Oseas, voz profética para nuestros días

Con cuerdas humanas los atraje, con cuerdas de amor (Os. 11.4)

Oseas, hijo de Beeri, fue originario del reino de Israel o reino del norte (1.2; 7.8), posiblemente de la parte de Benjamín que correspondió a ese reino, la cual parece haber sido muy familiar para el profeta (5.8; 6.7; 9.9; 10.9 y 11.8). La misión divina encomendada a Oseas fue, en general, la misma que se encomendó a su contemporáneo Amós: advertir a Israel que, en castigo de sus muchos pecados, iba a ser completamente destruido por el SEÑOR. Dios pide al profeta que ponga a su primer hijo el nombre de Jezreel “porque de aquí a poco yo castigaré la casa de Jehú a causa de la sangre derramada en Jezreel” (2 Re. Cps. 9 y 10), y “haré cesar el reino de la casa de Israel” (1.4). Con Jehú se inició la dinastía de la cual Jeroboam II, quien reinaba en Israel durante el ministerio del profeta Oseas, fue prácticamente el último rey, ya que Zacarías su hijo apenas comenzaba a reinar cuando fue vilmente asesinado. Según Oseas, el encargado de ejecutar esta sentencia divina contra Israel sería Asiria (8.10; 9.3; 10.6; 11.5 y otros). Muy posiblemente a Oseas le tocó ser testigo de los primeros desmembramientos de Israel que tuvieron lugar bajo la presión de Tigladpileser, rey de Asiria, en 734 A. C., ya que el profeta emplea a menudo el nombre de Efraín —una parte— para referirse al todo; y testigo también de las querellas palaciegas que se sucedieron una tras otra en forma vertiginosa hasta el sitio y caída final de Samaria en 722/21 A. C. Los enormes tributos que tuvo que pagar Israel y la angustiosa búsqueda de apoyo en Egipto con el fin de evitar la catástrofe, las encontramos en 5.13; 7.11, 16; y 12.2. No hay que perder de vista que mientras Oseas y Amós luchaban afanosamente en lsrael para hacerlo volver de su mal camino, con igual tesón Isaías y Miqueas hacían otro tanto para conseguir que el reino del sur, Judá, entrara también en razón.

I. AMOR SIN BARRERAS (Cps. 1-3)

Las dimensiones del mensaje de Oseas son indudablemente mucho más profundas y trascendentes que las del de Amós. Este último estaba interesado en la justicia social, en el justo trato entre el hombre y su semejante. Amós se imagina a Dios como el Juez supremo de todo el universo aplicando en forma imparcial a todos por igual la regla universal de justicia. Oseas pica más alto y más profundo: por el camino del amor encuentra nuevas imágenes de Dios. Los primeros tres capítulos nos presentan una imagen de Dios que podríamos clasificar como una contribución original de este profeta al estudio de la teología vetustestamentaria. Muchos son los estudiosos y eruditos que han tratado de romper el enigma que encierra este trozo literario y muchas han sido, naturalmente, las soluciones propuestas. Lo que hace más interesante la lectura de estos tres capítulos es el hecho de que las figuras del profeta y del SEÑOR se entrelazan en tal forma que el lector termina preguntándose: “¿de quién se trata al fin y a cabo, de Dios o del profeta?”. Sin intentar simplificar demasiado las cosas, trataremos de presentar una secuencia de los hechos relatados en estos capítulos con el fin de dar ante todo al pasaje un sentido de orden. Esto es especialmente necesario en virtud de que muchos piensan que el trozo 3.1-5 es una repetición en primera persona de lo que ya se ha dicho en tercera persona en 1.2, 3. Es obvio que los dos pasajes son similares y que además hay ciertas semejanzas ideológicas entre los dos entremezcladas con sospechosos juegos de palabras que pudieran fácilmente hacer pensar que se trata de una repetición como en el caso de Jonás 1.1, 2 y 3.1, 2. Por ejemplo, Gomer, el nombre que en el Cp. 1  se da a la mujer con quien se casa Oseas, es también el nombre dado a una medida de sólidos que se menciona igualmente en el Cp. 3, pero allí se escribe homer (3.2). Igualmente la palabra Diblaim, el nombre del padre de dicha mujer (1.3), quiere decir un par de tortas de higos secos. En el capítulo 3 también se hace alusión a tortas de pasas (3.1). Estas tortas de pasas secas se consagraban a los ídolos y se consideraban como cosas abominables y detestables. De ahí que el reproche que se hace Israel en (3.1) es que “miran a dioses ajenos, y aman las tortas de pasas”. Tal vez por esta razón, la Nueva Versión Inglesa de la Biblia (The New English Bible), en lugar de dar al padre de la esposa de Oseas el nombre de Diblaim, usa esta palabra como adjetivo para calificar a la mujer, llamándola “una mujer despreciable” (1.2). Estas y otras analogías han conducido a algunos eruditos a mirar los dos pasajes como repetición el uno del otro. Pero hay también diferencias apreciables e importantes que son las que nos han conducido a pensar que se trata de dos partes diferentes de un mismo relato; y que, además, todo el pasaje está en orden a partir de su comienzo en 1.2 hasta su culminación en 3.5 partiendo, naturalmente, por el Cp. 2. Intentemos, pues, señalar esta secuencia ordenadamente.

