Siete caminos para el creyente

«Por vereda de justicia guiaré, por medio de veredas de juicio.» Prov. 8:20

Aunque todos los mortales somos criaturas de Dios, no todos son «hijos» sino aquellos que le aman y confían en su Nombre. Juan dice: «A todos los que le recibieron les ha dado poder de ser llamados hijos de Dios, esto es, a los que creen en su Nombre.» Y la declaración de Pablo es por el mismo estilo: «Todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, los tales son hijos de Dios.» Los dos apóstoles marcan una distinción al usar la palabra todos los que creen, y todos los que son guiados, para indicar con exactitud que fuera de estos, todos los demás no son hijos de Dios.

Dios es nuestro Padre, Cristo nuestro Salvador, y el Espíritu Santo nuestro Guía. En el libro de los Efesios hallamos las veredas de justicia que menciona el texto, y las cuales os invito a considerar, pidiendo a Dios que nos dé su ayuda para aprender lecciones prácticas y provechosas que aplicar a nuestra vida cristiana. Son siete los caminos mencionados en esta epístola, y sírvannos como introducción al estudio de hoy las siguientes palabras de la Escritura que están en consonancia con el asunto que nos ocupa:

«¿Quién es el varón que teme a Jehová? Enseñarle ha el camino que ha de escoger.» Salmo 25:12

«Y tus oídos oirán una voz a tus espaldas, (la conciencia) que diga: ¡este es el camino, andad por él! porque no echáis a la mano derecha, y porque no os desviéis a la izquierda.» Isaías 30:21

«Hacerte he entender, y enseñarte he el camino que andarás: sobre ti afirmaré mis ojos, No seáis como el caballo, como el mulo, sin entendimiento: con cabestro y con freno su boca ha de ser arrendada para que no lleguen a ti.» Salmo 32:8, 9

De Obediencia

I. — «A vosotros os dio vida cuando estabais muertos en vuestros delitos y pecados; en los cuales anduvisteis en otro tiempo, siguiendo la corriente del mundo, conforme al príncipe de la potestad del aire, el espíritu que ahora obra en los hijos de desobediencia.» Efesios 2:2

Antes andábamos en desobediencia, ahora nos conviene andar en obediencia. Antes ofendimos a Dios haciendo nuestra propia voluntad y obrando en desacuerdo con sus mandamientos. Ahora, si somos sus hijos y nos guía su Espíritu, debemos ceñirnos a sus preceptos y sujetarnos a él por la obediencia. La prueba de la obediencia se halla más bien en las cosas pequeñas que en las mayores. Por eso debemos ser obedientes aun en aquello que a nosotros nos parece insignificante. Obedientes para con él cada día, oyendo a la voz de su palabra. La primera ley que Dios dio al hombre fue la ley de la obediencia. Nos llamamos siervos de Dios, y el siervo obedece. La obediencia es la única evidencia infalible de nuestro supremo amor, porque así dijo Jesús: «El que me ama, mi Palabra guardará.»

De Dignidad

II. — «Yo, pues, preso en el Señor, os ruego que andéis como es digno de la vocación con que fuisteis llamados» Efesios 4:1

Es mejor vivir bien que hablar bien. Moody se ha referido ya a aquellos que «hablan como ángeles y viven como diablos,» pero los cristianos, los hijos de Dios, deben vivir bien, porque la gente se fija en nosotros, nos leen como si fuéramos cartas vivas, y no deberían hallar otra cosa en nosotros que una vida digna, pura, justa y agradable a Dios en todo. El cristiano está en el mundo, pero ya no es del mundo sino de Dios y debe distinguirse por llevar una vida diferente de la de los mundanos y digna de su elevada calidad como hijo de Dios, siendo un caballero el más cumplido, el más honrado, el más cuidadoso, el más sincero, el más limpio, el más contento, el más cortés, el más paciente, y eso para con todos, porque bastante es que haya llegado a ser aceptado como hijo del Altísimo, por la fe en Jesús, para que se esfuerce en ser aquí en el mundo el mejor padre, el mejor esposo, el mejor hermano, el mejor amigo, el mejor ciudadano, y el mejor en todo, porque Dios así lo quiere, y natural es que siendo sus hijos, y guiados por su Espíritu, esa noble dignidad inspire nuestros actos continuamente.

De Amor

III. — «Y andad en amor como también Cristo nos amó, y se entregó a sí mismo por nosotros por ofrenda y sacrificio a Dios de olor suave.» Efesios 5:2

Se hace aquí una patética alusión a la muerte de Cristo como a la muestra de infinito amor que debe inspirarnos a tener el espíritu de sacrificio y de generosidad. Nada es más impropio en los cristianos que el egoísmo. No puede un hombre llamarse hijo de Dios y vivir exclusivamente para sí, pensando sólo en sí mismo, agrandándose a sí mismo, y buscándose comodidades, ventajas, bienestar y ganancias tan solo para sí. Esa misantropía que por desgracia llega a afectar a los creyentes es incompatible con el carácter cristiano y sólo logra arruinarnos y separarnos del camino de amor en que debemos andar. En otra parte la Escritura nos exhorta a tratarnos como hermanos, siendo compasivos, tiernos y corteses.

