¿Cómo se visita a los afligidos?

Partimos del principio de que esta no es una obligación especial de los ministros u oficiales de la iglesia, ni es un don particular de ciertas personas nada más, aunque es cierto que Dios puso en la iglesia dones de sanidades, ni es cuestión de temperamento de los hermanos, nada de eso; el visitar a los afligidos es un deber sagrado, ineludible, que tienen todos los verdaderos cristianos, y, al mismo tiempo, es un lazo amoroso y fortísimo con que el Señor liga estrechamente a sus hijos; y, cosa rara, a veces este es un canal de bendiciones para los visitantes tanto o más que para los afligidos.

Este sagrado deber comprende a todos los miembros de las iglesias, a los reyes así como a los infelices del cuerpo de Cristo. Todos tienen día u hora para ver a sus hermanos que sufren, con tal que tengan corazón.

El mundo en su afán de aparentar una simpatía y un amor que está muy lejos de sentir, ha inventado un ceremonial para llenar el expediente y salir del paso, y que cuando se atreve a querer cubrir el lugar sagrado de la fraternidad evangélica, no hace más que ponerse en evidencia.

Convenimos por supuesto en que hay casos de familia en que las visitas son importunas, y entonces una carta llevada por mano de confianza, desempeña muy buen papel; otras veces las enfermedades transmisibles o las órdenes terminantes del doctor, nos impiden llegar al hogar de los que sufren, pero entonces las familias de los afligidos deben llamar nuestra atención.

Trataremos ahora de los enfermos, tratándolos, en cuanto sea posible, como tipo de la mayoría de los afligidos.

Hay dos clases de visitas, se puede decir: la oficial y la espontánea. La primera se lleva a cabo de parte de la Iglesia, del pastor, de la «Escuela Dominical» o de la «Sociedad» y por regla general se efectúa entre dos extraños y por consiguiente estas visitas revisten cierta frialdad, a lo menos la primera vez. La segunda se compone de amigos, de compañeros o hermanos mutuamente conocidos; estas visitas son las mejores porque desde el principio revisten una familiaridad genuina y una sana cordialidad, aun cuando las circunstancias sean solemnes.

Sería bueno que los pesimistas, aquellos «consoladores molestos» que son capaces de venir del último rincón del mundo para cavilar y agravar la situación de los afligidos, que ellos tengan otro lugar en la iglesia que no sea el de visitar o los que sufren, por desgracia.

Otro tanto decimos de los platicones, aquellos que después de hablar por dos horas consecutivas, todavía le dicen al paciente: «usted dispense el ratito,» o le hacen esta amenaza, diciendo: «otra vez que tenga mayor tiempecito, vendré por acá a visitar a usted.» Estamos seguros que un buen pastor siempre tendrá algún trabajo manual que encomendar a estas buenas personas que tienen el don de hablar.

Hasta ahora no se sabe que los niños de las Escuelas Dominicales hayan recibido este encargo, y con sobra de razón, pues para consolar, dice San Pablo, que lo hemos de hacer «con aquellas consolaciones que nosotros mismos hayamos sido consolados,» y los niños no han pasado por esta dolorosa experiencia, por regla general. Pero lo que se debe tener en cuenta al hacer esta clase de visitas que siempre han de revestir un carácter solemne, es, que los niños de la casa no frustren el éxito de estas visitas, pues sucede con mucha frecuencia que parece que los niños son aconsejados: ya chillan, ya ríen estrepitosamente, o bien están saliendo y entrando, o subiendo y bajando a las faldas de la madre, y por eso muchas visitas no han dado su excelente resultado; en consecuencia sería bueno que al visitar a una persona afligida, en los momentos de celebrar el culto, se suplicara a los dueños de la casa,
con todo el cariño y la dulzura posibles, que por breves momentos se lleven al niño o niños a otro lugar.

