El rey Uzías y el peligro del éxito

Hay un gran peligro en el buen éxito de los hombres, aun cuando se trate de los hijos de Dios. Las palabras del Señor a Baruc: «¿Y tú buscas para ti grandezas? No busques», penetran profundamente en nuestros corazones. No podemos confiar en nosotros mismos. Ésta es una verdad que nos humilla, y por ser ésta una cosa cierta, es de gran importancia que solamente Cristo y su gloria sean el objeto de nuestras almas en cualquier servicio que intentemos hacer para Dios.

El rey Uzías (como se le llama en el segundo libro de las Crónicas, cap. 26), o Azarías (cuyo nombre se le da en segundo de los Reyes, 14:21), es una sorprendente ilustración del peligro que hay para los hombres cuando tienen buen éxito en las obras emprendidas. El rey Uzías empezó bien su carrera, pero terminó muy mal. Sucedió en el trono a su padre Amasías a la temprana edad de dieciséis años, y desde el principio el joven rey buscó al Señor. «Y persistió en buscar a Dios… y en estos días que él buscó a Jehová, Él le prosperó», (2 Crónicas, 26:5).

Es digno de atención el que un joven de esa edad se declarara abiertamente amigo de Dios y de su verdad. No hay la menor duda de que el alma de Uzías pasó por una gran obra de gracia, seguramente como resultado de la instrucción recibida por su padre, quien, a pesar de una considerable falta de sabiduría, fue un hombre cuyos caminos, en general, tuvieron la aprobación de Dios. La mención del nombre de su madre como «Jecolías de Jerusalén», podría indicar que probablemente ella fue la que guiara a su hijo en sus primeros años, dirigiendo sus pasos en el camino de la justicia trazado por el Dios de los Israelitas. Es un gran privilegio para un niño el tener como herencia padres piadosos, ¡Qué admirablemente vemos esto en la vida de muchos de los héroes de la fe en la Palabra de Dios, y en cientos de hombres cristianos en nuestros tiempos!

Pero, además de la ayuda de sus padres, Uzías tuvo un gran varón de Dios que influyó grandemente en su vida. Este hombre era Zacarías, «entendido en visiones de Dios». No sabemos mucho de este hombre de visión profética, porque al parecer no se menciona en ninguna otra parte de la Biblia. Se nos dice que mientras él vivió, todo iba bien con Uzías. Evidentemente, Uzías era un hombre que le hacía falta ser aconsejado y ayudado, y en Zacarías encontró el joven rey el consejero que necesitaba. El peligro para Uzías vino cuando, faltándole Zacarias, tuvo que depender de sí mismo; aunque ningún hijo de Dios ha de depender nunca de otra cosa, sino del poder de Dios.

Por algún tiempo, la vida de Uzías fue una vida de grandes triunfos, como pocos reyes de Israel conocieron. Él fue a la guerra y salió victorioso en todas las batallas. Por medio de sus proezas Judá se apropió de nuevo parte de la gloria perdida en los días de David y Salomón. Edificó torres de defensa en el desierto, alargando así los confines del país, y cavó muchos pozos para refrigerio del ganado y bendición del pueblo. En el arte de la agricultura, Uzías también fue activo; tuvo placer en la labranza de la tierra y en que ésta produjese alimento y alegría. Su tierra no era como la heredad del hombre perezoso produciendo espinas y ortigas, sino como la labranza del diligente recibiendo bendición de la mano de Dios.

Todo esto ha de ser como una advertencia y ha de hablarnos a nosotros, que estamos llamados a luchar por la fe en estos días de tanta dificultad. Como el rey Uzías nosotros debemos de ocuparnos de la defensa del Evangelio, Dios nos ha llamado a que contendamos eficazmente por la fe que ha sido una vez dada a los santos. Tenemos que alimentarnos y ser edificados con palabras de sana doctrina. No es éste el tiempo para andar despreocupado o indiferente tocante a la verdad de Dios, ese gran depósito que nos ha sido encomendado. Hay enemigos por todas partes que tratan de robarnos la herencia que nos pertenece; pero mientras sigamos dependiendo del Señor, alimentándonos de su Palabra y consagrados a sus intereses, podremos estar ciertos del triunfo y de la victoria sobre cada enemigo.

