¿Modernismo o Fundamentalismo?

Texto: «Ninguna carne se gloríe delante de Dios» (1 Cor. 1:29)

Acabo de visitar dos iglesias y he visto en ellas las marcas del funesto modernismo. En la primera, cerca de la plaza Washington, a unos cuantos pasos de la universidad de Nueva York, el pastor declaraba con cierta satisfacción que «en estos tiempos de civilización en que el pensamiento humano camina por nuevas sendas, iluminado por la ciencia y la sabiduría de los hombres, ya nadie cree en un Dios severo y terrible, hacedor de justicia y de juicio, sino que lo ve como es, paciente y misericordioso». En la segunda, en la calle 66, al lado de la avenida Amsterdam, en el frente de una soberbia iglesia hay un cuadro hecho a propósito para colocar en él textos o leyendas con letras removibles, y al acercarme a leer el mensaje del día, hallé lo siguiente: «Los lápices tienen una goma en la punta para indicar que todavía los humanos hacemos errores».

En mi primera visita sentí desconsuelo al ver los esfuerzos del pobre predicador que quiere a todo trance hacer pequeño a Dios al mismo tiempo que engrandecer al mísero y pecador mortal; en la otra, mi desconsolación subió de punto al ver que ya no hay lugar para los textos de la Santa Biblia y se la sustituye con ideas mezquinas y chuscas. …

En ambas iglesias la congregación se reducía a un puñado de personas que no llegaban a veinte. En la primera había capacidad para mil personas, y la segunda era todavía mayor. ¿Qué no verán estos ministros que sus iglesias se acaban? ¿No sentirán frialdad de muerte en el corazón al dirigir sus elocuentes discursos a iglesias llenas de bancas vacías? ¿No se les ocurrirá por ventura cambiar de método y volver sus pasos por las sendas saludables del evangelio?

«Así dice Jehová: «No se gloríe el sabio en su sabiduría, ni se gloríe, el poderoso en su poder, ni se gloríe el rico en sus riquezas; mas el que se gloría gloríese en esto: en que me entiende y me conoce a mí, que yo soy Jehová, que hago misericordia, juicio y justicia en la tierra; porque en estas cosas me complazco, dice Jehová». (Jeremías 9:23, 24).

INSENSATEZ DE LOS HOMBRES

No se crea que las dos iglesias mencionadas son la excepción. Al contrario ellas son la regla. Templos inmensos, magníficos, ricos, soberbios … pero vacíos. Si queremos hallar grandes congregaciones hav que ir a visitar la iglesia bautista de la calle 164; la bautista del Calvario, de la que era pastor el famoso doctor Straton fallecido hace un año; y otras, que se distinguen por su apego al evangelio y en las que se ve un espíritu muy marcado de fe sencilla, de agresividad para proclamar las Buenas Nuevas, y de servicio activo y fiel. Probablemente no hallaremos templos suntuosos, pero sí veremos gentes que acuden a millares a los actos religiosos y que adoran a Dios en espíritu y en verdad.

Los modernistas muestran afición excesiva a todas las cosas del mundo; los fundamentalistas, a las cosas espirituales. Los modernistas regocijan a Satanás que es el padre de la mentira; los fundamentalistas se adhieren a la Verdad. Los modernistas son los seudocientíficos que menosprecian la Biblia; los fundamentalistas rehúsan alejarse de la base de la fe cristiana, y la guía de ellos es la santa Palabra de Dios.

Los modernistas se glorían en la carne. Los fundamentalistas se glorían en conocer a Dios y en servirle.

Los modernistas se maravillan del poder de los hombres; los fundamentalistas se maravillan del poder de Dios.

Cuando el almirante Byrd se hallaba en el polo sur en el verano pasado, un repórter de un diario neoyorquino estaba en Long Island, (una barriada de Brooklyn) en comunicación radiográfica con la expedición polar, o sea a unas doce mil millas de distancia. Al mismo tiempo el repórter estaba al habla con el diario trasmitiendo noticias por el teléfono. De pronto la comunicación telefónica quedó interrumpida y el diario y su reportero no pudieron hablarse más. El jefe de redacción quera a toda costa llamar al empleado a la oficina para que fuese a poner sus notas en orden. Pero no pudiendo comunicarse con él, hablaron al almirante al polo y le suplicaron que le dijera al reportero que le necesitaban en la oficina. La orden fue de Nueva York al polo sur y del polo a Long Island, y antes de veinte minutos el empleado se presentaba en las oficinas del diario a donde le llamaban. Esto maravilla a los modernistas. Nosotros pedimos a Dios en oración que nos salve, que nos ayude, que nos guíe. Antes que las palabras hayan salido de nuestros labios ya Dios sabe lo que pedimos y nuestra comunicación con el cielo a una distancia de millones de millas que nadie puedo contar es instantánea. Esto maravilla a los fundamentalistas. Los primeros creen en el hombre. Los segundos creemos en Dios.

Hace poco estaba yo oyendo por el radio la voz del rey George de Inglaterra, y al cabo de unos momentos corté la estación y volví el pequeño disco del aparto para recibir una estación de California que estaba perifoneando un programa religioso. ¡Admirable! dicen los modernistas. Pero yo digo: Admirable es Dios que hace oír su voz desde los cielos y que se manifiesta a los que viven en pecado y sombra de muerte para darles luz y vida.

