¿Son muchos los que se salvan?

«Señor, ¿son pocos los que se salvan?» Lucas 13:23

En las breves palabras del texto se encierra una cuestión presentada a Cristo por un hombre a quien no conocemos y de quien no volvemos a saber más. Lo que sí es que el Señor contestó la pregunta del hombre de un modo indirecto, y dirigiéndose no a él sino a todos los que le seguían, les dijo: «Porfiad a entrar por la puerta angosta; porque os digo que muchos procurarán entrar y no podrán».

¿Fue ésa una pregunta necia? ¿No parece ese hombre un imprudente? Porque para él lo mismo que para ti lo esencial no es saber si son muchos o pocos los que se salvan, sino saber que tú estás en el número de los que han de ser salvos. ¿O es una pregunta capciosa? ¿Vino el hombre para tentar a Cristo? Si el Señor contesta de un modo afirmativo, ya podrían acusarle de ser estrecho y exclusivista. Si en la negativa, le replicarán que el evangelio es cosa fácil y amplia y que no vale la pena de ser tan fiel y estricto en la doctrina.

Entre la multitud de los que seguían a Cristo no había una noción bastante clara acerca de la salvación. Unos pensaban que se salvarían muchos; otros, que los salvados serían pocos; otros, que llegarían a las puertas del cielo, llamarían, y serían aceptados con una franca bienvenida. Otros, y no pocos, se sentían seguros de la salvación sencillamente porque habían oído predicar a Cristo en las calles y en las plazas, o porque habían tenido la dicha de comer y de beber en el mismo sitio en donde el Señor se había hallado presente como invitado de honor.

¿Has llegado tú a participar de una de esas nociones erradas? ¿Te ha parecido cosa fácil la salvación de tu alma preciosa? ¿Crees que es bastante haber oído la doctrina de Cristo en las calles, en las plazas y en los templos? ¿Crees que ya todo está arreglado porque has participado de las ordenanzas, y porque has comido el pan y bebido el vino de la Cena en donde el Señor está a la mesa con los que son suyos? ¿Crees que eso es todo? Mejor sería que te hicieras a ti mismo esas serias reflexiones que se hizo el hombre en este pasaje del Evangelio, y que pusieras debida atención a la grave respuesta del señor.

Has oído a muchos decir: «cada quien se salva con la oración que sabe». Y a otros: «yo a nadie hago mal; no soy borracho, ni tengo vicios». Y a otros: «yo me sé la Biblia de memoria». Y a otros: «yo he tenido y tengo un cargo en la iglesia». Y a los unitarios: «el hombre se puede salvar por medio del carácter». Y a los romanistas: «yo tengo la religión que mis padres me enseñaron». Y a los sabatistas: «nosotros cumplimos con la ley».

Pero la respuesta de Cristo se opone a todos los dichos y a todas las enseñanzas de esos hombres. Fíjate bien en todo lo que él dijo: «Porfiad a entrar por la puerta angosta; porque os digo que muchos procurarán entrar, y no podrán. Después que el padre de familia se levantare y cerrar la puerta, y comenzarais a estar fuera, a llamar, diciendo: ¡Señor! ¡Señor! ábrenos; y respondiendo él os diga: no sé de dónde sois. Entonces empanzaréis a decir: «Delante de ti comimos y bebimos y en nuestras plazas enseñaste». Y él os dirá, no sé de dónde sois; apartaos de mí, todos los obreros de iniquidad. Allí será el llorar y el crujir de dientes, cuando viereis a Abraham y a Isaac, y a Jacob, y a todos los profetas en el reino de Dios; y a vosotros excluidos. Y vendrán del oriente, y del occidente, y del norte, y del sur, y se sentarán a la mesa en el reino de Dios. Y he aquí los postreros serán primeros y los primeros serán postreros».

Las palabras del Señor tienen un significado tremendo. Nadie se atrevió a replicarle. Su exhortación dejó pensativos a todos. No eran palabras para discutirse, sino para meditarse. No movían a argumentar, sino a hacer un examen de conciencia. Las palabras de Cristo no eran un tema para especulaciones, ni para protestas, sino una doctrina pura y bellísima para ser creída y guardada en el corazón.

Me parece oír a los hombres alegando sus méritos con la pretensión de convencer a Cristo y a que les admita en su reino.

Y le dicen: «Nuestra religión podrá no haber sido la verdadera, pero nosotros la observamos con toda sinceridad». Y Jesús les responde: «Vuestra sinceridad no os salva. Fuisteis sinceros y consecuentes con vuestras opiniones; pero no habéis sido sinceros para confiar en mí, sino rebeldes».

