¿Por qué sufren los cristianos?

Texto: «Habéis oído de la paciencia de Job, y habéis visto el fin del Señor, que el Señor es muy misericordioso y piadoso». Santiago 5:11

Muchas veces he creído que las aflicciones de la vida no deberían tocar a los que formamos el pueblo de Dios. El Señor tiene poder para librarnos de enfermedades y de penas. Pero sin duda no habrá quien pueda explicarnos el misterio de los sufrimientos sino hasta que el Señor mismo venga y lo aclare.

Hemos conocido a fieles hermanos, humildes, llenos del poder del Espíritu, consagrados al Señor en cuerpo y alma, y los hemos visto azotados por la furia del dolor, de las enfermedades, y de toda variedad de amarguras y decepciones.

Nuestra experiencia ha sido idéntica a la del Salmista, como él la expresa en el Salmo 72: «Tuve envidia, dice él, de los soberbios, al ver su prosperidad, al ver que no pasan trabajos como los otros mortales, ni son azotados como los demás hombres». «En consecuencia, la soberbia les ciñe el cuello como cadena de oro; se visten de violencia como de un manto. Los ojos se les saltan de gordura; tienen más de lo que puede desear el corazón; hablan con altanería; ponen contra el cielo su boca, y su lengua pasea la tierra». Después de hacer éstas y otras consideraciones el salmista reacciona y declara que al hallarse en esas dudas estuvo a punto de resbalar y de apartarse de la fe, bajo el impulso de la envidia que halló cabida en su pecho. Pero se dirigió a la casa de Dios, tomó consejo de los ancianos y ministradores del santuario, y anotadas verdades muy consoladoras para los que llegan a pasar por la misma experiencia: primera, que allí en el templo en la compañía de los otros hijos de Dios se desvanecieron sus dudas y comprendió lo que no había podido comprender, (verso 17); y segunda, que la prosperidad de los malvados es corta e incierta, y su fin es terrible (verso 18 al 22).

La prosperidad de los impíos, pues, no debe ser envidiada sino despreciada. En nuestras congojas no deberemos quejarnos contra el Señor ni envidiar a los malos. Dios no hace errores. Las molestias y las calamidades sean cuales fueren nunca nos alejarán de Dios, sino al contrario servirán para acercarnos más a El.

Con verdadera urgencia pido a todos los cristianos, y muy particularmente a los ministros, que hagan un estudio detenido del libro de Job. Es tan interesante como la representación de un drama. Tiene interés, unidad, integridad, y verisimilitud que son las cuatro cualidades principales que se requieren en toda acción dramática. Job es el protagonista; y los personajes secundarios, su mujer y sus diez hijos. Figuran también Satanás, el acusador; y los amigos de Job: Elifaz, Bildad y Sofar, y finalmente un joven llamado Eliú. Dios se muestra en el comienzo y aparece en el final, y de un modo maravilloso e inesperado pone fin al cuadro volviendo a Job a una condición de paz y de gracia que no había conocido antes.

Toda la contención es que el hombre no puede entender los caminos de la Providencia. El problema se reduce a poder reconciliar la justicia divina con el sufrimiento de los buenos, a fin de que el hombre pueda creer en Dios en medio de los mayores quebrantos de la vida, y no tener ni siquiera una sombra de duda sobre lo infinito de su amor, de su justicia y de su omnipotencia y su sabiduría.

Muchos puntos del drama cautivan por su propio interés, y por el modo con que se describen. Los amigos de Job están ignorantes de la introducción del libro y esto hace las situaciones más vivas para el que lee, porque conocemos la causa que ellos están tratando de hallar. Job mismo está incluido en este caso.

La discusión entre Job y sus amigos se consigna en forma de diálogo. El debate se basa en que los grandes sufrimientos, como los que aquejan a Job, son la evidencia de grandes pecados. Los amigos afirman, y Job niega. Este al fin logra vencer a sus disputadores, o a lo menos, los obliga a callar. Eliú toma la palabra. Como es joven ha guardado silencio dejando hablar primen» a sus mayores. Arguye que el sufrimiento es disciplinario; que los hombres más buenos tienen falta y que el padecimiento la cura. Job nada replica. Eliú en sus palabras expresa la misma opinión formulada siglos después por San Agustín, que dijo: «Si ningún pecado se castigase aquí en el mundo los hombres no creerían en la Providencia; y si todos los pecados se castigaran aquí, los hombres no creerían en el juicio».

La defensa de Job descansa en dos puntos: los malvados no siempre sufren ni son castigados en este mundo, sino que prosperan y viven en abundancia y gozando de la vida; y, que él tiene conciencia de haber sido recto y de haber obrado bien en todo.

Al fin interviene Dios. Sus palabras son más que suficientes para explicar el intrincado problema del libro. Se le ve en un trono alto para mostrar que El está en los cielos y nosotros en la tierra, y reprende a todos por las libertades que se han tomado juzgando del caso del triste Job como si ellos fuesen los dispensadores del bien y del mal y los árbitros de todos los sucesos del mundo. Enseña, como en las demás Escrituras, que los hombres deben humillarse delante de Dios y que El los ensalzará. Se presenta en una nube que sugiere misterio, y a la vez significa lo impenetrable que son para los mortales las cosas invisibles. El hombre que quiere disputar con Dios es un necio y se olvida que Dios es infinito; es humano y se olvida que Dios es divino; es materia y se olvida que Dios es Espíritu; ¡es débil y se olvida que Dios es sabio y poderoso!

