Los cuatro caballos de Apocalipsis 6

«Y miré y he aquí un caballo blanco; y el que estaba sentado encima de él, tenía un arco; y le fue dada una corona, y salió victorioso, para que también venciese . . . y salió otro caballo bermejo; y al que estaba sentado sobre él le fue dado poder de quitar la paz de la tierra, y que se maten unos a otros; y fuele dada una grande espada . . . y he aquí un caballo negro: y el que estaba sentado en él tenía un peso en su mano: dos libras de trigo por un denario . . . y he aquí un caballo amarillo; y el que estaba sentado sobre él tenía por nombre Muerte, y el infierno le seguía» Revelación 6:2-8

El Apocalipsis es un libro dificultoso. Tiene siete visiones que se pueden enumerar ordenadamente pero que no son fáciles de interpretar. Y es por excelencia un libro profético conteniendo diversas predicciones que se comprenden en tres grupos: las que ya se han cumplido, las que se están cumpliendo y las que faltan por cumplirse. Comienza con un canto de triunfo y termina con una manifestación gloriosa de la ciudad celestial en donde moran los redimidos. Es un libro de contrastes: tiene las partes más oscuras de la Biblia y las más brillantes. En medio de los pasajes más trágicos y espantosos anuncia la paz, la dicha y la victoria que irradia con refulgente luz anunciando el establecimiento del reino eterno de Cristo. Su tema principal es la segunda venida del Hijo de Dios; pues dice en el primer capítulo: «He aquí viene con las nubes, y todo ojo le verá, y también los que le traspasaron; y todos los linajes de la tierra se lamentarán sobre él». Y en el último termina diciendo: «Ciertamente vengo en breve. Amén: sea así. Ven, Señor Jesús».

Es un libro lleno de números que encierran el más profundo significado. El uno representa a Dios en lo más absoluto de su ser. Hay un solo Dios. Uno significa comienzo y significa también continuación y él es el comienzo de lo creado, y él es la continuación de todas las cosas. El uno sirve pues para representar la primera causa. Es para la unidad divina, y eterna, en los cielos, y para representar la individualidad abstracta en la tierra. Pero la deidad a la vista de seres racionales, es una Trinidad. Un tres en uno y Uno en tres. En esta Trinidad el Hijo es el segundo. El 2 es entonces para representar a Cristo. Este número es incompleto. Es el primero que sigue del uno. Es un número productivo pero no está cabal hasta que se añade el producto. El Espíritu procede del Padre y del Hijo. Tres es el número de completación individual. Es la más simple unidad compuesta y forma en geometría la más simple figura compuesta; el triángulo equilátero que es indivisible e insoluble. Tres es la primera unidad fija compuesta de las ciencias matemáticas. Es pues para la representación de la Trinidad de Dios y para significar la completación individual. Con este carácter ha sido usado en todas las obras de Dios. El hombre es cuerpo, alma y espíritu, 3 en uno. La familia es hombre, mujer y simiente, 3 en uno. La religión es conocimiento, acción y experiencia, 3 en uno. Las bestias, materia, aliento e instinto, 3 en uno. Lo terrestre tiene sustancia, cohesión y peso, 3 en uno. Un hecho se forma de voluntad, ejecución y efecto, 3 en uno. Todas las cosas creadas se reducen a principio, medio y fin, 3 en uno. El aliento del hombre consiste de una trinidad de vapores, 3 en uno. El alma tiene tres facultades, memoria, voluntad y entendimiento, 3 en uno. El sol es trino: el astro es sol, la luz es sol, el calor es sol, 3 en uno. La palabra Je-ho-vá se forma de tres voces,—el que ha sido, —el que es, —el que será. La iglesia judaica se componía de las Escrituras, el sacerdocio y las ordenanzas. La iglesia evangélica tiene la Biblia, el ministerio y los sacramentos. Una congregación regular con pastores y oficiales forma una porción auténtica de la iglesia visible.

El número cuatro en la Revelación, es el número del mundo. Procede de 3 y lo incluye. Representa lo que procede de la Trinidad y lo que depende de ella, es decir, la creación, o más bien dicho, todo el universo. El mundo se revuelve en cuatro elementos: fuego, aire, tierra y agua. Los puntos cardinales son cuatro: Norte, Sur, Este y Oeste. Las estaciones del año son cuatro. Las grandes potencias del mundo, la historia y la profecía, son cuatro: Babilonia, Medo-Persia, Grecia y Roma. El paraíso terrenal estaba circundado por cuatro ríos. Los seres vivientes que representan la fuerza de la providencia en la tierra, son cuatro. En la visión de Ezequiel la providencia de Dios en el mundo se manifiesta en 4 querubines, 4 ruedas con 4 lados, 4 caras y 4 alas. El 4 sirve para formar el cuadrado y el cubo, que hacen la base de las relaciones geométricas comunes. Para los filósofos orientales 4 es siempre la figura del universo, especialmente del mundo.

