Doctrina bíblica sobre la ordenación al ministerio

Pablo en su carta a los Efesios, cap. 4:11, dice que Cristo «dio unos, ciertamente apóstoles; y otros profetas; y otros evangelistas, y otros pastores y doctores; para perfección de los santos, para la obra del ministerio, para edificación del cuerpo de Cristo». El mismo apóstol en su discurso a los ancianos de la iglesia de Éfeso (Hechos 20:28) dice: «mirad por vosotros y por todo el rebaño en que el Espíritu Santo os ha puesto por obispos, para apacentar la iglesia del Señor». Tanto estos pasajes como otros muchos, muestran claramente que los ministros del evangelio deben recibir su llamamiento primero de Dios, quien los ha apartado no para formar una casta especial, con privilegios y poderes extraordinarios, sino para desempeñar un servicio especial en la iglesia del Señor: apacentarla y dirigirla.

Pero si bien el llamamiento al ministerio debe proceder de Dios, es el deber de las iglesias reconocer dicho llamamiento cuando se presente la evidencia de su existencia y consagrarlo públicamente mediante su voto y ordenación, al modo que la iglesia de Antioquía reconoció el llamamiento de Pablo y Bernabé para la obra misionera a que el Señor los había llamado.

«Ordenación», dice el Sr. Strong [de la concordancia], «es el apartamiento de una persona divinamente llamada a una obra de ministración especial en la iglesia. No envuelve la comunicación de poder alguno, es simplemente el reconocimiento de poderes conferidos previamente por Dios, y una autorización formal consiguiente, de parte de la iglesia, para ejercer los dones ya otorgados. Éste reconocimiento y autorización no sólo debe expresarse por medio del voto con que el candidato es aprobado por la iglesia, o el concilio que la representa, sino que debe ser también acompañado por un servicio especial de amonestación, oración e imposición de manos».

Verdad es que la palabra «ordenar» nunca denota en el Nuevo Testamento la ceremonia eclesiástica de la ordenación. En diferentes versiones de la Biblia se traducen por «ordenar» diferentes palabras griegas. Ejemplos: Marcos 3:14; Hechos 1:12; 15:3; 1 Timoteo 2:7; 2 Corintios 8:19; Hechos 10:41; 14:23; y Tito 1:5. Aún en lugares como Hechos 14:23 y Tito 1:5, en los que se trata de nombramientos de pastores de iglesias, el término no se refiere a una ceremonia formal de ordenación, sino más bien a la elección de ciertas personas para un oficio sagrado, aunque en estos últimos textos hay claras indicaciones de que tal elección era acompañada de un servicio especial. Esto último es mucho más claro en diferentes pasajes en los que, aunque no se emplea el término «ordenar», se describe como con más o menos detalles la práctica seguida en tiempo de los apóstoles en la elección de los oficiales de las iglesias.

Estudiamos algunos de estos pasajes:

1. En Hechos 6:1-6, se refiere el caso de la ordenación de los diáconos de la iglesia de Jerusalén. Se dice que la iglesia procedió a hacer esta elección por consejo de los apóstoles, que la sometieron a su aprobación, y que manifestaron esta con un acto sencillo y solemne de consagración de los siete, orando y poniéndoles las manos encima. Que de manera semejante eran elegidos los pastores, lo muestran los pasajes siguientes:

2. En Hechos 13:1-3 se menciona la ordenación de Saulo y Bernabé para la obra misionera. Notamos en este pasaje que el llamamiento procedió de Dios, quien por medio que no se indica, lo dio a conocer a la iglesia de Antioquía, la que por medio de su presbiterio, reconoció públicamente el llamamiento divino y con oración e imposición de manos los envió a la obra que Dios les había señalado.

3. El tercer caso es el de la ordenación de Timoteo, a quien escribiendo Pablo (1 Timoteo 4:14) dice: «no menosprecies el don que está en ti, que te es dado para profetizar, con la imposición de las manos de los presbíteros». El don venía de Dios; pero terminantemente declara que había sido reconocido públicamente por medio de la imposición de las manos del presbiterio; esto es, de los pastores o ancianos de la iglesia.

4. También se hace alusión a la ordenación de Timoteo en 2 Timoteo 1:6; «Te amonesto que despiertes el don de Dios que está en ti por la imposición de mis manos», aunque pudieran referirse estas palabras a otra ocasión, quizá al tiempo en que Timoteo después de su bautismo, recibió el don del Espíritu Santo por la imposición de las manos del apóstol. Sin embargo, la semejanza del lenguaje empleado en este lugar con el del texto citado antes, me hace creer que se refiere a su ordenación, y así opinan los comentadores que he consultado. Pablo fue uno de los miembros del presbiterio que ordenó a Timoteo. En relación con este punto se presenta una cuestión importante: «¿qué relación hubo en el caso de Timoteo entre la imposición de las manos del apóstol y el don recibido por Timoteo? Creen algunos que el texto significa no que la imposición de las manos de Pablo confiera el don, sino que sólo fue el reconocimiento de su existencia. Puede ésta ser la interpretación correcta de 1 Timoteo 4:14, en donde se habla de la imposición de las manos de los presbíteros; pero la preposición usada aquí «por» (día, en griego) expresa medio. El don fue recibido no sólo «con» sino «por medio de» la imposición de las manos del apóstol. Timoteo tenía ya cierto don para el ministerio, como lo indica la relación de Hechos 16:1-3, pero por la imposición de las manos del apóstol, este don fue exaltado y hecho de carácter sobrenatural. No hay evidencia de que otros que no fueran apóstoles tuvieron entonces ni después tal poder.