Otros le dicen: «Creemos que podemos salvarnos porque nunca hicimos mal a nadie, ni hemos tenido vicios». Y él responde: «No hay diferencia, por cuanto todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios».

Otros le dicen: «Hemos leído la Biblia, hemos sido miembros de la iglesia y a veces desempeñamos algunos cargos en la congregación». Y él responde: «No todo el que me dice Señor, entrarán en el reino de los cielos; sino el que hubiere hecho la voluntad de mi Padre que está en los cielos».

Y otros: «Te hemos negado a ti, pero hemos tratado de salvarnos por nuestro carácter». Y el Señor les dice: «Yo soy el camino, y la verdad y la vida, nadie viene al Padre sino por mí».

Y otros: «Nosotros hemos seguido la religión de nuestros padres y nos hemos confiado en los santos y en el papa de Roma». Y Jesús les dice: «Yo soy la puerta de las ovejas. El que entra por otra puerta ladrón es y robador».

Y otros: «Nosotros hemos guardado la ley, observando el sábado judaico. Queremos ser salvos por nuestras obras». Y él les dice: «Por las obras de la ley ninguna carne será justificada. La obra de mi Padre es que creáis en el que él envió, es a saber en mí».

Y las palabras del padre de familia serán repetidas por el Señor y resonarán en el espacio hiriendo los oídos de todos aquellos que enseñaron como doctrinas mandamientos de hombres: «¡No os conozco! ¡No os conozco! ¡Apartaos de mí todos los obreros de iniquidad! Los que confiáis en vosotros mismos y no en mí; los que os valéis de las criaturas y no del Creador; los que dejaréis a Dios para ir en pos de dioses ajenos; apartaos de mí todos los que os jactáis de vuestra justicia y negaréis la fe; y que habéis hecho errar a los hombres con vuestras enseñanzas perniciosas! Vosotros que habéis sido rebeldes y desobedientes, ciegos y de corazón perverso y endurecido, enemigos del bien y prontos para hacer el mal; que habéis detenido la verdad con injusticia; que a lo malo llamasteis bueno y a lo bueno malo, a la luz tinieblas y a las tinieblas luz, a lo amargo dulce y a lo dulce amargo; que habéis trocado la gloria de Dios incorruptible en semejanza de hombre corruptible; y que mudasteis la voluntad de Dios en mentira y os habéis envanecido en vuestros discursos necios! ¡No os conozco! ¡Apartaos de mí todos los obreros de iniquidad … !»

¿Qué efecto hicieron estas palabras del Señor en el ánimo del hombre que había venido a preguntarle de la cantidad de los que son salvados? ¿Y qué efecto produjo en el ánimo de la muchedumbre? ¿Y qué en tu propio ánimo? Analiza el pasaje y verás desde luego que la salvación es el asunto principal para cada individuo. Todos somos pecadores y la salvación ha sido puesta al alcance de todos. Es gratuita. Es obra de la fe y de la gracia. La gracia la ofrece y la fe la recibe. La fe es el dedo que toca la fimbria del vestido de Cristo y la gracia es la virtud que sale de él.

Pero la salvación en la respuesta de Cristo se describe como una porfía, como una lucha, porque es algo que debe tenernos ocupados constantemente, y que comprende nuestros esfuerzos de cada día, nuestros afectos, nuestra lealtad, nuestros planes de trabajo, nuestras esperanzas, nuestro presente y nuestro porvenir y nuestra vida entera.

Jesús habla teniendo un conocimiento divino de las cosas humanas, y así sus palabras son veraces y él nunca yerra. Nosotros tenemos un conocimiento humano de las cosas divinas y por eso somos tan tardos de corazón para entender y para creer las cosas que nos han sido reveladas. Tenemos una opinión de la religión que difiere mucho de la opinión de Cristo que es la verdadera.

Nosotros pensamos que basta con ser sinceros, aunque vayamos por mal camino; que todo consiste en no tener vicios, aunque Jesús sea despreciado; que es cuestión de encomendarse a tal o cual santo y pagar tantas o cuantas misas, aunque así rechacemos el sacrificio infinito del divino Salvador; y ¿no hemos oído desde los tiempos antiguos que a estos que así obran Dios los ha rechazado, y los ha llamado hijos rebeldes? ¿No has leído en Ezequiel que Dios llama a todos «casa rebelde?» ¿Y no has leído en los Proverbios que Dios dice: «Os llamé y no quisisteis, extendí mi mano y no hubo quien escuchase. . . por tanto YO también me reiré en vuestra calamidad, y me burlaré cuando os viniere lo que teméis?»