Mucho se puede aprender del estudio y la observación de los números del Apocalipsis. Del 5 que significa desarrollo incompleto, o todo lo que está a medias. Del 6 que es el número del diablo y que se halla asociado con la redoma que introduce los espíritus inmundos en la tierra, y con el número de la bestia que es 666, y con el día 6 en que fue crucificado Cristo y que sigue siendo el día común para la ejecución de los sentenciados a muerte. Del 7 que es un número sagrado: es la suma del 3 de la Trinidad con el 4 del mundo, es el día de reposo, Domingo tiene siete letras, el candelero de 7 luces y las 7 estrellas representan a las 7 iglesias de Asia y a sus ángeles o pastores. Y así sucesivamente, cada cifra pequeña o grande, revela algo, y si la estudiamos y comparamos con otras iguales citadas en la historia y en la profecía, podemos recibir alguna luz en el estudio de las difíciles narraciones del Apocalipsis.

Los caballos que se mencionan en nuestro texto son cuatro. Así pues podemos concluir que la acción representada en el pasaje que tratamos de estudiar no es otra cosa que una inmensa realidad que debe verificarse en el mundo. La historia siempre se repite y del mismo modo las profecías tienen siempre un cumplimiento menor o parcial antes de culminar en su realización más plena. Por ejemplo, en este pasaje se predice la guerra más grande del mundo, y se anuncia que será seguida por el caballo negro del hambre y por el amarillo de la muerte y el infierno. En el mundo siempre ha habido guerras, y las guerras han sido seguidas por el cortejo funesto del hambre, la peste, la miseria, la muerte y el infierno. Pero la guerra actual es el máximo cumplimiento de la predicción. Dice el texto: «Y salió otro caballo bermejo: y al que estaba sentado sobre él, le fue dado poder de quitar la paz de la tierra, y que se maten unos a otros».

La guerra es un gran mal. Algunos la definen diciendo: la guerra es el infierno. Las prácticas de la guerra son aborrecibles a Dios y por eso vemos que ella viene siempre a las naciones en forma de castigo. Según la opinión general la guerra es la más dura maldición que azota a los seres humanos y que en su extensión alcanza a dañar a las bestias y a la tierra misma. Hay dos cosas terriblemente espantosas e igualmente funestas: la primera, una batalla perdida; la segunda, una batalla ganada. Porque perdiendo o ganando las condiciones son las mismas: exterminio, locura, maldición, fuego, sangre y muerte. Lutero decía: «los cañones y las armas de fuego son máquinas crueles y condenables. Yo creo que provienen de una directa sugestión del diablo. Adán se habría muerto de pena si hubiese podido alcanzar a ver los horribles instrumentos que sus hijos hubieran de inventar para matarse los unos a los otros».

El tiempo de la guerra es venido. Se representa bajo la figura de un caballo rojo, y el que lo monta tiene una grande espada. El color rojo es de cierto una viva referencia a la sangre derramada en los campos de batalla. La espada, precedida por el calificativo «grande» simboliza la enorme magnitud de esta lucha armada. Siempre que se trata de aumentar el valor y la significación del adjetivo se antepone al nombre. De este modo se indica aquí con fijeza que esta guerra es realmente grande y terrible.

El ejército de Napoleón en Waterloo se componía de 124,000, y sus enemigos aliados contaban con una fuerza de 214,000. En aquel tiempo estas cifras parecían enormes pero comparadas con los ejércitos que luchan actualmente en los campos de Europa resultan poco menos que juego de niños. [Tome en cuenta que este artículo se escribió durante la primera guerra mundial] Ahora hay veinte naciones empeñadas en la lucha. Los hombres pelean en la tierra, debajo de la tierra, en los aires, en el agua y debajo de las aguas. En algunos encuentros han perecido hasta cien mil soldados. En los cinco meses de lucha en Verdún las pérdidas pasaron de un millón de hombres. Los ejércitos se forman de millones de soldados que se devoran como rebaños de fieras. De siete millones de belgas, dos millones han sido destruidos. De catorce millones de polacos, la mitad han muerto de hambre y desnudez. Tanto sufrieron bajo el yugo insoportable de Rusia como con el huracán exterminador de los alemanes que los empujó a la desesperación y a la muerte. Según su propia frase, declaran así: «Cuando venían los rusos ellos nos colgaban, pero cuando vinieron los alemanes, nos colgamos nosotros mismos». De los armenios más de seiscientos mil han sido asesinados por los turcos. Grecia ha sido despojada de sus derechos y libertades y ultrajada en su soberanía. Un millón de serbios ha desaparecido bajo los golpes furibundos de la matanza más inicua. Los judíos y los cristianos de Siria y Palestina se hallan perseguidos y hambrientos. En los tiempos actuales más de ocho millones de personas no combatientes, ancianos, mujeres y niños, comen de la caridad y de ella se mal visten. Si pasaran en fila de a uno, y a razón de treinta por minuto, se necesitarían seis meses para ver pasar todo el desfile de mendigos.

