos paganos, participaban de los sacrificios ofrecidos a los ídolos. “Hablo a sabios; juzgad vosotros lo que digo”. La participación de una ordenanza cristiana, ¿no es un acto de adoración cristiana? La participación de un sacrificio judío, ¿no es un acto de adoración judía? Y por igual razón, ¿no es la participación de una ordenanza pagana un acto de adoración pagano? Este es el tenor del argumento del apóstol en 1 Corintios 10:15, 21; y se funda evidentemente en la verdad admitida de que la participación de las ordenanzas del evangelio es por la naturaleza del acto una profesión de la religión de Cristo. En tal virtud el que recibe se pone en comunicación con el objeto a quien adora, y con todos aquellos que lo hacen también así”. Luego, agrega el doctor Hodge: “Todo esto supone que una participación de la ordenanza cristiana es una profesión de la religión cristiana. Cuando Cristo mandó a los apóstoles que doctrinasen a sus oyentes bautizándoles, se quiso dar a entender claramente que el bautismo debía ser un distintivo de sus discípulos, o que por aquel rito sus adeptos reconocerían la relación que con él los ligaba. Esto a la verdad es la idea prominente de la fórmula, ‘bautizar en el nombre de alguien’. Y por eso Pablo recordó a los corintios que no eran sus discípulos o adeptos, preguntándoles: ‘¿habéis sido bautizados en el nombre de Pablo?’ Empero no es necesario insistir en hablar sobre este punto, pues que se concede universalmente que la participación de las ordenanzas del evangelio es el modo señalado de confesar a Cristo delante del mundo”.

Jesús sometiéndose al bautismo de Juan no sólo aceptaba y obedecía una institución y mandato del Padre, “cumpliendo así toda justicia”, sino que también daba un testimonio al mundo de que comenzaba aquella obra para la cual había sido enviado. Los habitantes de la Palestina venían a Juan confesando sus pecados y haciendo profesión de aceptar la voluntad de Dios, convirtiéndose de las tinieblas a la luz; Cristo no podía confesar pecados que no tenía, pero sometiéndose al rito hacía profesión de abandonar las horas apacibles de gratísima quietud en Nazaret, para comenzar su ministerio, arrostrar la ira de los hombres, y finalmente morir en ignominiosa cruz para la redención del mundo y en aras de su amor. Los cristianos, de semejante manera, al someterse al rito del bautismo dan testimonio al mundo de abandonar la vida del pecado por la de la santidad, de aceptar a Cristo como su único Salvador, y de tomar la cruz y seguir en pos de él en obediencia y santidad de vida.

IV. El bautismo es necesario como rito iniciativo de la iglesia

Siendo el bautismo la profesión de fe de los creyentes, debe ser también el medio por el cual son admitidos en el seno de las congregaciones cristianas. Como ha dicho alguien, el bautismo es la única puerta de entrada a la iglesia. De ser esto así, sólo podrían pertenecer a las iglesias los creyentes bautizados. Para pertenecer a las iglesias es necesario que se pase por el bautismo. Como por ejemplo, para llegar a ser masón, se hace necesario pasar por todos los ritos iniciativos de esta asociación.

Traducimos del libro “The New Testament Church” del Rev. W.H.H. Marsh, las siguientes sentencias que robustecerán lo que llevamos dicho sobre la necesidad del bautismo para el ingreso en la iglesia: “Estudiaremos ahora lo que concierne a la profesión formal de fe del creyente, y de allí su admisión en la constitución de la iglesia del Nuevo Testamento. Se hace esta profesión formal de fe por medio del bautismo … Porque si los creyentes eran bautizados en profesión formal de su fe, como ciertamente lo eran, seguramente no se transcenderá el espíritu y el designio de lo que se dice de las ordenanzas en las epístolas, al afirmar que su bautismo era una certificación de su comunión con los miembros de las iglesias apostólicas. Porque no hay un solo indicio de personas, quienes no habiendo sido bautizadas, pertenecieran a las iglesias. Los apóstoles evidentemente hicieron el bautismo imperativo en todos los lugares, porque no hubieran obedecido la comisión si no lo hubiesen hecho así. Porque Cristo se propuso por medio de esta ordenanza “separar a los creyentes de los pueblos paganos y judío, y unirlos en la confesión del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”. Por medio del bautismo todos los creyentes en Cristo “son llamados a confesar su nombre, y a formar un solo cuerpo espiritual”.

El hecho de que la iglesia es una reunión, asamblea o congregación de creyentes, presupone la idea de que para hacer estos creyentes admitidos en ella, han, indudablemente, de pasar por un rito iniciatorio, y éste no es otro que el bautismo. Este hecho está de acuerdo con la “gran comisión”. Los apóstoles y demás seguidores del Maestro cuando se diseminaron por el mundo predicando las “buenas nuevas”, habían de “hacer discípulos”, “bautizarlos” después, y luego que se unieran en iglesias y “guardaran todas las cosas que él les había mandado”.

Es este punto admitido por todos. No hay congregación cristiana alguna que tenga en alguna estima el bautismo, que admita en su seno a las personas que no estén bautizadas. De las prácticas de las iglesias primitivas vemos que nunca fueron admitidas en el seno de ninguna de aquellas iglesias personas que antes no fueran bautizadas. No creemos que la salvación es imposible para aquellos que creen y no se unen a la iglesia, pues como hemos dicho la salvación no depende de ritos y ceremonias; pero sí creemos que la Biblia enseña que los que creen deben unirse a las congregaciones; y no se recuerda un solo caso, en el Nuevo Testamento, de creyentes que hayan sido admitidos en el seno de la iglesia sin ser antes bautizados. Parece claro que los pasajes 1 Corintios 12:13; Gal. 3:27, 28, expresan la idea de que por medio del bautismo somos hechos miembros del cuerpo de Cristo, esto es, la iglesia.