  1. En primer lugar, a Oseas —como buen profeta y fiel siervo de Dios— se le impone el encargo de hacer de su vida una “acción profética” casándose con una ramera (1.2). Los profetas estaban incondicionalmente al servicio del SEÑOR y no sólo eran sus portavoces por medio de la palabra, sino que lo eran asimismo por medio de actos ejemplificantes de su propia vida. La razón para que el SEÑOR se atreviera a exigir tanto de su siervo la encontramos en el mismo texto: “porque la tierra fornica apartándose del SEÑOR”. Aquí la imagen de Dios para Oseas es la de un esposo ofendido, cuya esposa, la tierra, se ha entregado generosamente a multitud de amantes, prostituyéndose en grado superlativo.
  2. A Oseas, profeta de llamamiento y dedicación, no le queda otra alternative —nos recuerda el caso de Abraham ante el sacrificio de su hijo y a Jonás ante la tarea de tener que colaborar en la salvación de Nínive—; va presto y cumple la orden de su SEÑOR, casándose con una mujer tan prostituida, que bien pudiera decirse de ella que era un gomer —una medida— lleno de abominación (diblaim), de tortas de higos secos consagradas a los ídolos (1.3; 3.1, 2).
  3. En tercer lugar, de la unión de Oseas con su esposa nace un hijo legítimo, al cual por orden divina, se pone por nombre Jezreel, en memoria del valle del mismo nombre, donde se llevó a cabo la tristemente célebre masacre efectuada por el general Jehú en su esfuerzo por derrocar la dinastía de Omri y apoderarse del reino. El nombre de este niño era una “acción profética” que anunciaba la proximidad del castigo que sobre Israel vendría por aquella cruel matanza. Prácticamente el último rey de la dinastía de Jehú, Jeroboam II, estaba en esos momentos en el trono, ya que su hijo Zacarías reinaría sólo seis meses antes de que fuera vilmente asesinado. Había llegado el fin del reino de Israel y grande iba a ser la venganza de Dios por lo acontecido en el Valle de Jezreel (1.4, 5).
  4. En cuarto lugar, cuando está por nacer su hija, sobre cuya legitimidad se agolpaban fuertes sospechas en la mente del profeta, la llama —también en “acción profética”— con un nombre que da a entender que no es hija del amor conyugal: Loruhama, que quiere decir: “no serás amada”. Estas dudas sobre la fidelidad de su esposa se acentúan todavía más cuando está por nacer su último hijo, a quien llama con un nombre que pone de manifiesto sus temores de que ese hijo no era de su sangre. Lo llama —en “acción profética”— Loamí, que quiere decir: “no eres de mi pueblo”. Que estos nombres no obedecían únicamente a las sospechas que asediaban cruelmente al profeta sobre la fidelidad de su esposa sino también a los planes divinos, queda claramente expresado en el caso de Loruhama con las palabras del SEÑOR: “porque no amaré más a la casa de Israel, sino que los quitaré del todo”; y en el caso de Loamí, cuando dice: “porque vosotros no sois de mi pueblo ni yo seré vuestro Dios” (1.6-2.1).