Uzías se daba cuenta de la importancia de este principio; «Si quieres la paz, prepárate para la guerra». Por lo tanto, fortificó a Jerusalén y a las otras ciudades de Judá. Proveyó almacenes para alimento en caso de que el país fuese sitiado. También tenía un gran ejército de trescientos siete mil quinientos hombres mandados por jefes valientes y esforzados que ascendían a dos mil seiscientos; un ejército, leemos, de «guerreros poderosos y fuertes para ayudar al rey contra los enemigos» (versículo 13). Y no hemos de pensar que ese ejército era una multitud desorganizada, sino que era un ejército bien enseñado y propiamente equipado. Un ejército sin municiones sería, por cierto, un gran fracaso enfrente del enemigo; pero es de temer que muchos en el ejército del Señor hoy día no están provistos con armas suficientes y adecuadas para hacer frente a los enemigos espirituales. «No tenemos lucha contra sangre y carne», leemos en Efesios, 6, «sino contra principados, contra potestades, contra señores del mundo, gobernadores de estas tinieblas, contra malicias espirituales en los aires». Y para resistirlos tenemos que tomar toda la armadura de Dios. Todo esto parece advertirse en las preparaciones que Uzías hizo para equipar propiamente su gran ejército, y como resultado de su previsión fue de victoria en victoria en feliz dependencia de su Dios.

No sabemos por cuántos años Uzías continuó en esta vida ordenada y piadosa; pero en el versículo 15, encontramos una ruptura en su feliz historia: «Fue ayudado maravillosamente hasta que se hizo fuerte». Mientras Uzías se consideró pequeño, Dios le dio triunfo tras triunfo; pero cuando se creyó fuerte, se olvidó, en cierto sentido, de que sus victorias no eran obra de sus proezas y que todo lo que era y lo que tenía le había sido dado por Dios. «Más cuando fue fortificado, su corazón se enalteció hasta corromperse; porque se rebeló contra Jehová, su Dios, entrando en el templo de Jehová para quemar sahumerios en el altar del perfume» (versículo 16).

Es evidente que había algo obrando en el corazón de Uzías que hasta entonces no se había manifestado. Su mismo triunfo había criado cierto grado de satisfacción propia con un deseo de propia exaltación. ¡Qué gran amonestación es ésta para cada uno de nosotros! ¿Quién puede confiar en su propio corazón? Nuestra naturaleza es tan corrompida que, aun las bendiciones de Dios sobre nuestro servicio, pueden traer orgullo a nuestros corazones si no estamos a cada momento en completa comunión con Dios, el que nos ha llamado para ministrar en las cosas santas. Es muy fácil para nosotros olvidar que no hay poder ni suficiencia en nosotros mismos, «sino que nuestra suficiencia está en Dios, el cual, asimismo, nos hizo ministros suficientes de un nuevo pacto» (2 Cor. 3:5, 6). Por lo tanto, no tenemos ninguna razón para vanagloriarnos de ninguna cosa que hagamos, porque, ¿no ha dicho nuestro bendito Salvador «sin mí nada podéis hacer»?

Pero Uzías se olvidó de esto. Tan acostumbrado estaba al triunfo, que parece que llegó al punto de creer que todo lo que él hiciera había de estar bien hecho, y sería reconocido por Dios. Él debía de haber sabido que era privilegio exclusivo de los sacerdotes el quemar incienso en el Lugar Santo. Pero deliberadamente quiso usurpar este servicio sacerdotal, aunque él no tenía ningún derecho a ello. Eso de que Dios hubiera llamado a otros a hacer algo en lo que él no pudiera participar, era hiel y amargura para el altivo rey. En lugar de contentarse en usar sus propios dones en sumisión al Señor y así llenar el lugar para el cual había sido designado, su naturaleza impaciente hizo que deseara aquello que Dios le había prohibido.