Sería inoficioso continuar tratando este asunto, pero quiero hacer énfasis antes de terminar, sobre lo que ya hemos dicho, y por temor de que seamos mal juzgados y mal comprendidos. No creemos en la necesidad del bautismo para la salvación; pero sí creemos que es esencialísimo para la obediencia a Cristo y a su Palabra Santa; para hacer profesión de nuestra fe, y para poder ingresar en la iglesia.

V. Los bautistas creemos que el bautismo es la inmersión en agua, y sólo la inmersión

Entendemos que los Estatutos Santos enseñan claramente (Efesios 4:5) que así como no hay más que un Señor y una fe, así mismo no hay más que un bautismo. Guiados por las enseñanzas de este versículo, no podemos aceptar la doctrina, hoy muy popular, de que existen tres formas de bautismo, (el derramamiento, la aspersión y la inmersión) siendo cada una de ellas igualmente válida y legítima. Esto es tan imposible para nosotros como admitir que existen dos divinidades distintas que gobiernan el universo, o que hay distintas clases de fe por medio de las cuales podemos ser salvos. De semejante manera es imposible aceptar que Cristo, el Dios humanizado, después de inspirar al apóstol para que escribiera “un Señor, una fe, un bautismo”, ponga el sello de su aceptación a cualquiera cosa que no fuera la que él mandó. Al hablar sobre el bautismo ni él ni los apóstoles usaron una palabra que tuviera tres significados tan distintos uno del otro, como distinto es lo bueno de lo malo.

Si esto es cierto, si la Biblia enseña que no hay más de un bautismo, nuestra discusión ha de ser: ¿cuál es el bautismo bíblico? Debe tenerse presente que no decimos, ¿cuál es el bautismo más cómodo? Ni, ¿cuál es el bautismo más bíblico? Sino, ¿cuál es el bautismo bíblico? Porque no hay más que uno. Los bautistas creen que el bautismo bíblico es la inmersión, teniendo para ello las siguientes razones que son poderosísimas.

1. Por el significado de la palabra baptizo

Las palabras baptizo, baptisma y baptizein, siendo voces griegas, no aparecen traducidas en la versión común de las Escrituras, sino simplemente castellanizadas, esto es, que se les ha hecho una pequeña modificación para adaptarlas al castellano. De haber sido estas palabras traducidas, donde ahora se lee, por ejemplo, “le bautizó”, leeríamos “le sumergió”, pues esta es la palabra que, como veremos más adelante, corresponde a la palabra griega arriba mencionada.

En el año 1604 el Rey Jacobo I, de Inglaterra, mandó que se hiciera una versión inglesa de las Escrituras, y nombró para ese fin a cincuenta y cuatro traductores. Esta traducción que es conocida con el nombre de “Versión del Rey Jacobo”, fue terminada en el año de 1611, y es más bien una revisión de la Biblia de los obispos que una traducción, pues no se conforma con los textos hebreo y griego. Éste rey prohibió virtualmente que en la versión que se hacía bajo sus órdenes se tradujeran las antiguas palabras eclesiásticas. “Han de conservarse las antiguas palabras eclesiásticas, como el ekklesia que no debe traducirse congregación”, es una de las instrucciones que Jacobo I dio a los traductores. Y como se usa el plural al hablar de “palabras eclesiásticas”, sería absurdo decir que esta orden se refería solamente a la palabra “ekklesia” y no a la voz “baptizo” que es una palabra eclesiástica también.

El hecho de que la palabra “baptizo” no ha sido traducida, sino simplemente españolizada, hace necesario que usemos los léxicos griegos para buscar su interpretación, y comprender su significado. Esta interpretación que obtengamos de la palabra en cuestión, no constituiría la autoridad final, pero su testimonio es, sin embargo, de gran valor en el asunto que se discute. Veamos pues lo que significa la palabra baptizo, según los léxicos y comentarios.

Scapula dice: “Zambullir, sumergir, como se hace con algo con el propósito de teñirlo”.

Schleusner: “Propiamente significa zambullir, sumergir, inmergir en un líquido”.

Schrevelius: “Bautizar, inmergir, bañar”.

Parkhurst: “Sumergir, zambullir, sumergir en agua”.

Green: “Zambullir, inmergir, lavar o purificar por medio de un lavatorio”.

El léxico de Grimm del Nuevo Testamento, que se supone ser uno de los mejores léxicos griegos, según está traducido y editado por el profesor Trayer de la Universidad de Harvard, define así la palabra baptizo. “(1) Zambullir repetidamente, inmergir, sumergir. (2) Lavar hundiendo o sumergiendo. (3) Sumergir. En el Nuevo Testamento se usa particularmente con referencia al rito de la sagrada ablución; instituido primeramente por Juan el Bautista, recibido después por mandamiento de Cristo, por los cristianos y aplicado a la naturaleza y esencia de su religión, es decir, una inmersión en agua efectuada como signo de separación del pecado y administrado a aquellos que impulsados por el deseo de salvación, buscaban admisión a los beneficios del reino del Mesías”. Con respecto al nombre baptisma, la única otra palabra usada en el Nuevo Testamento para denotar el rito, este léxico dice: “Una palabra peculiar al Nuevo Testamento y a los escritores eclesiásticos; y de acuerdo con la opinión de los apóstoles, es un rito de sagrada inmersión mandada por Cristo”.

Moisés Stuart, uno de los más hábiles profesores que la América ha producido, dice: “Baptizo significa hundir, zambullir, invertir en cualquier líquido. Todos los lexicógrafos y críticos de alguna nota están de acuerdo en esto”.

Rosenmüller dice: “Bautizar es inmergir o zambullir, el cuerpo o la parte del cuerpo que se desea bautizar, dentro del agua”.