El aviador francés Coste y su compañero aterrizaron en Nueva York hace poco, habiendo cruzado el océano Atlántico de este a oeste, y en el acto se dirigió a llamar a su esposa por teléfono. Hizo el viaje en unas treinta y siete horas, y se comunicó con su mujer en menos de diez minutos. Esas horas tardó en el vuelo de tres mil millas, y esos breves instantes necesitó para enviar su voz por la misma distancia desde América hasta Europa. ¡Magnífico, glorioso, heroico! exclaman los modernistas. Pero quiero preguntar ¿necesitó Cristo de algún aparato para ascender a los cielos? ¿necesitaremos de esas pesadas contrapesaduras para ir a nuestra morada cuando el Señor nos llame? ¡No! Las máquinas de volar, los teléfonos, el radio y todos los artefactos y artificios de los hombres son aparatos que desempeñan el oficio de muletas. El hombre está inválido y caído. Esas invenciones en vez de enorgullecerle deberían humillarle. Cuando estemos con Dios y recobremos nuestro ser primitivo con que fuimos dotados por Dios cuando El nos creó a su imagen y semejanza, y cuyas virtudes perdimos en el pecado de nuestros primeros padres, «seremos como ángeles», y los ángeles no necesitan de aeroplanos, ni de radios, ni de ninguna de nuestras baratijas. Como tampoco un hombre sano y fuerte necesita de las muletas para andar. La gloria de los hombres es pues su decadencia y su limitación es su orgullo. «Cuidado, no sea que haya quien os lleve cautivos por medio de su filosofía y vana argucia, según la tradición de los hombres, según los rudimentos mundanos, y no según Cristo». (Colosenses 2:8)

LA SABIDURÍA DE DIOS

El famoso doctor Fosdick aboga por que abandonemos «la creencia ciega en lo sobrenatural». Y dice que Dios nada tiene que ver con que llueva o que deje de llover. En cambio el doctor Gray dice que «Dios ha hecho el tiempo y que puede cambiarlo cuando sus hijos lo piden,» y el pastor Mathews, de Seattle, dice que «Dios en otros tiempos ha dado la lluvia en respuesta a las oraciones y que lo mismo puedo hacer ahora si es su santa voluntad».

Ojalá que mis humildes palabras lleguen a tiempo al corazón de aquellos que se hallan indecisos y dudosos. Estamos viviendo en tiempos malos. El hombre más y más cree en el hombre y se gloría en la carne y se aleja más y más de Dios. Pero todo esto está predicho. El Señor dijo que así debería suceder en los últimos tiempos. Si las cosas no estuvieran como están dudaríamos de la Palabra de Dios, pero la condición desesperada del mundo de nuestros días está descrita con detalles exactos en la Biblia y debemos acordarnos de las enseñanzas del Señor. No se repita en nosotros la falta de aquellos discípulos que se habían olvidado de las instrucciones del Señor y un ángel tuvo que recordárselas y entonces se dieron cuenta de que El había anunciado con claridad su propia resurrección
(Lucas 24:6-8).

La sabiduría de Dios es de lo alto, es pura, es gloriosa, es infinita. La sabiduría humana es necia, es sucia, es baja. Los hombres se han envanecido y se han rebelado contra Dios. Se han apartado del camino de la verdad y aman la mentira. En las universidades se insulta a Dios descaradamente y se enaltece al hombre. En una palabra: el modernismo es la apostasía, la apostasía de que se habla en segunda a Tesalonicenses 2:3: «No dejéis que nadie os engañe en manera alguna; porque, ese día no puede venir, sin que venga primero la apostasía. …»

Muchos buenos cristianos no se han dado cuenta aún de la gravedad del modernismo. Mucho menos en nuestros países hispanos en donde apenas ha comenzado a infiltrarse como un veneno lento, pero seguro que dañará la vitalidad de las congregaciones como las ha dañado en los Estados Unidos y en Inglaterra en donde se desarrolló primero. Algunos creen que nosotros exageramos y que lo que llamamos modernismo no es sino el mismo Cristianismo visto de una manera distinta y más de acuerdo con el siglo en que vivimos; pero no es así, baste decir que el modernismo trabaja en silencio, hace campaña bajo cuerda, su labor es sorda e hipócrita, y se conoce en que niega todas las verdades sagradas de nuestra fe cristiana.

No hace apenas dos lustros que en las columnas del fiel ATALAYA [el Atalaya Bautista, donde se publicó el presente artículo] quedó descubierta cierta campaña de destrucción que se inició por los modernistas para sembrar la mala semilla en nuestros campos de la América Latina. Sus planes quedaron frustrados y ellos sufrieron terrible derrota y vergüenza. Pero ya se rechacen e insisten en querer echar a un lado las cosas de Dios para ensalzar a los hombres.

Debemos estar preparados para la venida del Señor. Las presentes condiciones de las iglesias, del mundo, y de los judíos, parecen indicar con claridad que el Señor está a las puertas. La iglesia está rica en cosas materiales, como estaba Laodicea, pero es «desdichada, miserable, y pobre y ciega y desnudad». (Revelación 3:17). Hay guerras y rumores de guerras; guerra en China, guerra y revolución en Bolivia, en Argentina, y en el Perú. Hambre en España, hambre y pestilencia en Rusia, terremotos en Italia, huracanes devastadores en el Caribe. Los judíos ya se mueven como los huesos secos que vio Ezequiel y se unen para volverse a Jerusalén. Las tinieblas se harán mayores pero nosotros recordemos que el Señor dijo: «Mas en comenzando a suceder estas cosas, erguíos y alzad vuestras cabezas, porque vuestra redención se va acercando.» (Lucas 21:28).

«Ciertamente yo vengo presto. Amén. ¡Ven, Señor Jesús! La gracia del Señor Jesús sea con todos los santos. Amén». (Rev. 22:21).

El Atalaya Bautista, oct. 1930

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