Es casi imposible describir los horrores de la matanza. Ciudades enteras desaparecen destruidas entre el estruendo de los combates como fragor horrísono de montañas que se derrumban. Los hondos surcos cavados en el seno de la tierra, para servir de trincheras, se cubren con millones de cadáveres. La tierra se sacude como si diez volcanes hicieran explosión al mismo tiempo. Los ingleses perdieron el mes pasado ciento cincuenta mil hombres, los italianos doscientos mil, los rusos cuatrocientos mil, los franceses otro tanto. Los alemanes y los austríacos en la misma proporción. Millares de hombres se han vuelto locos como resultado del sufrimiento y de la tensión de nervios a que están sometidos en esta furiosísima campaña. Hay guerra en América, guerra en Europa, guerra en Asia, guerra en África, guerra en las islas de la mar. La lucha en vez de menguar crece cada día y aparece como un huracán de exterminio que sopla en todos los puntos del horizonte.

Ha habido muchas guerras pero ninguna ha sido tan vasta ni tan espantosa como esta. La civilización, el progreso, la ciencia de los hombres, las invenciones y maravillas de nuestro siglo, y toda forma de adelanto, han sido empleadas para hacer más terrible esta tremenda crisis, y así se anuncia, por consiguiente, en esta profecía de la Revelación, como un guerrero montado en un caballo rojo, quitando la paz de la tierra, y empuñando una grande espada.

El caballo negro es el caballo del hambre. Volvamos a leer el texto, que completo es como sigue: «He aquí un caballo negro: y el que estaba sentado en él tenía un peso en su mano. Y oí una voz en medio de los cuatro animales, que decía: Dos libras de trigo por un denario, y seis libras de cebada por un denario, y no hagas daño al vino ni al aceite».

El hambre es la primera consecuencia de la guerra. Es lo que sigue del castigo de la matanza. Porque así está escrito: «Cuando yo os quebrantaré el bordón del pan, cocerán diez mujeres vuestro pan en un horno, y volverán vuestro pan por peso: y comeréis y no os hartaréis». Lev. 26:26. La medida limitada de las raciones de efectos de primera necesidad para la vida es un signo seguro de miseria y hambre.

El que monta en el caballo negro tiene unas balanzas y vende los granos por peso y no en medidas. Nótese lo reducido de la cantidad y lo exagerado del precio. Un denario era el salario de un día de trabajo y por ese alto costo sólo se podrán obtener dos libras de trigo o seis libras de cebada. Bien se ha dicho que en tiempo de paz el maíz es paja y en tiempo de guerra la paja es maíz. La última parte del texto habla con minucioso cuidado acerca de este juicio del hambre, indicando que los hombres no podrán disfrutar del placer de tomar el vino en la mesa, ni tocar el aceite. Esto se refiere a las privaciones que hay que sufrir, siendo preciso vivir con una ración limitada sin tocar siquiera el vino que es símbolo de alegría y el aceite que representa la abundancia. Un juicio rara vez viene solo. El del hambre se sigue al de la guerra. Y en nuestro tiempo los dos se han comenzado a sentir en el mundo entero y son de cierto un castigo sin paralelo desde los días del diluvio.

La prensa nos ha dado tristes detalles de la condición en que se encuentran los pueblos de Europa. En Bélgica se da de comer a los hambrientos una vez cada dos días, y se reparte un mendrugo de pan a los inocentes niños en el mismo período de tiempo, y si se nota que alguno de estos pequeños está más o menos robusto se le hace esperar un día más sin comer. Y los mismos reyes participan de esta medida escasa. El rey de Inglaterra está obligado a pasarse tres días de la semana sin probar la carne.

Y nosotros, aun aquí en Nueva York, y en todos los Estados Unidos que han sido en los últimos años el granero del mundo, tenemos que comprar las cosas con suma medida a causa de la escasez y la carestía de los comestibles. Las mujeres judías se han sublevado contra las condiciones que prevalecen y han ido al Palacio Municipal en masa, pidiendo auxilio a las autoridades y quejándose de no tener un pan para sus hijos. El gobierno ha lanzado proclamas aconsejando la economía para prevenir o siquiera para alejar un poco la espantosa amenaza del hambre.