Welstein: “Bautizar es zambullir, sumergir. Estando el cuerpo, o parte del cuerpo, metido debajo del agua se dice han sido bautizados”.

Leigh dice: “La primitiva y propia significación de ella (la palabra baptizo) es, sumergir en el agua, o zambullir dentro del agua”.

Turretin dice: “La palabra bautismo es de origen griego y significa sumergir o inmergir”.

Beza dice: “Cristo nos mandó a ser bautizados, por cuya palabra se significa ciertamente la inmersión”.

Calvino dice: “La palabra bautizar significa inmergir: y el rito de la inmersión era observado por la iglesia primitiva”.

Witsins dice: “No puede negarse que el significado original de la palabra ‘bautismo’ es zambullir o sumergir”.

Lutero, el gran reformador de Alemania, dice: “El término ‘bautismo’ es una palabra griega. Puede ser interpretada ‘una inmersión’, cuando sumergimos algo en el agua de tal manera que esté completamente cubierta por el agua”.

Campbell: “La palabra baptizein significa, tanto en los autores sagrados como en los clásicos, sumergir, zambullir, inmergir, y fue traducida por Tertuliano, el más antiguo de los padres griegos, ‘tingere’, el término usado para teñir ropa, lo que se hacía por inmersión”.

Pudiéramos citar otros muchos testimonios, como los de Vossins, Wilson, Fradensdorf, Pope, Clavis, el arzobispo Stephanus, Heredicus, Bass, Súicer, Schoettgenius, Pintón, Faber, etc., que están todos de acuerdo en decir que la interpretación de la palabra griega baptizo, que no ha sido traducida en la versión común de las Escrituras, es inmersión; pero desistimos de ello por creerlo prolijo.

Según todos estos hombres sabios, si en la Biblia se tradujeran las “antiguas palabras eclesiásticas”, se leería ‘sumergió’ donde dice ‘bautizó’ y entonces, aunque esta traducción fuera hecha por paidobautistas prominentes, tendríamos, según el doctor Fairchild, una “¡Biblia Bautista!”

Si de acuerdo con la Biblia no hay más que un bautismo, y si éste ha de ser practicado en conformidad con el significado de la palabra baptizo, no cabe la menor duda entonces, de que el bautismo es la inmersión en agua.

2. Por sus simbolismos

El bautismo cristiano no tiene simbolismos que son altamente significativos, pues enseñan de una manera perfecta, a la par que figurada, las doctrinas principales del Nuevo Testamento y que pudiéramos llamar sin temor a equivocarnos, “piedras fundamentales del cristianismo”.

Traducimos las elocuentes palabras que a este respecto estampa el Rev. Marsh en su libro “New Testament Church”. Dice: “La ordenanza no es una mera forma. Es algo más que un simple rito eclesiástico, algo más que una simple obediencia a los mandatos de Cristo. Si se cree que él es solamente lo que tales concepciones implican, su simbolismo será incompleto. Su perfecto simbolismo depende de todo lo que él significa en conexión con la relación del creyente a la divina personalidad, expiación y soberanía medianera de Cristo, y consecuentemente a la relación social de los creyentes bautizados entre sí”.

En realidad, si todo el valor del bautismo estribara solamente en el hecho de ser un rito iniciativo, y si no simbolizara verdades tan hermosas y tan significativas, toda su importancia se reduciría a una mera forma. La mayor importancia del bautismo no está, entonces, en que sea un rito iniciativo necesario para la unión a la iglesia, sino en lo que él emblematiza. Cuando el Eterno instituyó el bautismo se propuso indudablemente, no sólo dotar a su pueblo espiritual de una ceremonia externa, sino que por medio de ésta se significaran las más grandes verdades del cristianismo. Si despojamos al bautismo de sus simbolismos, le habremos destituido del quid pro quo de su institución.

Son los más importantes simbolismos del bautismo aquellos que se encuentran expresados en los pasajes de Romanos 6:4, 5 y Colosenses 2:12. No hay duda sobre ellos. Expresan la resurrección de Cristo de entre los muertos, la regeneración del cristiano y su resurrección final.

Tomando estas verdades por separado, tendremos que el bautismo simboliza, en primer lugar, la muerte y resurrección de Cristo. La resurrección de Cristo es la piedra angular del cristianismo. Sin ese fundamento todo él caería por tierra, porque “si Cristo no resucitó, vana es nuestra predicación, y vana es también vuestra fe, y también somos hallados falsos testigos de Dios”. (1 Corintios 15:14, 15) Cristo con todos sus milagros; con todas sus enseñanzas que en sí tenían un carácter divino, puesto que él “enseñaba como quien tiene la autoridad y no como los escribas y los fariseos” con su muerte en la cruz, pero sin la resurrección, ningún beneficio hubiera reportado al mundo, porque era necesario que él resucitase por y para la gloria de Dios.

El Santo de Dios no podía ver corrupción, según estaba profetizado (Salmo 16:10); el que había de ascender a los cielos para hacer la obra de intercesión y estar a la diestra del Padre, no podía permanecer en el sepulcro: el ser infinito, el Alfa y Omega, el que no tiene principio ni fin, no podía ser aprisionado por la muerte, sino que había que levantarse glorioso al tercer día, manifestarse al mundo por espacio de cuarenta días para demostrar la realidad de su resurrección, y luego ascender a los cielos a sentarse en su trono y de donde vendrá a juzgar los vivos y a los muertos.

Y esta verdad en la cual descansa todo el cristianismo está simbolizada en el bautismo. Así como la cena del Señor simboliza su muerte expiatoria, el bautismo simboliza esta verdad y también el hecho aún más glorioso de su resurrección.