El párrafo anterior nos obliga naturalmente a decir cuánto tiempo han de durar estas visitas: de diez a quince minutos, cuando más, y para esto no se han de leer capítulos enteros de la Biblia, ni aun de los más hermosos, al contrario, palabras, versículos o pasajes pequeños, que consuelen, que fortalezcan, que confirmen, que infundan valor en las pruebas; sobre todo, que inspiren confianza plena, como la merece nuestro buen Padre celestial, sean cuales fueren las circunstancias que rodeen a los que sufren. Lo que decimos de las lecturas bíblicas tenemos que decir de los himnos, si fuese posible leerlos o cantarlos, se deben escoger estrofas que se refieran particularmente a Cristo nuestro perfecto Salvador. Antes de cantar o leer se deben subrayar con el tono de voz o de cualquiera otro modo, las palabras que traten de Jesús como nuestro infinito Salvador. En este punto es donde se debe hacer todo el hincapié posible, no descansando hasta que de algún modo nos convenzamos de que el afligido no tiene otra esperanza, ni otro apoyo de su fe sino el de Cristo. Hay un adagio ranchero que dice que «donde se cree que hay carne no hay ni garabatos,» y esto es lo que pasa entre nosotros luego; suponemos que los misioneros, los ministros, no necesitan ayuda espiritual, y esto es un error muy grande; ellos son hombres como los demás, tienen sus tentaciones, sus flaquezas y necesitan auxilios como cualquiera hijo de vecino. Yo oí decir a un misionero en un culto de experiencias que hacía tiempo había suprimido el culto familiar. Una de las más prominentes misioneras confesaba en otra ocasión que ella al salir de su país había sido movida de un espíritu misionero genuino, pero que al llegar a México lo había perdido desgraciadamente. A uno de nuestros misioneros más notables, alcanzado por una prueba ciertamente muy severa, al irlo a visitar hacía temblar nuestro corazón, al oírlo filosofar y raciocinar de tal modo, que llegaba a los meros límites de la desesperación o la negación de Dios. Pero gracias al Todopoderoso que al concluir aquella breve entrevista, sin que ninguno le ayudáramos sino la gracia divina, volvió sobre sus pasos, reconociendo plenamente la soberanía de Dios sobre todas sus criaturas, y reconociendo igualmente la sabiduría infinita de la providencia divina. Pues esto nos prueba que las personas más piadosas necesitan de las tiernas simpatías de sus hermanos y las poderosísimas consolaciones del Espíritu de Dios. Acordémonos de Job.

Varias veces hemos oído a las mujeres protestar porque no se les permite predicar, ni ejercer autoridad en la iglesia, alegando que hay personas de su sexo tan inteligentes y piadosas como muchos de los ministros que se conocen, y en verdad que la palabra no les concede estos privilegios por buenas y sabias que sean; pero en cambio les presenta un campo vastísimo, un reino muy grande donde desarrollar sus aptitudes, especialmente donde desplegar toda la ternura y toda la sensibilidad natural con que el Señor las dotara, y ¿cuál es ese campo? el que siempre se halla ocupado por el dolor y la desgracia, allí está su noble esfera de acción: socorrer a los pobres, consolar a los afligidos, enjugar las lágrimas de los que lloran, sin esperar comisiones ni nombramientos, ellas deben ir a donde el dolor las llama. Compadecemos de veras a esa multitud de mujeres que cuando sus semejantes y tal vez sus mismos parientes, se debaten en el lecho del dolor, ellas están encerradas en los claustros, aprendiendo a hacer dulces y pasteles para el regalo de los obispos y curas. Ni el Divino Maestro ni sus apóstoles hicieron esto, ni lo autorizaron jamás.

¿Quién de nuestros lectores podrá imaginar siquiera, que tan sagrado deber para con los que sufren excluye a los ministros del santuario? Ninguno ciertamente, al contrario, todos creemos que este es uno de sus deberes principales, pues el pulpito, la música, la tesorería de la iglesia, la redacción del periódico, todo esto lo puede encargar a otras personas, pero sus visitas consolatorias, a nadie. La máquina de escribir nos puede prestar buenos servicios a veces, el teléfono nos dirá cuáles son las visitas del día, un criado atento, puede pasar alguna vez un recado urgente; pero nada de esto puede suplir la presencia del ministro, ni los auxilios pecuniarios por cuantiosos que ellos sean; el calor de la mano, las lágrimas que riega en la casa del dolor, sus trémulas palabras con que intercede por sus queridas ovejas; tienen una influencia poderosa en el corazón de su rebaño, por eso la compañía de los hambrientos, de los huérfanos, de los que lloran, ese es su lugar de honor.

El Faro, 1917

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