Los hombres se matan desoyendo la voz de Aquel que dijo: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo». Las naciones se han apartado de Dios. La guerra y el odio se han desencadenado sobre el mundo, y el caballo negro de la miseria y de la más cruda necesidad ha salido en seguimiento del caballo rojo de la guerra.

El caballo amarillo. Dice el texto: «Y he aquí un caballo amarillo: y el que estaba sentado sobre él tenía por nombre Muerte y el infierno le seguía; y le fue dada potestad sobre la cuarta parte de la tierra, para matar con espada, y con hambre, y con mortandad y con fieras de la tierra». Vuelven a mencionarse la guerra y el hambre, en conexión con el caballo de la muerte. De este modo se indica que las tres calamidades están coaligadas y son inseparables. La una se sigue de la otra. El color amarillo es símbolo de tristeza y pánico, que son los síntomas que preceden a la muerte. Y es al mismo tiempo una referencia a la palidez cadavérica de los millares de víctimas que perecen en este diluvio de sangre que no lleva traza de cesar. Entre los horrores de la guerra anunciados por el símbolo del caballo rojo se incluye la villanía de los soldados feroces que como dice un escritor: «entran como avalancha en los tranquilos pueblos, queman las casas, devastan los sembrados, hacen fuego sobre los que huyen, las mujeres agonizan destrozadas bajo la aguda persistencia de los ultrajes, asesinan a los ancianos, matan a los niños deshaciéndolos a sablazos en sus cunas, y pasean a guisa de trofeo un recién nacido ensartado en una bayoneta . . .» Pero el caballo amarillo presenta otra faz más espantosa de la guerra anunciando la muerte que se extiende «por las fieras de la tierra» que no son otra cosa que las enfermedades: el tifo, la viruela, la tisis, y otras mil que nacen del aire viciado por la descomposición de los cadáveres, y de la insuficiente alimentación que predispone el organismo a las epidemias y a la peste. No es preciso entrar en detalles, que son ya bien conocidos, para referir el daño que están causando estos males en los países europeos y de donde se extenderán por toda la tierra.

El caballo blanco está colocado en primer lugar en el texto, solo por anticipar el consuelo al mundo. Pero su lugar es el último. El estilo del autor del Apocalipsis revela siempre esa inclinación a anteponer el consuelo que ha de venir después de la amargura y de la muerte. Es un acto de misericordia para amortiguar el golpe que se anuncia, dando primero la medicina y anunciando en seguida el mal. El que monta en el caballo blanco es Cristo.

El color blanco es el color del cielo. Los redimidos tendrán una «piedrecita blanca». Usarán vestiduras «blancas». El Juez de toda la tierra está sentado en un trono «blanco».

Ya hemos visto el anuncio de su venida en las primeras palabras del mismo libro: «He aquí, viene con las nubes». Se alteró el orden, la paz fue quitada de la tierra, las nubes de la tempestad envuelven al mundo, y en medio de esa hora tenebrosa vendrá Cristo con poder y grande gloria. Las nubes de la guerra y las nubes de la muerte, y las nubes de la aflicción, y las nubes de la miseria, y las nubes densas que encubren a la humanidad se disiparán ante la presencia del Rey de reyes, del Príncipe de Paz, que vendrá a establecer su reinado entre los hambres y a poseer su herencia eterna.

Los caballos se usan como el tipo de la guerra y de la victoria desde que los jinetes persas vencieron a un cuerpo de infantería griega y los arrojaron a todos en el río. Alejandro se hizo famoso montando a su caballo Bucéfalo. Aníbal, el rey Gustavo Adolfo y el Mariscal Ney eran del cuerpo de caballería. Un regimiento de caballería cartaginés con la pérdida de sólo 700 hombres venció al ejército romano que registró 70,000 bajas. Y la caballería española alcanzó todo el crédito por haber logrado la expulsión de los moros de la península.

Por eso se usan los caballos en este pasaje para significar lo feroz de la guerra, lo terrible de la miseria y lo espantoso de las enfermedades y la muerte. Y también por eso se usa la figura del caballo blanco, montado por el Invencible y Glorioso Jesús para denotar lo seguro de la victoria y lo inmenso de su poder. Dice el profeta Isaías: «Y juzgará entre las naciones, y reprenderá a muchos pueblos; y volverán sus espadas en azadones, y sus lanzas en hoces: no alzará espada nación contra nación, ni se ensayarán más para la guerra».

Esperemos que venga el Señor. Confiemos en sus promesas de paz y de dicha. Que él se apiade de nuestro miserable mundo que gime hoy bajo la devastadora pisada de esos caballos furiosos y horribles, y que él venga, que «venga su reino», para que haya paz y para que gocemos de las bendiciones de su reinado aquí en la tierra y vayamos después a su gloria a vivir en Su presencia para siempre.

El Faro, 1917

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