  5. Estas dudas en la mente del profeta acerca de la fidelidad de su esposa se confirman plenamente y culminan con el abandono que la esposa hace del hogar al irse definitivamente tras sus amantes: “Iré tras mis amantes que me dan mi pan y mi agua, mi lana y mi lino, mi aceite y mi bebida” (2.2-13).
  6. En sexto lugar, notamos que el profeta, apasionadamente enamorado de la mujer que lo ha abandonado hace primero todo lo posible por retenerla tratando de proveer para ella un nido de felicidad y buen entendimiento. De toda esta angustia sicológica del profeta, producida por el abandono de la mujer amada y de sus esfuerzos por hacerla volver en que, como hemos dicho, se entremezclan e identifican de tal manera las pasiones amorosas de Dios por su pueblo con las del profeta por su esposa fugitiva, que son prácticamente inseparables, nos habla claramente el pasaje 2.14-18.
  7. En séptimo lugar, el profeta por su parte —y Dios por la suya— siente un incontenible deseo de amar a su mujer, de amarla entrañablemente sin reparos ni escrúpulos, de amar hasta sus últimas consecuencias incluyendo, naturalmente, a sus dos hijos sobre cuya procedencia habían recaído angustiosas dudas. Con relación a ellos todo lo negativo desaparecería: la hija no estaría más huérfana de amor, sino que se convertiría en el objeto de un amor sin límites; los vínculos de sangre de hijo ya no estarían más en tela de juicio, el parentesco no tendría fronteras; hasta la última gota de sangre del hijo pertenecía a la del padre. La imagen de Dios que surge aquí frente a Oseas es la del Padre amoroso cuyo amor no conoce límites ni fronteras (2.19-23).
  8. Finalmente, llegamos en esta secuencia al capítulo 3. El texto hebreo apoya aquí la traducción de “Ve otra vez”, en lugar de la de “Me dijo otra vez”. No se trata aquí de la misma orden que le dio al principio. Al comienzo le dijo “Ve y toma”, en esta ocasión el mandato tiene que ver con el amor: “Ve otra vez y ama”. Precisamente la orden que estaba esperando el profeta. La primera había sido una orden difícil de cumplir, el escrúpulo y la dignidad del profeta estaban en juego al casarse con una prostituta. Pero ahora que la amaba —aunque adúltera— “como el amor del SEÑOR para con los hijos de Israel”, la orden que esperaba, más aún, que anhelaba el profeta era precisamente esa: “Ve otra vez y ama”, en este caso a la adúltera —pero qué más da— y con ese amor tan grande que hacia ella sientes, rescátala y redímela. Oseas no se hace rogar; corre y paga por ella el precio del rescate. Ahora podía decir: “La compré entonces para mí” (3.1-5). De aquí en adelante la llevará por la fuerza, pero por la fuerza de la dulzura y del amor, ya que en el mundo éstos son los poderes contra los cuales no hay resistencia. Con esas “cuerdas humanas, cuerdas de amor” podrá llevarla al despoblado donde los dos estarán solos y serán el uno para el otro en una renovada luna de miel.

