La parábola de los dos hijos y la viña

Mateo 21:28-32

Esta parábola comienza con la pregunta “¿qué os parece?” de parte de Cristo y está perfectamente adaptada para hacernos pensar. Algunos perecen por falta de pensamiento, y muchos más por pensamientos erróneos. Los sacerdotes y los ancianos le habían estado preguntando: “¿Con qué autoridad haces estas cosas?” (Mat. 21:23). Cristo responde a su pregunta sosteniendo esta parábola como un espejo ante sus ojos para que puedan estar convencidos de sus pecados. La manera de entender la autoridad de Cristo es descubrir nuestro estado real ante él. Aquellos que se enorgullecen de su supuesta bondad siempre permanecerán en la ignorancia de la autoridad de Cristo y su poder salvador.

I. Lo que el padre ordenó. “Hijo, vé hoy a trabajar en mi viña” (Mat. 21:28). La viña del Padre necesita obreros; ¿Quién debería estar más interesado que su propio hijo? Observe:

1. El motivo del reclamo del padre. “Hijo” (Mat. 21:28). Se pueden conseguir muchos mercenarios por dinero, pero el amor debe motivar a un hijo. “Porque el amor de Cristo nos constriñe” (2 Cor. 5:14). Si somos los hijos de Dios, seguramente nuestro Padre tiene el primer derecho sobre nuestro tiempo, fuerza y sustancia. Nuestro Padre puede contratar a extraños para que le sirvan (Isaías 7:20), pero a los hijos se les ordena.
2. El deseo del corazón del padre. “Trabajar” (Mat. 21:28). ¡Qué pena debe ser para nuestro Dios ver tanto trabajo por hacer y tantos de sus hijos ociosos! La obra le agrada al Padre, es bueno para la viña y provechoso para el hijo. “El alma negligente padecerá hambre” (Prov. 19:15). Nuestro Padre tiene una multitud de hijos habladores, pero los obreros son pocos.
3. La urgencia de la petición del padre. “Hoy” (Mat. 21:28). El tiempo para servir al Señor es siempre ahora. Algunos de los hijos menores dicen: “Espera a que tenga un poco más de experiencia”. Algunos de los hijos mayores dicen: “No vale la pena que empiece ahora”, o están pensando en jubilarse de la obra de la viña. Vaya, trabaje hoy, en este día presente de salvación, porque “la noche viene, cuando nadie puede trabajar” (Juan 9:4). “Por lo cual, como dice el Espíritu Santo: Si oyereis hoy su voz” (Hebreos 3:7).

II. Lo que dijeron los hijos. En el caso del primero tenemos:

1. Un rechazo decidido. “No quiero” (Mat. 21:29). Este lenguaje revela el espíritu de indiferencia egoísta al deseo del padre. En palabras sencillas es esto: “Tengo algo propio que cuidar, y no tengo tiempo para trabajar en tu viña”. ¿Qué le importa al cristiano egoísta los millones que perecen, o el dolor del corazón del Padre, si solo pueden atender sus pequeños planes y propósitos propios? Este lenguaje también traiciona un corazón en rebelión abierta. “No quiero”. Una vida opuesta a la voluntad del Padre y fuera de simpatía con el propósito del Padre. El otro hijo respondió con:
2. Un consentimiento listo. “Voy” (Mat. 21:30). Habla con un marcado respeto, “Sí, señor, voy”. A juzgar por su conversación, tiene una gran reverencia por su padre y una gran pasión por su trabajo. Sus palabras son más suaves que la mantequilla. Los descendientes de este profesante de labios aceitosos aún no han cesado entre nosotros. Sin embargo, cada hijo debe copiar su decisión instantánea y su pronta respuesta a la orden urgente del padre. “Si me amáis, guardad mis mandamientos” (Juan 14:15).

III. Lo que hicieron los hijos. A menudo hay una gran diferencia entre lo que profesa un hombre y sus acciones. “¿Cuál de los dos hizo la voluntad de su padre?” (Mat. 21:31). ¿No se trata de quién habló mejor o hizo la profesión más ruidosa? Por sus hechos son justificados o condenados. Su Palabra se cumple al hacerlo, no en nuestro mero hablar de ello.

1. Uno se arrepintió y obedeció. El arrepentimiento siempre precede al hacer la voluntad de Dios. El rebelde audaz y de voluntad propia es el primero en ceder, arrepentirse y obedecer. No se desespere de la restauración del rezagado desobediente y de voz alta, o de la conversión del escéptico desafiante. “Pero después, arrepentido, fue” (Mat. 21:29). Aquellos que van voluntariamente a la viña del servicio de Dios encontrarán la gracia suficiente y un gozo santo en complacerle.
2. El otro prometió y fracasó. “Dijo: Sí, señor, voy. Y no fue” (Mat. 21:30). Todos los que no acuden a las órdenes de Dios en el campo de servicio para él son niños desobedientes y rebeldes, sin importar cuán amablemente puedan hablar acerca de “la obra del Señor”. Hablar de los ministros, las iglesias y la religión no es trabajar para Dios más que el calentamiento de sus manos en el fuego sea la recolección de uvas. No todo el que dice: “Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos” (Jn. 7:21). “Haced todo lo que os dijere” (Juan 2:5).