El, el Infinito, el Omnipotente, Creador y Hacedor de todo lo que existe, no puede ser analizado ni medido por la mente humana como tampoco el mar puede echarse en un dedal; ni puede ser pesado y juzgado en nuestros pensamientos como tampoco el universo mundo puede pesarse en una balanza; ni puede ser definido y comprendido por la ciencia, porque la ciencia se oculta de la materia, y no del espíritu, y Dios es espíritu. Toda la jactancia de los hombres acerca del progreso y de la civilización de este siglo y de esta generación pueden basarse en el mundo material… hay mucho dinero, hay radios, hay vapores, hay máquinas de volar, hay mil y mil invenciones que nos deslumbran y maravillan… pero esa civilización y ese emporio de ciencias no ha mejorado en un ápice el corazón humano, ni tampoco puede. El corazón es el mismo, la naturaleza humana no ha cambiado, el hombre sigue amando los viejos, quebrantando la ley moral y libelándose contra Dios lo mismo que en el principio, y aun peor, porque a medida que se enaltece en lo material así se degrada en lo moral, y ya se torna a los tiempos nefandos de Lot, y vuelve a los días de perversión que hicieron famosa la era anterior al diluvio… Porque así está escrito: «… y no entendieron hasta que vino el diluvio, y los llevó a todos…» (Mateo 24:38, 39).

Los que aman comprenden mejor a Dios que los que piensan. Porque Dios es amor. Con el intelecto es imposible abarcar a Dios, pero con el corazón sí podemos amarle y comprenderle. Es en nuestros sentimientos, en nuestros afectos más tiernos, en nuestra naturaleza superior que sentimos a Dios, y lo conocemos sin haberle visto, y sabemos que él es nuestro Padre y nosotros sus hijos.

Dios al poner fin a las aflicciones de Job revela que El muestra su amor de muchas maneras, y una es por medio de la corrección. Cristo mismo fue hecho perfecto por el sufrimiento. Y así consta que «la tribulación obra paciencia, y la paciencia muestra la fe, y la fe la esperanza, y la esperanza no avergüenza, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones». (Rom. 5:3-4)

La mujer de Job le había dicho: «Reniega de Dios y muérete;» y así, ni ella, que era la única de quien él hubiera podido esperar ayuda y simpatía, estuvo de su parte. Sus amigos se le volvieron acusadores y jueces que en vez de consolarle le hicieron daño con la afilada cuchilla de su lengua cáustica. Job el santo, el paciente, se conforma entre tanto con declarar: «El Señor dio, y el Señor quitó, ¡sea el nombre del Señor bendito!» Y añade: «Recibimos el bien de Dios, y el mal ¿no lo recibimos: … Desnudo salí del vientre de mi madre y desnudo tornaré allá».

Más tarde dice, lleno del más profundo espíritu de sumisión, «Yo sé que mi Redentor vive y que al fin me levantará de la tierra. … Yo me condeno a mí mismo y me arrepiento en saco y en ceniza!» Este fue el momento de la reivindicación de Job. De aquí el título antiguo de este gran libro: «El fin feliz de las correcciones de Dios».

Job había, en su dolor, apostrofado a Dios. Hizo muchas preguntas al Altísimo, declaró que la misericordia de Dios le era incomprensible e hizo muchas otras inquisiciones no escasas de irreverencia. No recibió respuesta. Pero aun así de repente se siente colmado de dicha indecible, fue mucho mejor sentir a Dios manifestado en su pecho que saber todas las cosas que deseaba saber. Una vez más tenemos el testimonio de que la paz del alma que está en plena comunión con Dios es superior a toda la ciencia y más sublime que todos los conocimientos del mundo. Es el momento en que se opera en nosotros la convicción personal de que hemos sido librados de la carga del pecado. Es la misma experiencia del ciego que decía: «Yo una cosa sé: que antes era ciego y que ahora veo!» (Juan 9:25)

En medio del dolor hay paz y dicha para el hombre que comienza a tener una percepción viva de Dios.

Parece que la gloria de Dios es tener hijos e hijas que sean probados. Nadie puede alcanzar el sentido de la más perfecta seguridad, sin haber sido antes probado. Así los quebrantos vienen a ser una disciplina saludable. Y bienvenida sean, sí, la pena, la enfermedad, las aflicciones todas, si tan solo sirven para acercarnos a Dios y para robustecer nuestra fe y nuestra paciencia. Aquí es donde se da a conocer la perseverancia de los santos. «Porque ¿quién nos separará del amor de Cristo? la tribulación? ¿o la angustia? ¿o la persecución? ¿o el hambre? ¿o la desnudez? ¿o el peligro? ¿o la espada? … Al contrario, en todas estas cosas somos vencedores, y más aún, por medio de Aquel que nos amó. Porque estoy persuadido (o yo sé) que ni la muerte, ni la vida, ni los ángeles, ni los principados, ni poderes, ni cosas presentes, ni cosas por venir, ni lo alto, ni lo bajo, ni ninguna otra cosa creada será poderosa para separarnos del amor de Dios, que es en Cristo Jesús nuestro Señor». (Romanos 8:35-39) Amén.

El Atalaya Bautista, 1930

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