“Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra”. Mateo 28:18.
El poder de Cristo es maravilloso. Este poder ha sido la atracción de los hombres durante los veinte siglos de civilización cristiana. Un estudio, por somero que sea, del Nuevo Testamento, nos demostrará que el Señor Jesucristo es un Ser Todopoderoso, un Ser cuya omnipotencia domina el mundo de la materia y del espíritu. El poder de Cristo es tan grande hoy como fue ayer, sencillamente porque Cristo es inmutable, “es el mismo ayer, hoy y por los siglos”. Meditar en el poder del Señor es saludable al alma del hombre, pues ésta en su estrechez y limitación, se eleva, sobrecogida de admiración, a alturas considerables, donde puede contemplar la majestad y soberanía del Rey de reyes y Señor de señores.
Los milagros de Cristo realizados en la naturaleza física son demostración inequívoca de su poder estupendo. Al conjuro de su voz salió el universo de la nada, produciéndose de esta manera el más grande milagro físico: la creación ex-nihilo esto es, creación absoluta de todo sin materia preexistente. Refiriéndose a Cristo como autor de todo lo creado, dice el apóstol Juan: “Todas las cosas por Él fueron hechas; y sin Él nada de lo que es hecho, fue hecho”. La afirmación juanina es corroborada por el exquisito teólogo San Pablo en las siguientes palabras: “Porque por Él fueron creadas todas las cosas que están en los cielos, y que están en la tierra, visibles e invisibles; sean tronos, sean dominios, sean principados, sean potestades, todo fue creado por Él y para Él. Y Él es ante todas las cosas, y por Él todas las cosas subsisten”. Esta naturaleza creada por el Verbo Eterno es obediente a la voz de Su Amor y Señor. Cristo multiplica los panes y los peces, maldice la higuera y ésta se seca, la tormenta cesa y la mar enmudece al mandato imperativo de su Creador. Pero el Señor Jesucristo no solamente tiene poder sobre la naturaleza inorgánica, pues su poder, que es absoluto e infinito, también domina la naturaleza orgánica. Cuando Él quiere manifestar su maravilloso poder, habla, y al conjuro de su voz los ciegos ven, los cojos andan, los muertos resucitan, en fin, las enfermedades y la muerte ceden ante el empuje de su soberana omnipotencia.
¡Uf! dirán los descreídos, los humanistas y los modernistas al leer nuestras afirmaciones en relación con Cristo y su poder. Hablar de milagros en pleno siglo veinte, en el siglo de las luces, es pura necedad y descabellado fanatismo; es expresión de fantástico optimismo y de pretendida espiritualidad; es el retroceso a la ignorancia y anticuada teología ortodoxa de la Edad Media, es, en fin, el ensalzamiento y entronización de la ignorancia en la interpretación bíblica y en la predicación del Evangelio. Los milagros son improbables e imposibles por cuanto están por encima de la experiencia, dirán algunos descreídos con David Hume; los milagros propiamente hablando no existen, son meros hechos naturales que tienen explicación puramente racional, dirán los racionalistas y modernistas dentro de la Iglesia. No es nuestro propósito refutar la actitud materialista hacia los milagros, pero sí queremos reafirmar nuestra fe en Dios y en su Palabra Revelada y, al mismo tiempo, hacer un llamamiento a los representantes del púlpito moderno, a fin de que sean fieles exponentes de toda la Biblia y del plan de la redención tal como en ella está revelado. Los milagros no sólo son posibles y probables; son reales. De esto dan testimonio la Biblia y la experiencia. Negar la realidad de los milagros es negar los hechos fundamentales de la fe cristiana, pues el cristianismo en sí es una revelación sobrenatural. Negar lo milagroso y lo sobrenatural en el cristianismo es negar la concepción de Cristo, la deidad de Cristo, la muerte expiatoria de Cristo, la resurrección de Cristo y también la ascensión, la intercesión y la segunda venida de Cristo al mundo. Negar lo milagroso y lo sobrenatural es negar la Trinidad de Personas en Dios, es en el fondo de la cuestión, negar la misma existencia de Dios. La Biblia prueba indiscutiblemente la realidad de los milagros. Como la Biblia, así la experiencia. Muchos acontecimientos que han tomado lugar en el transcurso de la historia han sido milagros patentes. Esos acontecimientos no han tenido ni tienen explicación natural posible; y no han tenido ni tienen explicación natural, precisamente porque están por encima de la comprensión humana, porque pertenecen a la región de lo innatural.
El materialismo es inconsecuente y el racionalismo es irracional; elevemos, pues, nuestros corazones a Dios, pidámosle poder y gracia para creer lo que Él ha revelado y luego prediquemos con tesón y denuedo las puras y sublimes verdades del Evangelio. La hora presente no es hora de negaciones y claudicaciones, es hora de afirmaciones escuetas, de manifestaciones sinceras de nuestro credo y de acciones altruistas, abnegadas, viriles. “El hombre exangüe y estéril que se limita a negar, no puede continuar mucho tiempo. No se vive de negaciones”. Nuestra afirmación debe ser integral. “La afirmación absoluta del primer fundamento de nuestro ser, Dios vivo, Dios en el sentido pleno, Dios creador y justo, y no solamente el Dios Padre de los niños y de los pecadores y menos, simplemente, el Dios de la filosofía y del deísmo que tiene miedo de los milagros, o el Dios de los acomodamientos; la afirmación de Cristo completo, de Cristo por quien Dios se reveló a nosotros, de Cristo con dos naturalezas, el Hombre-Dios en quien el Cielo y la Tierra se unen, y no solamente el Cristo Buen Pastor del salón o el Cristo extático de los círculos de buen tono”. Afirmemos nuestra fe en lo que Dios ha revelado y no nos deslicemos por los peligrosos riscos de la incredulidad a fin de evitar caer en las garras del modernismo claudicante y del materialismo ridículo y dogmático.