En vano Azarías, el sacerdote, trató de demostrar al rey su error. Él no sería humillado ni estorbado por persona alguna. Dios había declarado que nadie sino el ungido sacerdote se acercara al Lugar Santo a ofrecer perfume. Uzías era rey, pero no sacerdote; por lo tanto, su persistencia en asumir el puesto de sacerdote era rebelión contra el Dios mismo. Azarías fielmente le advirtió y amonestó, reprendiéndole en el nombre de Jehová. Pero todo fue en vano. Henchido de vanidad, el rey no pudo ser persuadido; y así, molesto y enfadado, tomó el incensario y procedió a llevar a cabo su intento.

Entonces Dios intervino. Cuando el rey en su soberbia se adelantaba a mezclarse con la compañía sacerdotal, la terrible lepra apareció en su frente. En aquel momento fue herido del Señor, como le sucedió a Miriam y a Giezi algún tiempo antes. No era necesario ahora que el sacerdote le echara fuera, porque él mismo «se dio priesa a salir», dándose cuenta en aquel momento de quién había sido el que había puesto su mano sobre él.

La ley de la lepra en Levítico 13, hace distinción entre la lepra del cuerpo y la lepra de la cabeza. Las dos hablan del pecado: la primera en la concupiscencia de la carne, la otra en su forma más sutil menos desagradable a la vista del hombre, pero aún más abominable a la vista de Dios, la concupiscencia del intelecto. Éste fue el caso de Uzías. Su intelecto fue exaltado por su vida de triunfos. Por eso fue herido en la cabeza.

Hasta el día de su muerte Uzías habitó lejos de la congregación del Señor, fue excluido de la casa de Jehová y así permaneció hasta el fin de sus días como un triste testimonio de la verdad divina de que Dios no puede ser burlado. Él será santificado en aquéllos que se acercan a Él. La historia nos dice que Jotam, el hijo de Uzías, reinó en lugar de su padre. Esto, naturalmente, implica que mientras Uzías vivía todavía, incapaz de cumplir el oficio real por causa de su necedad, su hijo fue hecho regente y tomó las riendas del gobierno en lugar de su padre. Si dejamos volar nuestra imaginación podemos imaginar a Uzías enfermo y abatido, sentado en frente de su casa aislado de todos, un leproso inmundo, mirando hacia la ciudad de Jerusalén, diciéndose: «Yo debía de estar allí, reinando y gobernando a mi pueblo; yo fui ungido rey sobre Israel, pero aquí estoy desechado de los hombres y de Dios, y todo por mi voluntad envanecida y mi necedad». O también podíamos imaginar al ejército de Israel marchando a la batalla, estando Jotam, el príncipe regente, al frente de él, mientras Uzías los miraba de lejos, con su corazón lacerado por el dolor, y exclamando angustiado: «Soy yo el que debía guiar a ese ejército; soy yo el que debía pelear contra los enemigos de Jehová: pero he aquí, tengo que permanecer inmóvil como uno que ha sido desaprobado de Dios, apartado a un lado, porque me olvidé de que Dios puede humillar a los que andan con soberbia». Pensad en la pérdida ocasionada al pueblo de Israel por el pecado del rey Uzías. Y al pensar en ello, temblemos, no sea que nosotros también tengamos que probar la verdad de las palabras: «La soberbia precede a la destrucción, y el espíritu altivo va delante de la caída».

Fue en el mismo año de la muerte del rey Uzías cuando Isaías vio a Jehová, según el relato de Isaías 6:1. ¡Qué diferente fue la actitud de los dos hombres! Uno, el profeta, tomando la actitud del leproso, cubriendo su cara y gritando: «Inmundo». El otro tomando el lugar de un sacerdote santo, introduciéndose en la presencia de Dios y hecho por esto un leproso. Uzías fue enterrado en el campo de los sepulcros, pero a mi juicio no en el sepulcro de los reyes, «porque dijeron: Leproso es» (versículo 23).

Su vida temprana de dependencia en Dios, su fracaso terrible, su juicio y su muerte hablan a una a nuestras almas. Que el Señor nos dé su gracia para imitar sus virtudes y evitar su error, y que así podamos ser guardados en la mano de nuestro Dios para bendición, y no tengamos que caer bajo su castigo por nuestra soberbia y desobediencia.

España Evangélica, 1935

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