No hemos intentado ni querido separar este enigma amoroso en esta “acción profética” que pudiéramos titular OSEAS-DIOS. Lo que sí queda claro es que en su experiencia amorosa Oseas penetra profundo en los misterios del amor de Dios y llega a “conocer” verdaderamente al SEÑOR, pero no con la razón sino con un conocimiento más íntimo. Con un conocimiento semejante al que se refieren las Escrituras cuando dicen que “Adán conoció a su mujer”. Un amor profundo conduce a un perfecto conocimiento; y un verdadero conocimiento conduce a un amor sin límites ni fronteras. Ahora Oseas podría decir: “Mi pueblo yerra porque no conoce a Dios en lo profundo de su amor”.

II. DIOS CONTIENDE CON EL HOMBRE (Cps. 4-9)

¿Por qué contiende Dios con el hombre? Veamos qué respuestas nos ofrece Oseas. “Porque no hay verdad”, “porque no hay amor” “porque no hay (DAGAT) conocimiento de Dios”. En cambio la mentira, el crimen, el robo, la falsedad permanecen. Miente el rico, miente el pobre, mata el grande, mata el chico y todos por igual se devoran unos a otros envenenados por la cicuta del resentimiento y del rencor. La altivez —sin excluir al teólogo ni al sacerdote ni al profeta— ha lanzado a todos al valle cenagoso de la afrenta y la desgracia (4.1-19), pasaje que termina diciendo que “el viento —sinónimo de ‘la nada’— los ató en sus alas”; palabras que nos recuerdan las de otro profeta, Jeremías, cuando decía de los hombres: “se fueron tras el viento y en viento se tornaron”.

Dios contiende con el hombre “porque —el hombre— no conoce su enfermedad ni la llaga que corroe su existencia” y necesita que “Dios sea en su vida como polilla y carcoma” (5.12, 13). En esta querella divina los guías espirituales están bajo juicio porque han hecho extraviar y tropezar a los hombres y, haciendo víctimas se han tenido escrúpulos de descender hasta lo más profundo (5.1-2).

¿Por qué sobrevienen tiempos de angustia? Porque parece que el sino del hombre está siempre tras el viento y únicamente en los tiempos de angustia se vuelve hacia Dios que es la salvación (5.11, 15).

Dios contiende con el hombre por la falta de sinceridad de éste en sus determinaciones. Toda la religiosidad, la piedad y las buenas intenciones de los hombres son como nube de mañana y rocío de madrugada que se desvanecen (6.4). Es fácil decir de Dios: “Él nos vendará, él nos curará, él nos reavivará y en un par de días a lo sumo tres, nos restaurará… Ahora sí vamos a conocer al SEÑOR y en adelante le seguiremos conociendo…” (6.1-3).

Por todas esas mentiras contiende Dios con los hombres, pues él prefiere algo mejor que todo lo que ellos ofrecen y algo más que mero palabras; él prefiere la lealtad al sacrificio y la compenetración con la voluntad divina a los votos sin sentido (6.6).