2 Responses to “La parábola de los dos hijos y la viña”

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  1. Marcos Sanz says:

    En esta historia hay dos hijos, como se muestra en muchos pasajes de la biblia, esta es, la dualidad del Ser Humano. El hombre carnal y el hombre espiritual. El cumplimiento del deseo es la voluntad de dios. el hijo que dice: Si, señor, acepta el deseo, que es la voluntad de dios. Y se nos dice: «Todo lo que pidieses en oración, creyendo que ya lo has recibido, lo recibirás». Acá está la promesa de Dios, nada debes hacer en el mundo, solo se te pide creer que ya has recibido, esa es la voluntad de dios.

    Creer significa aceptar y sentir como verdadero en tu corazón la voluntad de dios, la voluntad de dios es comunicada al hombre a través del deseo.

    El hijo no debe ir a ninguna parte, pues la aceptación del deseo es igual a su cumplimiento gracias a la promesa de Dios y esa es a la vez la voluntad de Dios, que lo que el hombre crea y acepte como verdadero deberá ser cumplido, «Mi palabra no volverá a mi vacía, si no que deberá cumplir para lo que la envié».

    Nada más debe hacerse. El hombre espiritual no se mueve de el lado de Dios. Se queda con Dios, porque conoce a su padre y su promesa, conoce como agradarlo y cumplir su voluntad.

    El hombre carnal sin embargo, solo puede ver por encima del agua, no es capaz de ver detrás de la parábola y la interpreta como hechos literales, pues no posee ni la sabiduría ni el entendimiento del lenguaje espiritual.

    El hombre natural no camina por fe, si no por vista. Él debe ir a actuar en el mundo, él debe ir a trabajar en la vid, para extraer el vino, pero el hombre espiritual transforma el agua en vino. El hombre carnal debe buscar en el mundo lo que se le pide para cumplir la voluntad de dios, lo cual es inútil.

    Los incrédulos representan a nuestros sentidos, a nuestra razón no iluminada que no comprende estas enseñanzas a pesar de que conocemos la ley y hemos escuchado muchas veces sobre esto, es como un tirón de orejas para nosotros.

    Aceptar el deseo cumplido implica creer y sentir la voluntad de Dios y sabemos que eso es lo único necesario para cumplir la voluntad del padre, entonces no debemos hacer nada más.

    Estos dos hombres están en el ser humano y conviven todo el tiempo. Se nos dijo: «Dos naciones hay en tu vientre, y dos pueblos serán divididos desde tus entrañas; mas un pueblo será más fuerte que el otro pueblo, y el mayor servirá al menor». El menor de los hermanos era Jacob, el hombre de piel suave, que representa al hombre espiritual, el hermano mayor era Esaú, hombre velludo y tosco, que representa al hombre natural. Sabemos que al hijo menor, es decir a Jacob, le fué dada la bendición por parte de Isaac. En consecuencia lo puso por sobre su hermano mayor, tal como se indica en Génesis (25:23. El hombre espiritual en el ser humano parece no tener poder, pero Dios le ha dado la potestad sobre el hombre carnal desde su nascimiento.

    Acá están entonces, los dos hijos, el hombre natural o carnal y el hombre espiritual. Acá está el velludo Esaú, que representa al hombre carnal y acá está Jacob, el hombre de piel suave, que es el hombre espiritual, acá está Juan el bautista, que es la voz en el desierto, el que era salvaje y vivía con animales, que representa al hombre carnal y que debe darle el lugar al hombre espiritual representado por Jesús, Juan el bautista debe irse para que Jesús venga a cumplir la promesa de dios en el hombre. El hombre espiritual camina por fé, el hombre carnal camina por vista. El hombre espiritual acepta la voluntad de Dios y nada debe hacer aparte de aceptar con fe su voluntad, el hombre carnal no entiende la voluntad Dios y debe moverse y hacer cosas para complacer su voluntad lo cual indica solo que no conoce a su padre aún.

    Esta es una parábola que se demuestra a sí misma, el hombre carnal tiene su propia respuesta carnal, el hombre espiritual puede leer detrás de la parábola. Y ambos están en lo correcto de acuerdo a la perspectiva en que la están entendiendo.

    Y se deja sin responder cuál de los dos hizo la voluntad de dios, para que el velo del entendimiento sea develado por nosotros mismos.

    La reprimenda que Jesús les da al final, puede entenderse también de dos formas y también le da dos respuestas a la parábola.

    Puede entenderse como que la parábola va dirigida a ellos, es decir, dicen que harán algo pero no lo hacen, esa es la respuesta que ve el hombre carnal de los sentidos, y el otro significado es que les quiere decir que, cómo todavía no pueden entender el significado espiritual de la parábola, si tantas veces se les ha dado a entender la ley de Dios.

    De verdad es una obra maestra esta parábola, representa la dualidad del ser humano por donde se la mire. Cada uno leerá esta historia con el oído del hombre que esté más despierto dentro de nosotros mismos.

    Un abrazo.

  2. Diana Saldaña says:

    Dios les bendiga y les siga dando la sabiduría y y gracia para seguir enseñando gracias me fue de mucha bendición

Deje un comentario respetuoso. Tome en cuenta que esto no es un foro de debates, y no todos los comentarios son aprobados.

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