En los dos pasajes citados el bautismo es tenido como sepultura, y en ellos hay una tal unión entre Cristo y los cristianos que no podemos por menos que recordar cada vez que uno de ellos es bautizado o sumergido en las aguas simbólicas del bautismo, que Jesús fue sepultado en la tumba de José de Arimatea. Semejantemente el mismo acto nos recordará, al ser el cristiano emergido de las aguas, el hecho gloriosísimo de la resurrección del Salvador.

Para que haya sepultura es necesario que el cuerpo u objeto que va a ser sepultado esté completamente cubierto por aquello que le ha de servir de sepulcro. En conformidad con esto, y para que el bautismo esté de acuerdo con su simbolismo, se hace necesario que ese acto simbólico sea una sepultura, y si esta sepultura se efectúa en el agua es una inmersión. Pero para que esté simbolizada la muerte, sepultura y resurrección de Cristo en el bautismo, no basta la inmersión, sino que es necesaria también la emersión. Dice Harvey a este respecto: “La emersión es tanto una parte del bautismo como lo es la inmersión. Es esencial para el completo simbolismo de la ordenanza”.

Ahora pasemos al otro simbolismo, o sea la muerte del cristiano al pecado y su resurrección a novedad de vida.

La regeneración tiene en la Palabra de Dios distintos nombres y representaciones; pero es muy frecuentemente llamada “nuevo nacimiento”, “muerte y crucifixión del pecado y resurrección a novedad de vida”. Véanse los pasajes siguientes: Juan 3:3, 5; 1 Juan 2:29; 5:4; Gálatas 5:24; Romanos 6:6.

La última de estas expresiones es, sin embargo, la que más de acuerdo se halla con la obra de regeneración, pues en realidad ella no es otra cosa que la muerte al pecado y la resurrección a nueva vida. Siendo esta la interpretación de la obra del Espíritu de Dios efectuada en nuestros corazones, y encontrándose simbolizada en el bautismo según el apóstol de los gentiles, no cabe la menor duda de que el acto único y verdadero de este rito es la inmersión.

Hablando sobre esto dicen los doctores Conybeare y J.S. Howson: “Será innecesario agregar que el bautismo era administrado por inmersión, siendo el convertido sumergido bajo la superficie del agua para representar su muerte a la vida del pecado, y luego emergido de este sepulcro temporario para representar su resurrección a novedad de vida”. Luego agrega: “Ha de lamentarse que la separación de esta forma original de bautismo ha oscurecido muchos pasajes importantes de las Escrituras”.

La inmensa mayoría de los paidobautistas acostumbran decir, para sostener su posición con respecto al bautismo, que ellos prefieren el derramamiento a las otras formas hoy usadas, por hallarse más en conformidad con aquello que simboliza; pero no hay duda de que Pablo pensaba de muy distinta manera, pues por dos ocasiones, a lo menos, y de un modo muy claro, da su testimonio en favor de la sepultura o inmersión como lo único que propiamente puede simbolizar el acto. De esta opinión es también el gran comentador metodista Adam Clark, quien dice, comentando el pasaje de Romanos 6:4, lo siguiente: “Es probable que el apóstol aquí aluda al modo de administrar el bautismo por inmersión, siendo todo el cuerpo sepultado bajo el agua”. De igual manera piensa George Whitefield que dice sobre este pasaje: “Es cierto que en las palabras del texto se hace una alusión al modo del bautismo que era la inmersión”.

Parece claro que todo lo arriba expuesto, se desprende, no la indiferencia sino el hecho, de que el bautismo es una sepultura en agua, y que esta sepultura simboliza la muerte y resurrección de Cristo, y la muerte al pecado y la resurrección a novedad de vida en el creyente. Aún más: al ser emergidos de las aguas, estamos simbolizando que así como Cristo resucitó de entre los muertos para la gloria de Dios, así también sus adeptos, aquellos que han creído en él, resucitarán cuando él venga con sus santos ángeles y al son de la trompeta a juzgar a los vivos y a los muertos. Siendo esto así, nos veremos obligados a reconocer que para que realmente exista la sepultura, será necesario que todo el cuerpo sea sumergido; pues, seguramente, nadie dirá que un cuerpo ha sido sepultado en el agua, cuando solamente se le ha asperjado unas cuantas gotas sobre la cabeza, o derramado alguna cantidad encima.

3. Por el testimonio de la historia

El argumento histórico es de gran valor para la comprensión y aceptación del asunto que discutimos. Tal vez sea de mayor importancia que los dos argumentos que anteriormente hemos presentado en favor de la inmersión, pues no da lugar a subterfugios. El medio más fácil a la par que más seguro y lógico para conocer cualquiera de los acontecimientos que sucedieron en los siglos pasados, o para estudiar las costumbres y civilización de los pueblos antiguos, es, sin duda, la consulta de la historia; porque ella no es otra cosa que “la narración verdadera de los sucesos pasados”. Ella es la que ha de decir qué cosa era el bautismo en épocas de Cristo, de los apóstoles y de las iglesias primitivas, y el argumento suyo ha de ser de gran peso, debiendo todos recibirlo como verdadero.

Comencemos por el gran historiador, el dean Stanley, quien en su historia de la iglesia oriental dice: “El modo en que se practicaba el bautismo de Juan ha sido, y aún es muy discutido, pero la práctica de la iglesia oriental y el mismo significado de la palabra (baptizo) no deja lugar a discutir que la forma original del bautismo era la completa inmersión en las profundas aguas bautismales”.

Geikie, episcopal, dice al hablar de los convertidos de Juan: “Él los llevaba por grupos al Jordán y los inmergía uno a uno en las aguas”.

Calvino, el bien conocido reformador, dice al hablar del bautismo del eunuco: “Aquí vemos cómo se practicaba el bautismo entre los antiguos, porque ellos inmergían todo el cuerpo en el agua”.