Jesucristo también tiene poder sobre el mundo invisible de fuerzas infernales, pues los demonios obedecen su voz y desalojan los cuerpos humanos de que han tomado posesión. Si se nos pregunta por qué Jesucristo no interviene hoy en la naturaleza física con la misma regularidad con que lo hizo durante su corto tránsito por la tierra, contestamos que no lo hace no porque no pueda, sino porque no quiere, porque su propósito en la actualidad es otro. Los milagros físicos fueron, por así decirlo, la regla durante la dispensación mosaica; hoy, en la presente dispensación de la gracia, podemos decir, son la excepción. Los hombres demandan señales y piden milagros estupendos para poder creer, pero la verdad es que esta actitud es más bien un pretexto y una excusa, pues la Biblia y la experiencia demuestran que las maravillas milagrosas lo más que producen es admiración, que con el tiempo desaparece, y no la regeneración interna como un hecho permanente en el corazón del hombre transformado.
Jesucristo salva el alma, es el único que tiene poder para salvar el alma. El hombre ha violado la Ley Divina, ha quebrantado la voluntad de Dios y, como consecuencia, se ha constituido en un objeto de juicio, castigo y maldición. El castigo es un imperativo de la justicia divina. Dios tiene irremisiblemente que castigar el pecado y, como el pecado no existe independiente del hombre, se sigue que el hombre será sometido al juicio riguroso de la inexorable justicia de Dios. ¿Es Dios injusto porque castiga al culpable? Mil veces no. Dios es justo precisamente porque castiga. La injusticia estaría en la condenación del pecado y no en la aplicación del castigo. ¿Es injusto el juez que castiga al criminal? Si no, ¿por qué ha de serlo Dios? Dios no pasará por alto el pecado del hombre. Si bien es verdad que Dios es amor, también es verdad que Dios es justicia, de ahí que aquellos que no reciben su amor manifestado en Cristo, tendrán que sufrir la ira de Dios que vendrá sobre los hijos de desobediencia. La condición del hombre es triste. Está perdido, está condenado, “por cuanto todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios”. ¿Hay alguna puerta de escape? ¿Hay algún rayo de esperanza para el hombre en su lamentable condición, para el pecador en su estado caído? Sí hay una puerta de escape, sí hay una esperanza. “Gracias a Dios por su don inefable”, gracias a Dios por Jesucristo, quien es la puerta de escape y la esperanza del hombre perdido. El mismo Jesucristo dijo: “Yo soy la puerta; el que por Mí entrare, será salvo; y entrará y saldrá, y hallará pastos”. En estas palabras Jesucristo afirma que Él es la puerta de salvación y el camino de libertad. Si obtenemos salvación y libertad, también obtendremos esperanza, pues Cristo en nosotros es “la esperanza de gloria”. “Mas Dios encarece su caridad para con nosotros, porque siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros. Luego mucho más ahora, justificados por Su sangre, por Él seremos salvos de la ira”. Oh almas que leéis estas líneas, ¡venid a la Fuente de Poder a tomar el agua de la vida de balde! Jesucristo es la Fuente del Poder. Él es el único que puede salvar el alma de la perdición eterna. ¿Cómo puede hacer esto? Él fue a la cruz, allí tomó nuestro lugar, asumió la responsabilidad legal de nuestros pecados y, por consiguiente, Dios descargó sobre Él el castigo que nosotros merecíamos. En la cruz Cristo transformó nuestro infierno en gloria. Todo lo que el hombre tiene que hacer para estar seguro del cielo y escapar de los horrores del castigo, es aceptar por la fe la muerte de Cristo en la cruz y aplicarse los beneficios eternos de la expiación efectuada por el Unigénito Hijo de Dios.
El poder de Cristo no se termina en la salvación, pues Él después que nos salva nos guarda. “Por cuanto Él mismo padeció siendo tentado, es poderoso para socorrer a los que son tentados”. “Mas a Dios gracias, que nos da la victoria por el Señor nuestro Jesucristo”. “Porque yo sé que es poderoso para guardar mi depósito para aquel día”. Estas afirmaciones de la Palabra de Dios demuestran palmariamente el poder que nuestro adorable Salvador tiene para guardarnos. Él es nuestro Salvador, nuestro Libertador y nuestro Guardador. En este mundo hay ansiedad, desesperación y dolor; en Cristo encontramos alivio, esperanza y consuelo. ¡Oh almas cansadas, acudid a Él, refugiaos en Él! Jesucristo tiene poder sobre el mundo de la materia y sobre el mundo del espíritu. Su maravilloso poder se manifestó ayer, se manifiesta hoy, se manifestará siempre, pues Cristo es inmutable. Postrémonos de hinojos ante la majestad sublime del Cristo Salvador, Rey y Señor.
El Heraldo Bautista (Colombia) mayo de 1952
Rogelio Archilla nació el 21 de octubre de 1906 en Ciales, Puerto Rico. Estudió en el Seminario Evangélico de Puerto Rico y en el Seminario Teológico en Brooklyn. En Nueva York fue conocido por su predicación al aire libre. Estuvo afiliado con Latin America Mission sirviendo desde Costa Rica por 17 años. Fue director por seis años de la revista cristiana El Mensajero Bíblico. Fue intérprete de Billy Graham en algunas ocasiones en la década de los cincuenta. Fue uno de los consultores del comité de revisión de la Reina-Valera 1960. Su obra pastoral incluyó el Templo Bíblico de San José, Costa Rica, y la Iglesia Evangélica Independiente de Nueva York. Archilla pasó a la presencia del Señor el 2 de octubre de 1999. (C. George)