¿Y has advertido que los postreros serán primeros y los primeros postreros? Los primeros fueron los judíos, y los postreros, los gentiles; pero al entrar en el reino de los cielos se cambió el orden, y los judíos, por rebeldes, se quedaron para lo último; y los gentiles, entramos antes que ellos porque fuimos más voluntarios para creer. Pues así está escrito en Romanos, «Vosotros habéis alcanzado misericordia por la incredulidad de ellos». Y en Mateo: «El reino de los cielos será quitado de vosotros, y será dado a gente que haga los frutos de él».

Hay dos llamamientos: uno es general, para que todos los que quieran vengan y reciban la salvación de gracia. El otro, es el llamamiento eficaz. Por el primero se abren las puertas del reino a todos los pecadores, pero no todos vienen ni todos aceptan. Unos se burlan, otros, rebeldes y endurecidos, desprecian. Pero en el segundo, vienen todos los que son llamados todos los elegidos, y no se perderá ninguno de aquellos que han dejado el mundo, los amigos, las malas costumbres, las cosas de la carne y de los sentidos, el orgullo, el engaño de la razón, y se han entregado a Jesús por la fe, con la voluntad y sencillez de un niño. Cristo, estando en la tierra, llamó a todos. Y dijo: «Muchos son llamados, y pocos escogidos». Y cuando llamó con el llamamiento eficaz, no se quedó sin respuesta ni una sola vez. Llamó a los apóstoles, que eran pescadores, y «ellos dejando sus redes, le siguieron»· Llamó a Mateo, el publicano, y este, levantándose, dejó el banco de los tributos, y siguió a Jesús. Llamó a Zaqueo, y Zaqueo fue salvo en aquel mismo día. Llamó a Bartimeo, y le dijeron: «ten confianza, levántate, que te llama» Y el ciego tiró su capa, y de un salto se acercó a Jesús, fue sano, «y siguió a Jesús en el camino».

El llamamiento eficaz es siempre un llamamiento personal. Pablo decía: «Yo no fui rebelde a la visión celestial». Él había recibido el llamamiento eficaz, y fue salvo. Cristo dijo: «Nadie puede venir a mí si mi Padre no le trajere». Y tú, pues, no digas como el hombre, ¿son pocos los salvados? Ni te preguntes, ¿son muchos? Lo que te conviene es ser uno de ellos, ya sean muchos o ya sean pocos. Es un asunto que te concierne a ti y a ti personalmente. No esperes que otro lo resuelva en tu lugar. Si el Señor te llama, obedece, y no seas rebelde ni te engañes con tus obras, o con tu sinceridad, o con la ayuda de los otros hombres, o con discursos vanos. Mira que hay en el mundo muchos prevaricadores que se deleitan en la perdición de las almas. Y te engañarán con sus argumentos y sofismas diciéndote lo que Dios no dijo, y enseñándote lo que él no ha querido enseñar. ¿Y tú por qué crees a ellos y eres tan duro de corazón para creer a Dios mismo? ¿Por qué pones más atención a los dichos de los racionalistas que a las enseñanzas luminosas de la fe? ¿Por qué te convencen más las palabras de un hombre que apela a tu flaca razón, que las dulces palabras de Dios que llama a tu conciencia y apela a los sentimientos más nobles y elevados de tu alma?

Dios ha hablado y eso basta a tu fe. La vida es fe en el Dios viviente y verdadero. La fe es una facultad normal, pero no se desarrolla en todos sino en aquellos que aman a Dios. La fe permanece desde el antiguo como la condición para la vida más perfecta. En los tribunales humanos el justo es el que tiene el derecho; pero en la corte divina el que tiene fe es el que tiene justicia.

Cristo te llama a ti desde luego y dice en sus palabras: «Porfiad a entrar (AHORA-HOY MISMO) por la puerta angosta; pero os digo que muchos procurarán entrar (DESPUÉS-MAÑANA) y no podrán». En sus palabras se mezclan el presente y el futuro. Hazlo hoy; no lo dejes para cuando ya sea tarde. Te invitó querido lector, quien quiera que tu seas, para que dejes tus prejuicios, y vayas humildemente a los pies del Señor, como un niño, y preséntale a él, con candidez, tu corazón endurecido, ¡trae tus dudas a sus pies, ven con la seguridad de que serás acogido, y de que él quitará de sobre ti la carga de tus pecados, y te dará la vida eterna!

Y hazlo con «porfía». Esta es una lucha que sólo termina con la muerte. Aprovecha todas las oportunidades y sé fiel, porque eso está dicho no por ningún hombre, no por los ministros, sino por Jesús el Salvador divino: «Porfiad a entrar por la puerta angosta; porque os digo que muchos procurarán entrar y no podrán».

El Expositor Bautista, 1921

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