El Dr. Felipe Schaff, historiador presbiteriano, dice en la “Historia de la iglesia apostólica”: “La inmersión y no el rociamiento (¡!) era incuestionablemente la forma del bautismo. Esto se ve del significado de las palabras baptizo, baptizein, baptisma que se usan para designar el rito”.

El Dr. Whitby de la Iglesia de Inglaterra dice: “Y esta inversión ha sido religiosamente observada por todas las iglesias, por trece siglos y es aprobada por nuestra iglesia”.

Agustín (1772) dice: “La inmersión en agua era general hasta el siglo trece, entre los latinos; fue entonces sustituida por el rociamiento, pero siguió siendo observada por los griegos”.

Stourdza, el entendido diplomático ruso, dice: “La iglesia de occidente se ha separado del ejemplo de Jesucristo; ha obliterado toda la exterior sublimidad del rito. El bautismo y la inmersión son idénticos”.

“El Independiente” de New York, comentando el pasaje de Lucas 3:16, dice: “Muchos prefieren traducir ‘en agua’. La forma primitiva de bautismo practicada por Juan y por Cristo y sus discípulos, era bajando y entrando dentro del agua del río, y ciertamente era por inmersión”.

El Dr. Harnack dice en una carta dirigida al Dr. Dobbs: “Ninguna prueba puede encontrarse que signifique alguna otra cosa en el Nuevo Testamento y en la literatura cristiana más antigua”.

El Dr. Laugen, antiguo profesor católico en Alemania, dice en una carta dirigida al Dr. Juan Christian: “En los países occidentales, el rociamiento sobre la cabeza no fue establecido en lugar de la inmersión, sino hasta después del siglo once, después de la separación del oriente”.

El juez inglés Mr. Cox en su reciente obra intitulada “El primer siglo del cristianismo” dice: “Los judíos bautizaban en por inmersión; y esta fue indudablemente la forma original de la institución cristiana, aunque posteriormente el bautismo por efusión fue admitido. Aún en tiempos de Cipriano (siglo tercero) este modo, aunque tolerado, no fue el usual”.

El Dr. James M. Hoppin en su “Teología Pastoral” y en la página 363 dice: “Estamos muy inclinados a la creencia de que el modo más común de bautismo en la iglesia primitiva cuando era practicable, fue la inmersión en agua, de acuerdo con el significado de la palabra baptizo que es ‘zambullir’ o ‘lavar hundiendo en el agua’; y esta forma ciertamente simboliza la gran verdad cristiana ‘siendo sepultados en la muerte con Cristo’“.

En la “Enciclopedia de Conocimientos Religiosos”, por Sanford, artículo “bautismo” (opinión paidobautista) página 80, se lee: “Este bautismo de prosélitos era efectuado por la inmersión de todo el cuerpo en el agua; el de Juan era también semejante: ‘eran bautizados por él en el Jordán’“. (Mateo 3:6).

En la Vulgata Latina, por Scío de San Miguel, y en su cuarta nota sobre Actos 8:38, página 370 del Nuevo Testamento, leemos: “El bautismo se daba entonces, y continuó por mucho tiempo en darse por inmersión. San Jerónimo dice, que fue bautizado en una fuente nombrada después por esta causa del etíope, en la tribu de Judá al pie de un monte cercano al pueblo de Bethsur o  Bethsoron; y que se ocultaba en tierra a pocos pasos de su nacimiento”. En su nota quinta sobre Colosenses 2:12, página 189 dice: “La sepultura es una señal de la muerte del que es enterrado: y la inmersión del cuerpo en el agua del bautismo, como acostumbraba administrarse antiguamente, es una señal cierta y eficaz de la muerte espiritual del hombre viejo; o como dice en el verso precedente es el despojo del cuerpo de los pecados”.

El Dr. Juan Fletcher Hurst en su “Historia compendiada de la iglesia primitiva”, capítulo seis, página 24, dice: “La manera de administrar el bautismo, respecto de la cual ha habido tantas discusiones, era casi universalmente por inmersión; este hecho está plenamente comprobado con las ‘Enseñanzas de los apóstoles’, uno de los documentos más antiguos que hemos alcanzado de la literatura posterior a la edad apostólica”.

El historiador César Cantú dice así en el tomo II, página 886 de su “Historia universal”: “Los primeros fieles eran bautizados en los ríos, como lo hacía el Precursor. Después se erigieron bautisterios cerca del agua, al lado de las iglesias parroquiales, algunas veces unidos a aquellas por medio de pórticos como se ve en Aguilea …” Luego agrega: “Los ministros con vestiduras blancas les sumergían tres veces la cabeza”.

En la “Enciclopedia internacional”, página 483, encontramos el siguiente testimonio histórico: “En la iglesia primitiva el modo ordinario de bautismo era por inmersión, para cuyo efecto se erigieron bautisterios en el siglo tercero y tal vez en el segundo”. Más adelante agrega en la página 485: “Como la inmersión era la forma usada en los bautismos hasta el fin de la edad media, se requería un tanque grande y edificios separados durante todos estos siglos”.

El Dr. G.J. Stokes dice en su comentario sobre Actos, en las páginas 142 y 143: “La Iglesia de Inglaterra, en unión con la iglesia primitiva, ha dado una regla sobre el tema, que quita todos los obstáculos. Ella reconoce que la inmersión es la verdadera idea en el clima caluroso del este, pero permite el derramamiento (y no el rociamiento) de agua como un sustituto a la inmersión … La construcción de bautisterios en las iglesias primitivas, rodeados de cortinas y con mujeres asistentas para el servicio de las de su propio sexo prueba ampliamente que en la iglesia primitiva, como resulta hoy en la iglesia oriental, el bautismo era ordinariamente administrado por inmersión”.

Hasta aquí el testimonio de la historia está en favor de la inmersión, como hemos visto por las citas hechas, que son totalmente de paidobautistas. Podríamos aducir otros muchos testimonios a este respecto pero sería prolijo.