El amor suaviza nuestros modos y endulza nuestras palabras. ¡Seremos tan distintos de lo que éramos antes de ser hijos de Dios! Amantes de ayudar y de servir, pero no de lengua sino de corazón sincero; listos para dar la mano al caído; prontos para acudir en auxilio de los necesitados, y tardíos para el enojo, y para la murmuración; cuidadosos de no ofender con nuestros hechos, y ansiosos por aprender a refrenar nuestra lengua; mansos, inteligentes para el bien, torpes y asustadizos para el mal, sensibles para lo que atañe a la conciencia, y duros para resistir con vigor las tentaciones.

De Sentido Común

IV. — «Mirad, pues, que andéis avisadamente: no como necios, mas como sabios, redimiendo el tiempo porque los dios son malos.» Efesios 5:15

Dice un proverbio: «Si amas la vida y quieres aprovecharla, economiza el tiempo, porque de tiempo se compone la vida.» Y para esto hay que echar mano del buen juicio, a donde el Espíritu de Dios nos conduce por su influencia y poder, para que llevemos una vida recta, ordenada, y no marcada con el desasosiego y la inútil actividad en que se consume la existencia de los que viven sin Dios, y sin esperanza en el mundo.

Oímos a muchos decir «no tengo tiempo para orar; no tengo tiempo para leer mi Biblia; no tengo tiempo para ir a la iglesia; no tengo tiempo para visitar a los enfermos.» Por lo general los que así dicen no son, como pudiera suponerse, personas ocupadas y esclavas del deber y de las atenciones más urgentes y absorbentes de todas las energías ¡No! Es casi seguro que esas personas son generalmente todo lo contrario: son desarregladas, tienen hábitos de pereza y jamás se dan lugar para nada que sea de provecho. Pero dadles un boleto para el teatro y siempre tendrán tiempo para acompañaros, invitadlas a un baile y les sobrará tiempo para ir, aunque para ello séales preciso pasarse la noche en vela, habladlas de un día de campo y lo acogerán con entusiasmo y hasta os sugerirán que en vez de uno lo hagáis dos. Estas personas no «andan avisadamente» haciendo uso del buen sentido y echando mano de las virtudes comunes para triunfar cada día en la empresa de vivir una vida noble tal como conviene a los hijos de Dios. No es posible negar que las gentes de veras ocupadas son las que saben ordenar y distribuir bien las horas y minutos y son las que mejor pueden disponer de tiempo para trabajar, tiempo para leer, tiempo para orar, tiempo para visitar, tiempo para descansar y tiempo hasta para recrearse y divertirse pero los que no andan avisadamente son los que no tienen tiempo para nada sino para los placeres, y viven en un continuo festín, locas por el teatro, salen de uno y entran en otro, salen de aquí y van allá, después del baile al banquete, y después del cabaret a la tertulia, y se pasan la vida sin pensar en nada serio, sin alzar sus ojos al cielo, ni elevar sus meditaciones al mundo de más allá hacia donde nos dirigimos con acelerada carrera desde que comenzamos a vivir. La vida es solo un puente que nos conecta con la eternidad. Y como puente debemos pasar por ella sin detenernos aquí complacidos y olvidados del destino a donde nos conduce. Pero si no andamos avisadamente en este camino marcado por el texto, seremos como los necios que en ese puente, es decir en la vida efímera, hallan el todo de sus almas y aquí gozan y aquí viven como si fueran a ser eternos en el mundo y como si no tuviesen un fin en su carrera.

De Rectitud

V. — «Esto, pues, os digo y amonesto en el Señor: que no andéis más como los gentiles, que andan en la vanidad de su mente, teniendo ofuscado su entendimiento, extraños a la vida de Dios por la ignorancia que hay en ellos, por la dureza de sus corazones; y quienes, perdido ya todo sentimiento de vergüenza, se entregaron al libertinaje para cometer con avidez toda suerte de impureza.» Efesios 4:17-18

Si ya somos hijos de Dios, nos corresponde seguir el camino derecho y dejar el torcido de los que no conocen a Dios. Es nuestro camino completamente distinto de aquel que siguen los mundanos. Ellos aman sus maldiciones, nosotros nuestras bendiciones; ellos sus violencias, nosotros la mansedumbre; ellos el fraude, nosotros la sinceridad; ellos la ira y nosotros la paz; ellos la injusticia y nosotros la rectitud; ellos el mal y nosotros el bien; ellos el mundo y nosotros el cielo!