Dios contiende con los hombres porque toda esperanza de una solución total a sus problemas se desvanece. “Mientras curaba yo a Israel, se descubrió la iniquidad de Efraín y la maldad de Samaria” (7.1). ¡No hay cuándo acabar! Y con esas maldades se complace el rey y con esas mentiras se satisfacen los dirigentes (7.3). Oseas señala otra razón muy importante para esa querella divina con los hombres; se trata de algo que se está multiplicando en forma inusitada en nuestros días, la apostasía. Oseas dice: “AY DE ELLOS! —valgan las mayúsculas a manera de énfasis— YO LOS REDIMÍ, PERO ELLOS HABLARON MENTIRAS CONTRA MÍ” (7.13). Otra razón importante para esta contienda según el profeta es que el hombre ha vendido la primogenitura de sus transcendencia y eternidad para hacerse esclavo del aquí y del ahora. “Lo que me han de dar me lo dan ya y me lo dan en plata —diría el hombre moderno—; Oseas dice: “Para el trigo y el mosto se congregaron” —antes se congregaban para buscar la presencia y la dirección de Dios— “y se rebelaron contra mí” (7.14). Este mismo pensamiento se continúa en 8.4, donde se dice que “de su plata y de su oro hicieron ídolos”. Por eso contiende Dios con el hombre, porque como niños, se entretienen haciendo becerros de oro, inmóviles e inútiles para adorarlos (8.5). Pero hay otros motivos para esta contención y también se encuentran muy de moda en nuestros días: menospreciar la contribución autóctona de cada pueblo por abrirse ingenuamente a toda clase de influencias extrañas como soluciones válidas a los problemas íntimos. Eduardo Caballero Calderón, en el prólogo de su Historia Íntima de los colombianos, dice: “Tenemos la propensión a tomar lo reciente por lo importante y lo que está de moda por lo realmente auténtico… para nosotros tiene autoridad todo lo que es extraño y no lo nuestro”. Oseas dice: “Escribí las grandezas de mi ley y fueron tenidas como cosa extraña” (8.12). No obstante, todo lo que procedía de Canaán, Egipto, Asiria y en general, todo lo que de influencia venía del extranjero, era tenido en grande estima. Este tema sigue preocupando al profeta durante todo el Cp. 9 y vuelve sobre él en 12.1.

III. EL JUICIO DE DIOS SOBRE LOS HOMBRES (Cps. 10-13)

Señalamos brevemente las razones principales por las cuales el profeta anuncia el juicio inexorable de Dios sobre Israel:

  1. La abundancia ha corrompido su corazón (13.1, 2; 13.6).
  2. Los contratos tanto escritos como de palabra han sido violados; por eso el juicio será amargo como ajenjo en los surcos que se aprovechan como fruto de esos tratos falseados.
  3. Del juicio contra la idolatría está lleno todo el Cp. 10.
  4. La impiedad, la iniquidad y la arrogancia producirán sus frutos; por eso el reino terminará (10.13-15).
  5. A pesar del cuidado que Dios ha tenido para con Israel, de la enseñanza que le ha impartido y del amor que le ha manifestado, Israel no ha tenido en cuenta a su Dios, al contrario, se ha declarado en plena rebeldía contra él; aún más, lo ofenden tributándole una alabanza de labios solamente: “me llaman Altísimo, pero ninguno absolutamente me quiere enaltecer” (11.1-7).
  6. Los muchos crímenes cometidos son traídos a cuenta en 12.14.

IV. ARREPENTIMIENTO, PERDÓN Y RESTAURACIÓN (CP. 14)

Así como Miqueas, (6.8) Dios define claramente la manera de resolver ventajosamente para el hombre este conflicto, también en Oseas se nos presentan palabras llenas de orientación y claridad: “Sembrad para vosotros en justicia, segad para vosotros en lealtad… porque es el tiempo de buscar al SEÑOR, hasta que venga y os enseñe justicia” (10.12); y: “Tú, pues, vuélvete a tu Dios; practica la lealtad y el juicio y confía en Dios siempre” (12.6). La esperanza de nuestra salvación está en que el SEÑOR es Dios y no hombre (11.9); y, sobre todo, en el texto completo del Cp. 14, que es prácticamente una oración de confesión y arrepentimiento penetrante y emotivo: “Regresa… Pues has tropezado a causa de tu iniquidad… Regresa al SEÑOR y dile: ‘perdona toda la iniquidad y acepta de nosotros lo que es bueno’… No volveremos a llamar ‘Dios nuestro’ a las obras de nuestras manos… el que sea sabio que entienda estas cosas, el que tenga inteligencia que las comprenda, porque los caminos del SEÑOR son rectos, en ellos andan los justos, pero en ellos también tropiezan los impíos” (partes del Cp. 14).

La Biblia en América Latina, julio-agosto de 1971, págs. 8-11

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