Todo lo que llevamos dicho sobre el bautismo o la inmersión tiene un valor inquebrantable, porque son los paidobautistas mismos los que defienden nuestra posición. Nuestro testimonio valdría muy poco en la defensa de este asunto, pero el de los protestantes es de un valor inmenso. Y ahora preguntamos: ¿por qué, si creen que la palabra griega baptizo significa inmersión, practican otro acto que no es bautismo? ¿Por qué, reconociendo que la forma que está de acuerdo con el simbolismo es la inmersión, no la aceptan? ¿Cómo no siguen el ejemplo de Cristo y de los apóstoles sometiéndose a la inmersión, que es el bautismo practicado por ellos?

VI. Los bautistas creemos que el bautismo debe ser administrado solamente a los adultos regenerados

Es este un punto en el cual los bautistas han sido siempre los más abnegados campeones. Por su oposición al bautismo infantil y su predicación de que sólo los creyentes deben ser bautizados, ellos han sufrido en todas las épocas, la persecución de sus hermanos los protestantes, quienes se han unido a la iglesia de Roma para ponerles la mordaza de las cárceles y de la muerte. Pero nada los ha podido hacer enmudecer, pues han preferido siempre la muerte a ser inconsecuentes, con sus propias creencias. ¡Qué importan las persecuciones, cuando se sabe que se sufren por una causa noble y legítima! ¡Qué ha de temerse cuando se habla la verdad! Los principios distintivos de los bautistas les son tan queridos por ser enseñanzas y mandatos divinos, y porque por su defensa han sufrido toda clase de males. La sangre de los mártires bautistas ha abonado el terreno de sus principios.

Tratan los paidobautistas de defender su posición con respecto al bautismo infantil, alegando que, así como los hijos de los israelitas eran admitidos por medio de la circuncisión en el pacto que fue hecho a Abraham, por cuanto la promesa era hecha a él y a su simiente, de la misma manera, las promesas del Evangelio son hechas a los creyentes y a sus hijos, siendo éstos admitidos en el nuevo pacto por el bautismo. Esto no tiene ningún fundamento bíblico. El bautismo infantil destruye los simbolismos hermosísimos del bautismo: en él ya no hay profesión de fe personal en Cristo por parte del que se bautiza, ni es una figura de la regeneración que debe preceder al bautismo y sin la cual éste se convierte en una mera forma material sin valor alguno y despojada de sus significados.

El bautismo infantil comenzó a practicarse en la época en que la iglesia de Roma empezó a predicar de una manera general la regeneración bautismal, estando por esto conectado con uno de los mayores errores doctrinales que jamás se haya inventado por la iglesia papal. Esta doctrina que sirve únicamente para esclavizar las conciencias, fue admitiéndose poco a poco, casi generalmente, excepto por unos pocos, que por no aceptarla, como tampoco aceptaban otras muchas doctrinas erróneas, fueron recibidos sangrientamente, por lo que tuvieron que abandonar las ciudades e irse a vivir a los desiertos o a las montañas. Así fueron pasando los siglos hasta que llegó el XVI y con él la reformación, que conmovió el mundo todo y de la que tuvieron origen las iglesias protestantes todas (no la denominación Bautista que ha existido desde los apóstoles) [quisiéramos afirmar aquí que esto no es la postura de literaturabautista.com] que se esparcieron por todas las naciones en que encontraban albergue predicando las doctrinas reformadas.

Sin embargo, aquellos hombres valerosos que sin temor de ningún género se colocaron frente al gran señor del mundo, el Papa, y que levantaron el grito de enérgica protesta en contra de las innovaciones del romanismo, aceptaron, por ignorancia o error una de sus innovaciones más fatales, cooperando así con la iglesia que trataban de reformar, al error, y a la esclavitud de la conciencia.

Traducimos unas sentencias de la “New International Cyclopedia” por creerlas de interés y por el testimonio que dan a favor de lo que llevamos dicho. Dice así en su página 484 de su tomo II: “En la reformación se trató de evitarse la doctrina de la exterioridad que había sido intensificada por la iglesia romana, y dar su verdadero lugar a la fe. Lutero sostuvo que los niños podían tener fe: Melanctón que la fe debía venir después a perfeccionar el sacramento. Los anabautistas que deseaban la más radical reforma de la iglesia sobre las bases del Nuevo Testamento solamente, rechazaron el bautismo infantil por no creer que estuviera mencionado en las Escrituras, y por ser inconsistente con los requerimientos de la fe”.

Desde entonces vienen las iglesias protestantes practicando el bautismo infantil, pero no así los bautistas que siempre han rechazado esta doctrina por creer que está divorciada con las enseñanzas bíblicas y con el ejemplo apostólico. Estudiamos este punto con sinceridad y oración, dispuestos a aceptar aquello que esté en conformidad con las enseñanzas de la Biblia, porque como dice el Dr. Dobbs, “Si el bautismo infantil es una institución divina todos deben aceptarlo, pero si no lo es todos deben rechazarlo”. Los bautistas tienen muchas poderosas razones para rechazar el bautismo infantil, pero aquí sólo daremos dos.

1. Los bautistas rechazan el bautismo infantil por no estar de acuerdo con las enseñanzas bíblicas, ni con las prácticas apostólicas

Los paidobautistas tratan de escudarse en la defensa del bautismo infantil, con el hecho de que en el Nuevo Testamento se mencionan bautismos de familias enteras; pero a poco que se estudie esto se verá que nada garantiza su posición.