Fijaos en que Pablo mismo cuando era perseguidor de los creyentes decía que «pidió cartas para que si hallase a hombres o mujeres de ese camino los llevase presos a Jerusalén.» Se demuestra así que hay una marcada diferencia entre la vida de los que son hijos de Dios y las de los que no lo son.

Más tarde, Pablo una vez convertido en apóstol del Señor, juntamente con sus compañeros se ocupaba en declarar más particularmente «el camino del Señor.»

Al convertirnos a Dios él espera un cambio en nosotros, la iglesia espera un cambio, y el mundo espera un cambio. Ese es el más pleno significado de la regeneración. Dejar el camino torcido del mundo, y andar en el camino recto que conduce a la santidad y a la vida eterna.

De Luz

VI. — «Por tanto, no seáis participes con ellos; porque en otro tiempo erais tinieblas, mas ahora sois luz en el Señor. Andad como hijos de luz, (pues el fruto de la luz, se halla en la bondad, justicia y verdad.») Efesios 5:7

Andad como hijos de luz. ¿Es esto poesía? ¿Es ficción? El apóstol contesta: el camino de luz es bondad, justicia y verdad. La luz en el prisma se descompone en los siete colores primarios: rojo, anaranjado, amarillo, verde, azul, índigo y violeta. Pero en estos en rigor se reducen a tres: que son rojo, amarillo y azul. Y de ellos, nace la infinita variedad de tonos y matices que se reproduce en las flores de los campos y en todas las cosas de la naturaleza. Los colores primarios de la luz de Cristo son estos: bondad, justicia y verdad. Y de estas se desprenden todas las gracias y virtudes que adornan el corazón de los cristianos. La bondad es el alma del amor. Es la santificación del corazón con todos sus afectos, gobernado y renovado por Cristo. La justicia es la santificación de la conciencia, haciéndose sensible y pura. La verdad es la santificación del carácter. Es la profundidad de donde nacen y se afianzan la bondad y la justicia. La imagen de Dios en nosotros está representada por estas tres sublimes cualidades de bondad, justicia y verdad.

Como hijos de tinieblas hicimos el mal, vivimos en la injusticia, y amamos la mentira. Pero ahora siendo hijos de luz y habiendo hallado el camino de luz, nos conviene practicar la bondad, ser justos y hablar siempre verdad. En el capítulo cuatro de este mismo libro de Efesios, hallamos en la parte final estas palabras que pueden ser citadas aquí como el más elocuente comentario: «Por lo cual, dejando la mentira, hablad verdad cada uno con su prójimo; porque somos miembros los unos de los otros. Airaos y no pequéis: no se ponga el sol sobre vuestro enojo; ni deis lugar al diablo. El que hurtaba, no hurte más; antes trabaje, obrando con sus manos lo que es bueno, para que tenga de qué dar al que padeciere necesidad. Y ninguna palabra podrida salga de vuestra boca; sino antes la que es buena, para edificación, para que dé gracia a los oyentes. Y no contristéis al Espíritu Santo de Dios, por el cual estáis sellados para el día de la redención. Toda amargura y enojo, y gritería y maledicencia sea quitada de entre vosotros, y toda malicia. Mas sed los unos con los otros benignos, compasivos, perdonándoos los unos a los otros, como también Dios os perdonó en Cristo.»

De Buenas Obras

VII. — «Porque hechura suya somos, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios ordenó antes para que anduviésemos en ellas» Efesios 2:10

Este camino de buenas obras está ordenado no para que seamos salvos por ellas, sino porque nos conviene hacerlas porque ya somos salvos. Cristo es nuestro modelo supremo. ¿Y cómo anduvo él? «El anduvo haciendo bienes.» ¿Y cómo deben andar los que son de él? La Escritura torna a responder: «El que dice que está en él debe andar como él anduvo.»

Andemos pues en buenas obras. Esto agrada a Dios y nos hace a nosotros mucho bien. Nos asemeja a nuestro Padre el cual es benigno y compasivo. Hagamos limosnas, visitemos a los enfermos y a los presos, y esforcémonos a avanzar por este camino demarcado en nuestra peregrinación hacia el cielo. Cuando el ángel habló a Cornelio le dijo: «Tus oraciones y tus limosnas han subido delante de la presencia de Dios.» No solamente tus oraciones sino también «tus limosnas.» Y eso se puede decir de todas las obras buenas que hagamos en nuestra vida cristiana.

Cristo Jesús anduvo en todos estos caminos y fue perfecto. Nosotros tenemos la orden divina de imitar a él, y de seguir sus pisadas, para acercarnos a su perfección.

Leamos con cuidado estas instrucciones de la Palabra de Dios y sigámoslas como la guía del viajero que lleva este camino seguro y recto que nos conduce a la presencia eterna del Padre en los cielos.

El Faro, 1917

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