5. En 1 Timoteo 5:22, Pablo da a Timoteo el consejo: «no impongas de ligero las manos a ninguno», palabras que, aunque de discutida significación, parecen dar a entender que debe tenerse sumo cuidado en la ordenación de ministros y diáconos, y que aluden a la vez a la ceremonia de imposición de manos que formaba parte de tal ordenación.

De las anteriores consideraciones deducimos:

1. Que para la obra del ministerio se considera indispensable un llamamiento divino especial.
2. Que las iglesias juzgaban de la idoneidad y aptitudes de los candidatos al ministerio, por medio de una junta de presbíteros (término equivalente a obispos o pastores).
3. Que de una manera solemne, con oración e imposición de las manos de los presbíteros, eran oficialmente reconocidos y separados o consagrados para su obra.

La iglesia romana ha convertido la sencilla ceremonia de la ordenación en un sacramento, al que da el nombre de orden sacerdotal, y al cual atribuye virtudes milagrosas. Enseña que en virtud de la ordenación el nuevo sacerdote recibe el poder milagroso de cambiar los elementos de la eucaristía en el mismo cuerpo y sangre de Cristo, y la facultad de perdonar los pecados. En refutación de este dogma basta decir que en ninguna parte del Nuevo Testamento se da el nombre de sacerdotes a los ministros; que el dogma de la transubstanciación carece por completo de fundamento bíblico como también el de la absolución por el sacerdote. No, la ordenación no tiene más objeto que reconocer oficial y públicamente la vocación divina de una persona para hacer una obra de administración especial en la iglesia.

Tanto la iglesia romana como la episcopal, enseñan que la ordenación no es válida si no es dada por los que la han recibido a su vez por conducto de una sucesión no interrumpida de ministros desde el tiempo de los apóstoles. Si admitiéramos este principio, ningún ministro, ni de la iglesia romana, ni de otra alguna, podría asegurar que su ordenación es válida, pues no hay quien pueda probar que tal sucesión no interrumpida existe. Y aunque existiera, ¿cuál de todas las iglesias que la pretenden—la católica, la griega, o la episcopal—es la que puede efectivamente comprobar que ha sido la iglesia heredera de tal sucesión?

Nosotros creemos que antes del concilio es la iglesia la que ordena a su ministro, dándole unánimemente su voto de aprobación y reconocimiento de los dones que posee, para que los ejerza en la administración de la iglesia. La convocación de un concilio en el que estén representadas otras iglesias, es cuestión de conveniencia y buen orden, pues de este modo la iglesia que ordena a su pastor, se siente más satisfecha de la vocación del que va a desempeñar tal elevado encargo, y el nuevo ministro recibe con el voto del concilio la sanción de todas las iglesias, las cuales podrán estar seguras de que predicará en verdad las doctrinas del evangelio, y reconocerán sus trabajos y aceptarán en caso dado, sus servicios.

En cuanto al acto especial de imponer las manos al que es ordenado, podemos decir que era la costumbre general en las iglesias del Nuevo Testamento, y su objeto, no la concesión de dones, sino manifestar simbólicamente la aprobación y consagración del ministro del evangelio. La imposición de manos en el Antiguo Testamento tenía diferentes significados, entre los que encontramos los siguientes:

(a) Como símbolo de bendición en Génesis 48:14 y siguientes.
(d) En ratificación de un testimonio. Levítico 24:14.
(c) En la consagración de la tribu de Leví para el ministerio en el tabernáculo. Números 8:10.
(d) En los sacrificios para indicar el traspaso de la responsabilidad. Éxodo 29:10, 15:19; Levítico 4:4, 15, etc.
(e) En el nombramiento de Josué. Números 27:18, 23.

Fácilmente podemos ver como esta práctica tan significativa, seguida también por Cristo para bendecir (Mateo 19:13, 15) y para curar (Marcos 6:5; 8:23, etc.) y por los apóstoles para impartir el Espíritu Santo (Hechos 8:17-19; 19:6), llegó a ser práctica común en la iglesia para significar el apartamiento de los que el Señor llamaba a la obra del ministerio.

Nuestras iglesias bautistas han seguido en toda su sencillez la práctica apostólica, sin caer en el error del romanismo de atribuir a la ordenación virtudes milagrosas, ni en el de algunos cristianos de menospreciarla considerándola equivocadamente como resto de clericalismo.

El Bautista, 1912

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