Veamos en primer lugar el bautismo de los samaritanos, según se encuentra relatado en Actos 8:12-16. El versículo 12 no deja lugar a duda de que los niños no estaban incluidos en el bautismo, pues se nos dice con toda claridad: “Más como oyeron a Felipe que les predicaba las cosas pertenecientes al reino de Dios, y el nombre de Jesucristo fueron bautizados, varones y mujeres”. Estos samaritanos eran hombres (varones) y mujeres que estaban en aptitud de oír a Felipe, y creer las cosas que les predicaba. Según el Dr. Drees se bautizaron, “profesando la fe y siendo unidos a la iglesia”. Ningún lenguaje tan largo como éste, “fueron bautizados varones y mujeres”.

El segundo pasaje que se presenta a nuestra consideración es el de Actos 10:47: “Entonces Pedro respondió: ¿puede alguno impedir el agua para que no sean bautizados estos que han recibido el Espíritu Santo también como nosotros?” En este versículo se nos dice que los que fueron bautizados habían recibido antes el Espíritu Santo. Según el Nuevo Testamento con Notas “ellos fueron bautizados en el nombre del Señor Jesús, confesando públicamente haberlo aceptado como su Salvador, constituyéndose sus discípulos”. Suponemos que este comentador es paidobautista, pero sus palabras concuerdan perfectamente con nuestra práctica. Un niño inconsciente no puede hacer confesión pública de fe, ni tampoco está en aptitud de constituirse en discípulo del Salvador.

Actos 11:16 es parte de la justificación que hace Pedro ante la iglesia de Jerusalén, de su proceder al bautizar al prosélito, Cornelio, siendo por esta causa semejante al pasaje anterior. El argumento del versículo 17 parece ser éste: “Si a los gentiles Dios les ha hecho el don de la fe, como a nosotros, ¿quién era yo que pudiese estorbar a Dios no bautizándole?” Pedro no podía llamar inmundo lo que Dios había santificado, y por la misma razón no podía dejar de administrar el rito a los que habían creído.

En Actos 16:14, 15 tenemos el relato del bautismo de Lidia y de su familia. Mucho se ha discutido sobre este bautismo, y de él quieren hacer los paidobautistas su más fuerte trinchera para la defensa del bautismo infantil, pero no hay nada en él que garantice esta práctica. En el versículo 13 tenemos claramente demostrado que en el lugar de oración junto al río, sólo se habían reunido mujeres, lo que no sólo excluye a los infantes sino también a los hombres. Además, el corazón de Lidia había sido preparado por Dios para que estuviese atenta a lo que Pablo les predicaba. El Dr. Stokes comentando este pasaje dice: “El Señor abrió el corazón de Lidia y por eso asistió a la predicación apostólica, y ella y su casa cuando hubieron sido bien instruidas, vinieron a ser discípulos bautizados de Jesús de Nazaret”. Los Dres. Conybeare y Howson dicen: “Meyer cree que ellas eran mujeres asistentas de Lidia en sus negocios. Se sabe muy bien que este es uno de los pasajes que se aduce a menudo en la controversia del bautismo infantil. No debemos conjeturar esta idea de él; porque la creencia de que el bautismo infantil es una institución de Cristo, no descansa sobre este texto”. Estos testimonios de paidobautistas prominentes demuestran que el bautismo infantil no se encuentra enseñado aquí y que su defensa no depende de este texto.

El segundo lugar en que se nos habla del bautismo de familias es en Actos 18:8: “Y Crispo, el príncipe de la sinagoga, creyó en el Señor con toda su casa; y muchos de los corintios creían, y fueron bautizados”. El hecho de la conversión de Crispo parece haber tenido una tal importancia que el mismo Pablo lo bautizó aunque no era ésta su costumbre. (1 Corintios 1:14-16). En Corinto Pablo tuvo que vencer muchos obstáculos y oposiciones que le fueron presentados por los corintios; sin embargo, por causa de sus predicaciones muchos recibieron el evangelio. Entre este número se encontraba Crispo y también su familia. “Crispo, el jefe de la sinagoga y su familia se convirtieron y fueron bautizados”. Nos parece que las palabras “creyó en el Señor con toda su casa”, no implica la idea del bautismo infantil, pero si allí habían niños que fueron bautizados, indudablemente eran de un crecimiento tal que pudieran creer.

Sobre el bautismo del carcelero y su familia (Actos 16:32, 34) puede decirse que no hay duda que todos eran adultos. Pablo y Silas les predicaron la palabra a todos ellos, y después que hubieron creído y sido bautizados, se regocijaron con toda su casa. “El carcelero cuando hubo oído la contesta de Pablo, ‘cree en el Señor Jesucristo y serás salvo tú y tu casa’, les bañó los cardenales, les puso la mesa, y reunió a su familia para que oyeran las buenas nuevas, las que recibieron tan pronto y discernieron tan profundamente que fueron enseguida bautizados, y se regocijaron con ese profundo gozo espiritual que siempre trae consigo el conocimiento de Dios”.

Hemos revisado, aunque sucintamente, todos aquellos pasajes de que hacen uso los paidobautistas para defender su práctica del bautismo infantil. De ninguno de ellos parece desprenderse la conclusión lógica de que los niños fueron sujetos al bautismo, sino que, antes al contrario, los mismos comentadores paidobautistas como Conybeare, Howson, Drees, Stokes y otros, dicen que de ninguno de ellos, puede inferirse el bautismo infantil. Pasemos ahora a otro punto.

2. Los bautistas rechazan el bautismo infantil por no estar de acuerdo con la práctica de las iglesias primitivas

Este argumento pudiera llamarse más bien histórico. Hemos visto que ni las enseñanzas bíblicas ni la práctica de los apóstoles garantizan el bautismo infantil. Estudiaremos ahora cuándo comenzó a practicarse el bautismo infantil, y para eso hemos de recurrir a la historia, como ya lo hemos hecho anteriormente y al tratar de la inmersión.

La Enciclopedia de Kitto dice en su artículo “Bautismo”, página 287 del tomo I: “El bautismo infantil no fue establecido ni por Cristo ni por los apóstoles. En todos los lugares donde encontramos evidenciada la necesidad del bautismo, tanto bajo el punto de vista dogmático como histórico, es evidente que era solamente para aquellos que estaban capacitados de comprender la palabra que les era predicada, y de convertirse a Cristo por un acto de su propia voluntad. Un testimonio casi seguro de su no existencia en los tiempos apostólicos puede inferirse de 1 Corintios 7:14, porque Pablo ciertamente hubiera hecho referencia al bautismo de los niños para su santidad. Pero aún en tiempos después, algunos de los maestros de la iglesia, tales como Tertuliano y otros, rechazaron tal costumbre; en realidad su iglesia (la del norte del África) se adhirió más que ninguna otra a las regulaciones primitivas. Aun cuando el bautismo de niños era ya teóricamente derivado de los apóstoles, su práctica no obstante fue limitada hasta mucho después”.

Schaff y Herzog en su “Enciclopedia de conocimientos religiosos”, dice en su artículo “Bautismo”: “No hay ningún indicio en el Nuevo Testamento del bautismo infantil. Todos los intentos a deducirlo de las palabras de la institución o de pasajes tales como 1 Corintios 1:16, deben abandonarse como arbitrarios. No hay duda de que el pasaje de 1 Corintios 7:14 hace nulas todas las deducciones semejantes, porque si Pablo hubiera enseñado el paidobautismo, hubiera ligado el bautismo con la salvación de los niños y no con la fe de los padres”.

De la “Historia de la iglesia primitiva” por Backhouse y Taylor tomamos los siguientes datos: “Desconócese cuando empezó a predicarse el bautismo de los párvulos. Nadie lo menciona antes de Irineo. En cuanto a él se supone que se refiere a ello cuando dice: ‘Cristo vino para salvar a todos aquellos que han sido regenerados por él; lo mismo a los párvulos que a los niños, que a los jóvenes que a los ancianos’. Algunos años más tarde Tertuliano se opone enérgicamente a ello. ‘¿Por qué motivo’, pregunta, ‘consideráis necesario el bautismo de los párvulos? Así exponéis a doble peligro a los padrinos y a las madrinas. Ambos pueden morirse, quedando imposibilitados de cumplir su promesa, y por otra parte, aquellos por quienes han prometido, pueden crecer ya con malas disposiciones. Sin duda el Señor dijo: ‘Dejad a los niños venir a mí y no se lo impidáis’. Pero estas palabras quieren decir: ‘Dejadlos venir a mí mientras crecen, mientras aprenden, mientras se les enseña hasta dónde deben llegar, pero no les hagáis cristianos, (bautizándoles) hasta que sean capaces de conocer a Cristo …’ Fue necesario dejar pasar muchos años antes de que se generalizara el bautismo de los niños. El dean Stanley cita a Crisóstomo, Gregorio de Nianza, Basilio, Efrén de Edeso, Agustín y Ambrosio, quienes a pesar de ser hijos de padres cristianos, no fueron bautizados en su infancia. Presume Neánder que esta práctica no se generalizó hasta el siglo V”.

En verdad, el bautismo infantil no tiene apoyo en la Palabra de Dios, ni tampoco en la historia de la iglesia primitiva. Antes del siglo tercero todos los que eran bautizados, daban al someterse al rito, testimonio de fe. Pero el bautismo infantil no solamente no tiene apoyo bíblico, sino que no tiene objeto lógico. Comprendemos perfectamente el hecho de que los que creen en la regeneración bautismal, bauticen sus hijos; pero que también lo hagan los que rechazan esta doctrina, eso no lo comprendemos. Si el bautismo no regenera, si no aporta gracia alguna al bautizado, ¿a qué bautizar los niños? No puede alegarse que son bautizados para dar al mundo testimonio de fe, ni tampoco para simbolizar la regeneración. En cuanto a la idea de que son bautizados solamente para que puedan pertenecer a la iglesia y así ser hechos partícipes de las bendiciones del nuevo pacto, la creemos nula. Es sólo una manera de defender la práctica. Entendemos que la iglesia es la comunión de los creyentes con Dios y del uno para con el otro, y si esto es aceptado como su objeto espiritual, los niños no tendrán cabida en ella por causa de su inconsciencia.

El bautismo infantil es una innovación del romanismo tanto como lo es la infalibilidad del Papa, y que ha sido aceptada por las iglesias paidobautistas, aunque para su práctica no tienen apoyo en las santas Escrituras. Estas doctrinas humanas que se han mezclado con las divinas son las que impiden el que haya una verdadera unión cristiana, y mientras no desaparezcan del seno de las iglesias cristianas no podrá existir la tal verdadera unión.

Hace días tuve el gusto de sostener una conversación con un ministro paidobautista, y en la que hubimos de tratar incidentalmente del bautismo. Este señor después de defender la posición de su denominación sobre el bautismo, me dijo, como para poner término a la conversación: “Nuestro deber es combatir los errores del romanismo. No debemos hacer tan importante el tema de la forma y sujetos del bautismo”. Yo le contesté que el bautismo infantil es uno de esos “errores del romanismo” tanto como lo es la divinización de María, y que, por lo tanto, debíamos combatirlo también. La historia, como hemos visto, defiende este aserto. Si Cristo no mandó el bautismo infantil, ni los apóstoles lo practicaron, como tampoco las iglesias primitivas, entonces es una innovación del romanismo que ha sido aceptada por casi todas las denominaciones cristianas, y de la cual los bautistas siempre han protestado y seguirán protestando, por creerla una práctica errónea, cuyos únicos resultados son la esclavitud de la conciencia, la superstición y el oscurecimiento de la verdad.

El Bautista, 1910

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